lunes, 10 de diciembre de 2012

DEL ENCUENTRO CON JESUCRISTO A LA SOLIDARIDAD CON TODOS (CEM, RESUMEN)

DEL ENCUENTRO CON JESUCRISTO A LA SOLIDARIDAD CON TODOS (RESUMEN)




El objetivo del documento es orientar a los católicos y a las personas de buena voluntad a reflexionar y actuar ante los desafíos de nuestro país al inicio del tercer milenio, a la luz del encuentro personal con Jesucristo, para contribuir a la misión y a la transformación nacional.

El proceso histórico evangelizador de México, desde la integración de culturas en el “acontecimiento Guadalupano” hasta la normalización de las relaciones con el Estado en 1992, es signo de la presencia de Jesucristo a través Santa María de Guadalupe.

Al iniciar el nuevo siglo, se advierte una creciente globalización caracterizada por la prevalencia de la economía financiera internacional y los tratados comerciales. A pesar de los beneficios macroeconómicos, aumenta la desigualdad de oportunidades. Se advierte una crisis en el papel del Estado como motor en la construcción del bien común y de una sólida política social. México es uno de los países con mayor desigualdad en la distribución de la riqueza.

Aunque las reformas implantadas en 1992 al campo habían fomentado la exportación, la falta de acompañamiento a los campesinos en estos nuevos procesos ha incrementado la migración y la economía informal. Surge la violencia en centros urbanos y rurales, así como la vinculación de grupos indígenas y campesinos a las redes del narcotráfico.

Los acontecimientos de 1994, entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLC) y el levantamiento armado en Chiapas, son reflejo de los contrastes en México. Se debe buscar una integración e interrelación fundadas en la justicia en la diversidad de culturas y etnias. Se ve positiva la apertura a la alternancia política (que ocurrió en 2000).

México vive una situación de cambio profundo y complejo que origina una nueva cultura y un nuevo estilo de vida caracterizados por:
  1. Una sociedad más plural y abierta que exige reconocimiento.
  2. Una sociedad cansada de la corrupción que exige transparencia y autoridades legítimamente elegidas.
  3. Búsqueda de un nuevo modelo de desarrollo integral fundado en la justicia social.
  4. Anhelo de un desarrollo sustentable que cuide el equilibrio del medio ambiente.
  5. La reivindicación de la sociedad mexicana como sujeto de su propio destino.
Juan Pablo II (1999) advertía sobre la confluencia de tres realidades en México: la antigua y rica sensibilidad de los pueblos indígenas; el cristianismo arraigado en los mexicanos; y la moderna racionalidad de corte europeo. Frente a estas realidades, la Iglesia busca construir una nación donde las riquezas de cada persona y comunidad puedan confluir libremente, sin odio ni violencias, hacia un destino común. Esto será posible desde el anuncio del Evangelio, que asume la verdad de Dios y la verdad del hombre, llamado al amor y a la plenitud de vida.
La Iglesia en México enfrenta desafíos:
  1. Atender a los católicos a fin de llevarlos a un encuentro con Jesucristo, camino de conversión, comunión, solidaridad y misión.
  2. Fortalecer los espacios institucionales que requieren una renovación de métodos y expresiones evangelizadoras y catequéticas.
  3. Mejorar y compartir formas evangelizadoras que estén respondiendo favorablemente.
  4. Desarrollar nuevas propuestas evangelizadoras y catequéticas capaces de incidir en los diferentes ambientes: áreas urbanas, medios de comunicación y métodos informales de educación en la fe.
Este proceso de renovación requiere conversión personal y eclesial, a partir del encuentro con Jesucristo, que es capaz de penetrar, asumir, purificar y transformar la cultura. En México el cristianismo ha vitalizado la cultura. Los avatares del siglo XIX, aunados a la pérdida de capacidad eclesial para dialogar con el mundo, llevaron a una automarginación de gran parte del pueblo católico de México del mundo de la cultura. Se debe hacer entrar el Evangelio a la cultura, descubriendo la profundidad de los lenguajes, mediante el diálogo y la apertura.

El encuentro con Jesucristo vivo lleva a los creyentes a una conversión real y profunda que encuentra su expresión social en la virtud de la solidaridad, fuente de amor fraterno, perdón y reconciliación, que hace de las personas sujetos de su propio destino. La identidad de una Nación no radica en una soberanía meramente política o económica, sino en esta otra soberanía fundada en la cultura y el pueblo. Y la cultura mexicana tiene fuertes raíces cristianas, que configuran la identidad de la Nación.

La fe católica y el hecho Guadalupano permiten hablar de un pueblo de pueblos, de una unidad en la diversidad. El pueblo mexicano, que posee un origen común, se configura como Nación con identidad propia. La Nación, como realidad cultural, es anterior al Estado, comunidad política y jurídicamente organizada, que tiene como fin ayudar a construir el bien común por medio de la solidaridad.

De la verdad, el bien, la justicia, la dignidad de la persona brotan principios que permiten una vida social más articulada: el bien común, la solidaridad, la subsidiariedad, la autoridad como servicio, la soberanía cultural, la soberanía política y el amor preferencial –no exclusivo, ni excluyente- a los más pobres.

Para la adecuada transición del sistema político se requiere actualizar la Constitución Política para una reconsideración de la dignidad de la persona, de sus derechos y obligaciones, de la historia de la Nación y del nuevo escenario nacional e internacional, a fin de evitar el retorno al autoritarismo o degenerar en demagogias.

Ante la impunidad, la ilegalidad, el crimen organizado, el narcotráfico, no basta establecer medidas coercitivas en la prevención del delito y en el cumplimiento de la ley, sino que se requiere crear condiciones indispensables para el bien común.

El término “nuevo proyecto de Nación” es inaceptable ya que la Nación como realidad cultural e histórica emana de un origen común. Más bien se debe buscar un proyecto al servicio de la Nación, solidario, plural e incluyente al servicio de las personas y las familias, a partir del diálogo entre los diversos actores y el respeto a los derechos y deberes que brotan de la naturaleza humana.

La laicidad del Estado significa la aconfesionalidad basada en el respeto y la promoción de la dignidad humana y por lo tanto el reconocimiento explícito de los derechos humanos, particularmente del derecho a la libertad religiosa. Este derecho se amplía al tema de la educación; el Estado, al garantizar este derecho humano fundamental, debe promover mecanismos para que quien lo desee pueda recibir educación religiosa en escuelas públicas y privadas. 

El Estado tiene el deber de velar y defender el derecho natural de todo ser humano a la vida y a la integridad física, desde la concepción hasta la muerte. Todo fiel laico tiene derecho a las opciones políticas de su preferencia. La Doctrina Social de la Iglesia ofrece principios y directrices, pero no impone una ideología partidista. Se reafirma la posición de la Iglesia de no asociarse con ningún compromiso político.

Una vida digna para todos: se advierte el crecimiento de la pobreza y el deterioro de las “clases medias”. El desarrollo auténtico ha de favorecer la plena realización material y espiritual. Por eso, la actividad económica debe derivar de una serie de principios éticos fundados en la dignidad humana. La justicia social sólo se da cuando la sociedad realiza las condiciones que permiten a las asociaciones y a cada uno conseguir lo que es debido según su naturaleza y su vocación.

El trabajo humano: transforma la realidad y repercute en la persona, a la que cultiva. El trabajo pertenece a la cultura, es un aporte al bien común. Es clave en la cuestión social.

El desarrollo verdadero: el desarrollo mira a la integralidad de la Persona, de la familia, de los grupos; a los aspectos materiales y espirituales. Por eso, las claves para el desarrollo son:
  1. El respeto a la dignidad de la persona, a su vida y al matrimonio en su aspecto unitivo y procreativo.
  2. La promoción del valor de la familia, unidad primaria de convivencia que colabora al bien integral de la Nación.
  3. El fortalecimiento de la educación, de niños, jóvenes y adultos para que tengan una visión integral sobre la naturaleza y dignidad de la persona.
  4. Una visión diferenciada de la economía de mercado: no ver en el mercado al único regulador de la economía y del éxito.
  5. El crecimiento económico no equivale a desarrollo: el crecimiento económico no produce automáticamente empleos bien remunerados, seguridad, respeto a las leyes justas. Se requiere un modelo de desarrollo que haga posible a cada persona crecer de modo integral y armónico. Toca a los laicos la búsqueda de soluciones prácticas que permitan corregir las disfunciones del actual modelo económico.
¿Cómo crear y fortalecer las condiciones que permitan la generación de más empleos con mejor remuneración? ¿Cómo promover intercambios exteriores que no vulneren el mercado interno, sobre todo por la desproporción entre nuestro país y otras grandes economías? ¿Cómo vincular la inversión extranjera a la corresponsabilidad en el desarrollo del país? ¿Cómo impulsar una normatividad que permita que la intermediación entre el productor y el consumidor sea más respetuosa y no abusiva?

¿Cómo lograr que las grandes decisiones económicas se tomen en espacios de participación responsable? ¿Cómo lograr que el desarrollo sea financiado desde el ahorro interno más que desde el endeudamiento con el exterior? ¿Cómo crear y fortalecer mecanismos novedosos que fomenten la cultura del ahorro y del crédito para los sectores más desfavorecidos? ¿Cómo crear una política integral que permita modificar a fondo las causas de la indigencia para que en los pobres y desde ellos puedan surgir los mecanismos que permitan generar desarrollo? ¿Cómo asegurar la transparencia de la recaudación fiscal y las finanzas públicas que aumenten la colaboración y la confianza de todos en el bien común?

¿Cómo normar la competencia y combatir los monopolios? ¿Cómo participar en acciones internacionales que promuevan un desarrollo ordenado, solidario y justo de todas las naciones? ¿Cómo lograr sindicatos más libres, autónomos y promotores de la dignidad humana del trabajo y el trabajador? ¿Cómo lograr que el trabajador posea las oportunidades para educarse, atender su salud, descansar, tener un salario justo, para su desarrollo personal integral? ¿Cómo trabajar para que el desarrollo sustentable sea sostén y factor de viabilidad ecológica, ética y práctica para las actividades productivas? El único desarrollo moralmente justo es el que promueve la integridad de la persona, sin unilateralismos.

La educación es un proceso de comunicación y asimilación sistemática de la cultura para la formación integral de la persona humana. La educación de inspiración cristina debe fomentar la participación, el diálogo, la inculturación, el cambio social, la inserción familiar y el cuidado del medio ambiente; una cultura auténticamente democrática, caracterizada por la participación, la solidaridad, la subsidiaridad y la promoción de los derechos humanos. La democracia no es sólo la posibilidad de elegir a los gobernantes, es hacer que la persona asuma el liderazgo y responsabilidad sobre su destino, que el pueblo ejerza el poder que le corresponde por propio derecho. Se trata que la educación transmita a los educandos un equilibrio entre los derechos y las obligaciones.

Es necesario, a través de una educación que permita promover espacios creadores de cultura, combatir el conformismo y la apatía, producto de un conjunto de antivalores que se han generado luego de años de gestas por la libertad y la justicia, aunado al trauma que produjo la conquista.

El sentido de unión de México se basa en el acontecimiento Guadalupano, que permite reunir lo disperso, lo diferente. Jesucristo, que ha dado a la Iglesia la misión de anunciarlo y así, lograr una cultura nacional más humana, nos dará el impulso y la sabiduría para llevarlo a cabo. 

jueves, 29 de noviembre de 2012

Lanzan aplicación de móvil para explicar el Concilio Vaticano II y el catecismo

Publicado el 29/11/2012 por romereportsesp Durante el Año de la Fe, Benedicto XVI ha invitado a los católicos a profundizar en los contenidos de la fe. Los textos imprescindibles son el Concilio Vaticano II y el Catecismo, documentos que ahora pueden guardar en su bolsillo. http://es.romereports.com Categoría: Noticias y política Licencia: Licencia estándar de YouTube

sábado, 8 de septiembre de 2012

El Año de la Fe 2012-2013

7 de enero, 2012. (Romereports.com) La Congregación para la Doctrina de la Fe ha publicado una nota con indicaciones para el Año de la Fe. Se trata de una breve explicación de la carta Porta Fidei, con la que Benedicto XVI proclamó el Año de la Fe, que tendrá lugar del 11 de octubre de 2012 hasta el 24 de noviembre de 2013.



En ella se recuerda que la finalidad de este Año es contribuir a la conversión, a redescubrir la fe para que “todos los miembros de la Iglesia sean testigos creíbles, capaces de indicar la puerta de la fe a quienes buscan la Verdad”.

El inicio del Año de la Fe coincide con el cincuenta aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II y el vigésimo aniversario de la publicación del Catecismo de la Iglesia católica. Por eso esta nota asegura que el Año de la Fe será “una ocasión privilegiada para promover el conocimiento y la difusión de los contenidos” de ellos. Para ello proponen cuatro niveles de acción.

El primero sobre la Iglesia universal. Todos los eventos en los que participe Benedicto XVI durante el Año de la Fe, especialmente durante la Jornada Mundial de la Juventud Río 2013, estarán encaminados a favorecer la unidad entre todos los cristianos.

La Congregación para la Doctrina de la Fe invita a las Conferencias Episcopales a mejorar la calidad de la formación y a utilizar los nuevos lenguajes de comunicación y del arte para ello.

En las diócesis este Año se presenta como una ocasión de diálogo entre la fe y la razón. Por eso proponen el impulso de congresos y jornadas de estudio especialmente en las universidades y celebraciones penitenciales.

El último ámbito es el de las parroquias y movimientos religiosos. Allí la propuesta central es la de celebrar en la Misa en comunidad porque “es allí donde se proclama, celebra y fortalece la fe de la Iglesia”.

Para recoger todas las propuestas que se tengan en estos cuatro niveles, el Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización creará una secretaría, para coordinar las iniciativas alrededor del mundo.

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miércoles, 13 de junio de 2012

La Democracia en México ha de consolidarse en la Paz, el desarrollo, la participación y la solidaridad

La Democracia en México ha de consolidarse en la Paz, el desarrollo, la participación y la solidaridad

Mensaje de la Conferencia del Episcopado Mexicano con motivo del Proceso Electoral 2012

Los Obispos de México ante el proceso electoral 2012, a los fieles católicos y a los hombres y mujeres de buena voluntad en nuestra nación.
 
29 de marzo de 2012


INTRODUCCIÓN

1.     Los Obispos de México ante el inminente proceso electoral, animamos a los fieles cristianos a participar de una manera informada, consciente y responsable de la gran fiesta democrática programada para elegir el próximo primero de julio a nuestras autoridades federales.

2.     Los Obispos estamos convencidos que el sistema democrático es la mejor opción para la construcción y desarrollo de una sociedad equitativa en México. La democracia ofrece la posibilidad de establecer y fortalecer las estructuras adecuadas para generar las condiciones de vida de todo mexicano, acordes a su dignidad como persona, amada por Dios, y lo lleven al compromiso y donación a los demás para la construcción de bien común. Ya que “el hombre… no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás”.[1]

3.     Un nuevo escenario, de situaciones, de consensos, de unión de fuerzas, de una nueva, importante y decisiva generación de jóvenes que se unirá al proceso, exige identificar las realidades que los ciudadanos debemos enfrentar para la toma de decisiones. ¿Qué país tenemos y cómo sería el que queremos?, ¿qué aspectos del sistema económico, político y social debemos replantear? y ¿qué debemos desaprender y aprender de nuevo, de nuestra Historia como País?

I - HACIA LA CONSOLIDACIÓN DE NUESTRA DEMOCRACIA

4.     Ya en nuestro anterior mensaje en torno al proceso electoral del año 2009, los Obispos de México mencionábamos que no habría democracia verdadera y estable, sin participación ciudadana y justicia social[2], en este año 2012, añadimos que la misma democracia no existirá, si no va apuntalada con procesos de paz, de desarrollo, de participación ciudadana y de solidaridad.

5.     En esta etapa crucial de la historia de nuestra sociedad mexicana, anhelamos despertar y alentar en todos los ciudadanos, la vital importancia de recuperar juntos la confianza social en las instituciones, en los ámbitos público y privado; para ello, es necesario restablecer con firmeza y responsabilidad conjunta, nuestro modo de proceder, en base a los principios éticos.

6.      La doctrina de la Iglesia propone aprender del pasado los principios que necesitan ser transmitidos de manera positiva a las nuevas generaciones, como el valor de la vida y el de cada ser humano.[3] Ante los nuevos desafíos en el tiempo presente es necesario recurrir a la Historia, como Maestra de la Vida, para descubrir cimientos sólidos de nuestro futuro.

La Paz

7.      La paz no es simplemente ausencia de guerra, ni siquiera un equilibrio entre fuerzas adversarias, sino que se funda en una correcta concepción de la persona humana y requiere la edificación de un orden según la justicia y la caridad. La paz es fruto de la justicia (Is. 32,17) y se construye día a día, en la búsqueda del orden querido por Dios y solo puede florecer cuando cada uno reconoce la propia responsabilidad para promoverla.[4]

8.      Las diferencias económicas, sociales y culturales demasiado grandes entre los pueblos provocan tensiones y discordias y ponen la paz en peligro. Combatir la miseria y luchar contra la injusticia es promover, a la par que el mayor bienestar, el progreso humano y espiritual de todos, y por consiguiente, el bien común de la humanidad.[5]

El Desarrollo

9.     Cada hombre está llamado a promover su propio progreso, porque la vida de todo hombre es una vocación dada por Dios para una misión concreta.[6]

10.   El desarrollo integral podría parecer imposible en regiones donde la preocupación por la subsistencia cotidiana acapara toda la existencia de familias incapaces de conseguir un trabajo que les prepare para un porvenir menos miserable. Y, sin embargo, es precisamente a estos hombres y mujeres a quienes hay que convencer que realicen ellos mismos su propio desarrollo y que adquieran progresivamente los medios para ello. Esta obra no irá adelante, sin un esfuerzo concertado, constante y animoso. Que cada uno se persuada profundamente: está en juego la vida de los pueblos pobres, la paz civil de los países en vía de desarrollo y la paz del mundo.[7]

11.   Hoy muchos hombres, quizá la gran mayoría, no disponen de medios que les permitan entrar de manera efectiva y humanamente digna en un sistema de empresa, donde el trabajo ocupa una posición realmente central. No tienen la posibilidad de adquirir los conocimientos básicos que les ayuden a expresar su creatividad y desarrollar sus capacidades. No consiguen entrar en la red de conocimientos y de intercomunicaciones que les permitiría ver apreciadas y utilizadas sus cualidades. Ellos, aunque no son explotados propiamente, son marginados ampliamente, y el desarrollo económico se realiza, por así decirlo, por encima de su alcance, limitando incluso los espacios ya reducidos de sus anti­guas economías de subsistencia. Parece, pues, que el mayor problema está en conseguir un acceso equitativo al mercado internacional, fundado no sobre el principio unilateral de la explotación de los recursos naturales, sino sobre la valoración de los recursos humanos.[8]

12.    La cooperación al desarrollo de todo el hombre y de cada hombre es un deber de todos para con todos. Desarrollo que además de implicar los aspectos económicos y sociales, debe comprender también la identidad cultural y la aper­tura a lo trascendente de los pueblos.[9]

13.    La verdad del desarrollo consiste en su totalidad: si no es de todo el hombre y de todos los hombres, no es el verdadero desarrollo.[10]

La Participación

14.  El deber inmediato de actuar en favor de un orden justo en la sociedad es más bien propio de los fieles laicos. Como ciudadanos del Estado, están llamados a participar en primera persona en la vida pública. Por tanto, no pueden eximirse de la multiforme y variada acción económica, social, legislativa, administrativa y cultural, destinada a promover orgánica e institucionalmente el bien común. La misión de los fieles laicos es, por tanto, configurar rectamente la vida social, respetando su legítima autonomía y cooperando con los otros ciudadanos según las respectivas competencias y bajo su propia responsabilidad.[11]

15.  Los partidos políticos tienen la tarea de favorecer una amplia participación y el acceso de todos a las responsabilidades públicas. Los partidos están llamados a interpretar las aspiraciones de la sociedad civil orientándolas al bien común, ofreciendo a los ciudadanos la posibilidad efectiva de concurrir a la formación de las opciones políticas.[12]

16.  Es impensable la participación sin el conocimiento de los problemas de la comunidad política, de los datos de hecho y de las varias propuestas de solución.[13]

17.  La aspiración hacia la igualdad y la participación, trata de promover un tipo de sociedad democrática. El cristiano tiene la obligación de participar en la búsqueda del modelo político más adecuado en la organización y en la vida política de su comunidad. Apoyando este empeño en un proyecto de sociedad coherente a su concepción del ser humano, que expresen sus convicciones acerca de la naturaleza, origen y fin del hombre y de la sociedad.[14]

La Solidaridad

18.     La cumbre insuperable de la solidaridad es la vida de Jesús de Nazaret, el Hombre nuevo, solidario con la humanidad hasta la “muerte de cruz” (Flp 2,8) es el Dios con nosotros, que se hace cargo de las enfermedades de su pueblo, camina con él, lo salva y lo constituye un solo pueblo. De manera que nos enseña, que el prójimo no es solamente un ser humano más para nosotros, sino que se convierte en la imagen viva de Dios Padre. Por tanto, debe ser amado, aunque sea enemigo, y por él se debe estar dispuesto al sacrificio, incluso extremo: “dar la vida por los hermanos” (Jn. 15,13).[15]

19.     La solidaridad no es un sentimiento superficial por los males de tantas personas, cercanas o lejanas. Al contrario, es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos responsables de todos.[16]

20.     Las nuevas relaciones de interdependencia entre hombres y pueblos, que son, de hecho, formas de solidaridad, deben transformarse en relaciones que tiendan hacia una verdadera y propia solidaridad ético-social. La solidaridad se presenta por tanto, bajo dos aspectos complementarios, como principio social y como virtud moral.[17]

21.     En la época de la globalización, la actividad económica no puede prescindir de la gratuidad que fomenta y extiende la solidaridad y la responsabilidad por la justicia y el bien común en sus diversas instancias y agentes. Se trata, en definitiva, de una forma concreta y profunda de democracia económica. La solidaridad es, en primer lugar, que todos se sientan responsables de todos; por tanto, no se la puede dejar solamente en manos del Estado.[18]

22.     Cuando la lógica del mercado y del Estado se ponen de acuerdo por mantener el monopolio de sus respectivos ámbitos de influencia, se debilita a la larga la solidaridad en las relaciones entre los ciudadanos, la participación y el sentido de pertenencia.[19]

La Ética

23.     Los cuatro pilares que hemos mencionado anteriormente, no podrán tener cohesión, sino a través de una ética adecuada en nuestra sociedad; ética que comprende la participación en los asuntos públicos, de cada uno de los ciudadanos, que no deja la responsabilidad solo a militantes de partidos, sino que asume con responsabilidad el compromiso que a cada uno corresponde.

24.     Para construir esta ciudadanía, con ética, se requiere cumplir un orden establecido por leyes y normas que emite el Estado y también reconocer que cada persona, por su propia naturaleza, está dotada de consistencia, verdad y bondad propias y un orden que necesita respetar.[20]Es así, que el desafío de la ética consiste en lograr que la persona asuma y actúe con sano juicio desde valores y principios en toda circunstancia y lugar, en el ejercicio constante de sus derechos y deberes, donde debe rescatarse ante todo la dignidad del ser humano y el fortalecimiento del bien común.

25.     La ética permite renovarnos en nuestra vocación de ser personas, de cultivar en sí mismos y difundir en la sociedad las virtudes morales y sociales[21] en los ámbitos: familiar, escolar, laboral, religioso, gubernamental, comercial, cultural; en fin en todos aquellos que sirven para mejorar las condiciones de vida.

26.     Invertir en educación y formación ética, en las diferentes etapas de la vida y en todos los sectores de la sociedad, es fortalecer la comprensión y aplicación de los valores éticos en la vida cotidiana y en el servicio público, es garantía en la construcción, fortalecimiento, integridad e identidad de una Nación conformada por individuos libres, capaces de hacer las decisiones más convenientes y responsables orientadas a la realización del bien mediante el cumplimiento del deber.

27.     Cabe recordar que los códigos de ética son un instrumento fundamental en el impulso de la ética pública al ser parte del marco normativo que regula la actuación de los miembros que operan dentro de las instituciones públicas. En los códigos se señalan los valores que debe poseer todo servidor público para hacer de ellos principios de su actuar y mantener la confianza pública en la toma de decisiones que afectan a la colectividad. Algunos de estos valores: la honestidad, el respeto, la defensa de los bienes y el patrimonio público, la responsabilidad, el buen trato a los ciudadanos, promoción cultural y ecológica, generosidad, honradez, igualdad, imparcialidad, integridad, justicia, liderazgo, rendición de cuentas, transparencia, la lealtad a los principios constitucionales.

II - POR UNA DEMOCRACIA AL SERVICIO DEL DESARROLLO SOCIAL

La Participación Ciudadana, el papel de los cristianos en la vida pública

28.   Para recuperar la nobleza y significación de la vida política se requiere, de manera indispensable, la participación de los cristianos en la vida pública. El ser ciudadano está relacionado con la pertenencia a la comunidad y los cristianos no pueden eximirse de colaborar  en las tareas políticas de su propia comunidad, empezando por participar responsablemente en los procesos electorales pero asumiendo que la participación ciudadana va más allá del sufragio. Se participa cuando se contribuye a la organización de la sociedad civil, alentando el diálogo y la tolerancia.

Fortalecimiento del Estado de Derecho y de las Instituciones

29.  Fortalecer al Estado en base a principios éticos es la mejor plataforma social sobre la cual es realizable el compromiso con una cultura de la no-violencia y de respeto a toda vida, una cultura de la solidaridad y con un orden económico justo, una cultura de la tolerancia y con una vida en veracidad y una cultura de la igualdad de derechos y de camaradería entre hombre y mujer.[22]

División Real de Poderes

30.  Reconocemos y animamos una real división de poderes en el Estado: “es preferible que un poder esté equilibrado por otros poderes y otras esferas de competencia, que lo mantengan en su justo límite. Este el principio del “Estado de Derecho”, en el cual es soberana la ley y no la voluntad arbitraria de los hombres”.[23]

El proceso de la Democracia

31.  Para la consolidación democrática, sostenemos que se requiere una reflexión profunda sobre la Paz, la cual no podrá conseguirse sin un verdadero Desarrollo y la Participación ciudadana de nuestros pueblos, generando un compromiso fraterno y solidario entre todos los mexicanos.

Con los jóvenes

32.     Los jóvenes mexicanos tienen un papel dinamizador para la acción social y política y el cambio de estructuras, haciendo propia la opción preferencial y evangélica por lo pobres y necesitados.[24] Los Obispos de México, les invitamos a vencer los obstáculos que impiden su derecho de participación consciente y responsable para generar cambios importantes en el logro de políticas públicas más justas, que reviertan toda situación de exclusión[25], su capacidad es inmensa. Ha llegado el momento de la reflexión y de la plena aceptación del desafío de vivir, en plenitud, los valores esenciales del verdadero humanismo integral[26]. Su participación es trascendental cimentados firmemente en Cristo[27].

Mediante la Educación

33.     Se puede decir que el crecimiento económico depende, en primer lugar, del progreso social; por eso la educación básica es el primer objetivo de un plan de desarrollo.[28]

Conclusión

34.     Con este mensaje, los Obispos de México ofrecemos una reflexión a los diferentes actores involucrados en el próximo proceso electoral: partidos políticos, candidatos, autoridades, y sobre todo los ciudadanos, para que asuman la necesidad de ampliar su horizonte y su compromiso, cada uno en el ámbito de su competencia, y dar mayor consistencia a su participación de manera cívica, responsable, madura y valiente.

35.  A los candidatos, militantes partidistas, autoridades y a cada ciudadano de este país: les exhortamos, les hacemos un respetuoso y urgente llamado a su conciencia, a actuar por encima de beneficios propios o de una victoria electoral, a integrarnos al trabajo de los demás, a pesar de nuestras diferencias de opinión y más allá de lo que en la historia nos pudo haber dividido, a actuar en conjunto, en beneficio de nuestra Patria, a unir nuestras manos para construir el México que anhelamos y necesitamos: Un País con desarrollo social integral, donde todo mexicano pueda alcanzar las condiciones necesarias para una vida digna.

36.     De los Partidos Políticos y sus candidatos esperamos propuestas de gobierno y de reformas legislativas orientadas a superar nuestros principales problemas, entre otros señalamos los siguientes:

·                    Promover la participación de todas las fuerzas económicas presentes en el País para comprometerse en la generación de oportunidades para todos los mexicanos de empleo digno y superar la pobreza generalizada.
·                    Convocar a un pacto político para alcanzar las reformas legislativas que posibiliten el crecimiento económico que necesita el País para ofrecer trabajo a las nuevas generaciones.
·                    Consolidar el Estado de Derecho, especialmente en la procuración e impartición de la Justicia para desterrar la impunidad.
·                    Reconstrucción y fortalecimiento del tejido social para recuperar la identidad de las comunidades y propiciar la paz social.
·                    Protección y ayuda en el ámbito laboral a los Padres de familia para que puedan sustentar dignamente y atender a sus hijos.
·                    Elevar la calidad de la educación pública en todos sus niveles.
·                    Relanzamiento del campo para garantizar la sustentación alimentaria del País.
·                    Protección y cuidado del medio ambiente y de los recursos naturales.

37.     Exhortamos y animamos al ejercicio de nuestro derecho y deber de votar, ejercicio que nunca irá solo, sino que debe ser indispensablemente acompañado de nuestra participación en las diversas instituciones que a través de la historia de nuestra Patria hemos conseguido. Es la hora propicia para que funcionen de manera adecuada, mediante la vigilancia y nuestra colaboración; no solo las electorales, sino también las familiares, escolares, religiosas, etc. Esto depende de todos nosotros que tenemos el orgullo de llamarnos mexicanos, donde quiera que nos encontremos.

38.     Los Obispos de México, consideramos que un proceso electoral, llevado con civilidad y con propuestas para resolver nuestros principales problemas, podrá ser una gran fiesta cívica de esperanza, que propiciará la reconciliación, el trabajo en conjunto, el dejar a un lado posiciones e intereses inamovibles, individuales o partidistas, y de sumarnos todos los ciudadanos mexicanos a una causa común. Por tanto, en este tiempo de nuestra historia concreta: ¡llamamos a sumarnos todos al proyecto de Nación que nos hermana, a unir todas nuestras fuerzas y voluntades para que en México se consolide la Democracia!.

39.     Encomendamos a la Virgen María de Guadalupe este proceso de nuestra Patria, Ella que fue enaltecida en el primer lábaro patrio, por Miguel Hidalgo en el grito de Independencia, sea quien acompañe de nuevo a nuestro pueblo en el compromiso de elegir las autoridades que conduzcan por el mejor camino a nuestra antigua y querida nación.

México, D.F., 29 de marzo de 2012.

Por los Obispos de México


+ Carlos Aguiar Retes
Presidente de la CEM

+ Víctor René Rodríguez Gómez
Secretario General de la CEM




[1] Cfr. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 24.
[2] CEM, No hay democracia verdadera y estable sin participación ciudadana y justicia social, México, 2009, 38.
[3] Juan Pablo II, Carta enc. Centesimus annus, n. 3.
[4] Cf. Consejo Pontificio de Justicia y Paz, Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 494-495.
[5] Cf. Paulo VI, Carta enc. Populorum progressio, n. 76.
[6] Cf. Paulo VI, Carta enc.Populorum progressio, n. 15.
[7] Cf. Paulo VI, Carta enc. Populorum pregressio, n. 55.
[8] Cf. Juan Pablo II, Carta enc. Centesimus annus, n. 33.
 [9] Cf. Juan Pablo II, Carta enc. Sollicitudo rei socialis, n. 32.
[10] Cf. Benedicto XVI, Carta enc. Caritas in veritate, n. 18.
[11] Cf. Benedicto XVI, Carta enc. Deus caritas est, n. 29.
[12] Cf. Consejo Pontificio de Justicia y Paz, Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, n. 413.
[13] Cf. Consejo Pontificio de Justicia y Paz, Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, n. 414.
[14] Cf. Ver: Paulo VI, Carta apost. Octogesima adveniens, nn. 24 y 25.
[15] Cf. Consejo Pontificio de Justicia y Paz, Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, n. 196
[16] Cf. Consejo Pontificio de Justicia y Paz, Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, n. 193
[17] Ibíd.
[18] Cf. Benedicto XVI, Carta enc. Caritas in veritate, n. 38.
[19] Cf. Benedicto XVI, Carta enc. Caritas in veritate, n. 39.
[20] Concilio Vaticano II, Gaudium et spes, 36b.
[21] Concilio Ecuménico Vaticano II, Gaudium et spes, 30b.
[22]Hans Küng, El proyecto ética mundial, 1990 (Comentado Por Carlos R. Fernández Liesa, Armando Rojas Claros), Universidad Católica de Colombia y Aldo Marcelo CÁCERES.
[23] Cf. Consejo Pontificio de Justicia y Paz, Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, n. 408
[24] IV CELAM, Documento de Aparecida, n. 444.
[25] IV CELAM, Documento de Aparecida,  n. 76
[26] III CELAM, Documento de Puebla, n. 6.
[27] Benedicto XVI, XVI Jornada Mundial de la Juventud, discurso a los jóvenes en la Plaza de Cibeles, Madrid, 18 de agosto de 2011
[28] Cf. Paulo VI, Carta enc. Populorum progressio, n. 35.

sábado, 10 de diciembre de 2011

CONMEMORAR NUESTRA HISTORIA DESDE LA FE [MEXICO 2010, RESUMEN CEM]

CONMEMORAR NUESTRA HISTORIA DESDE LA FE (RESUMEN)



Para comprometernos hoy con nuestra patria (2010)
Resumen

El objetivo del documento es compartir con el Pueblo de México un discernimiento histórico de nuestra Nación y dar un mensaje de compromiso, fe y esperanza frente al futuro, con ocasión del Bicentenario de la Independencia y del Centenario de la Revolución Mexicana, descubriendo en los hechos de la historia el designio de Dios, aun en medio de las debilidades humanas, viendo el pasado con gratitud, viviendo el presente con responsabilidad y proyectándonos al futuro con esperanza. En el documento, se discierne cuál fue la participación y el servicio de la Iglesia en estos dos importantes acontecimientos, para retomar con vigor los retos y desafíos actuales y servir a la Nación colaborando en la construcción de un proyecto cultural desde la fe.

La gestación y el crecimiento de una nación es un proceso nunca totalmente acabado, con luces y sombras. Hay que agradecer a quienes contribuyeron a su realización. La Iglesia está llamada a participar, iluminando con la Palabra los diversos sucesos que configuran y dan sentido a nuestra Nación. No podemos despreocuparnos del hombre real y concreto, a quien debemos servir desde nuestra misión religiosa que es, por lo mismo, plenamente humana.

Para una comprensión de la conciencia histórica de nuestra Patria, debemos tener en cuenta que la fe católica ha sido un elemento presente y dinamizador en la construcción gradual de nuestra identidad como Nación. El Acontecimiento Guadalupano ha tenido un profundo eco en el pueblo naciente, cualitativamente nuevo, fruto de la Gracia que asume, purifica y plenifica el devenir de la historia.

La Iglesia novohispana se mantuvo en comunión con la Sede Apostólica, aunque mediatizada por el Patronato regio, sobre todo en tiempo de las reformas borbónicas que exacerbaron la injerencia de la Corona en asuntos eclesiásticos. El Episcopado y la Iglesia en general, sujeta ella misma, fue utilizada como instrumento de sujeción, si bien muchos representantes de la “Ilustración católica” promovieron la reforma de las costumbres, la erudición del clero y la promoción del pueblo mediante la beneficencia social. Ante una creciente opresión, se presentaron reacciones diversas.

En el siglo XVIII se produjo una transformación como resultado de las ideas de la Revolución Francesa, que dieron la Declaración de los Derechos del Hombre, que se opone a toda opresión hasta lograr la liberación. Esta doctrina contiene implícito el presupuesto de que el poder, dimanado del Autor de la naturaleza social del hombre, radica fundamentalmente en el pueblo y que éste, mediante un pacto social, lo transfiere a la autoridad pública para procurar el bien común. Es, por tanto, revocable si el pacto social no se cumple. La enseñanza evangélica sobre la tolerancia, la no resistencia al agresor, el perdón y la caridad son altos principios que no anulan, según la tradición de la Iglesia, el legítimo derecho a oponerse a la opresión y a las realidades de injusticia evidente y prolongada que atenten gravemente a los derechos fundamentales de la persona y dañen peligrosamente el bien común. Esta resistencia debe excluir el odio y la violencia, para que pueda servir de camino a la liberación integral cristiana.

Las reformas borbónicas incrementaron las cargas tributarias y la explotación, y adoptaron medidas restrictivas a las prácticas religiosas sobre la ya menguada libertad de la Iglesia. Esto aumentó la pobreza y el descontento, que se expreso en el clamor contra el “mal gobierno”, exacerbado por la deposición del monarca español, la insensibilidad de los gobernantes y el despotismo. Ante esta situación había clérigos y laicos que buscaban la independencia absoluta de España y otros la proponían parcial o gradual. En esto mucho tenía que ver la condición social de los actores.
No fue fortuito el hecho de que el símbolo escogido por el movimiento libertario fuera el estandarte de Santa María de Guadalupe, que sería proclamada por Morelos “Patrona de Nuestra Libertad”. Sin el ingrediente religioso, este movimiento o no se hubiera producido o habría tomado otro rumbo.

La represión contra la Insurgencia continuó conculcando el derecho natural, el de gentes y el canónico. También continuaron los excesos de algunos insurrectos. Por eso numerosos clérigos y laicos clamaban por la paz, la reconciliación y el perdón. Al retomar vigencia la Constitución de Cádiz (1820), se dieron nuevas leyes que avasallaban a la Iglesia. Por ello, Agustín de Iturbide, ganado para la causa independiente, propuso las tres garantías: Religión, Independencia y Unión, y las plasmó en nuestra bandera nacional.

En el proceso de consumación de la Independencia se ve disminuir notablemente el número de clérigos y se incrementa el protagonismo de los laicos católicos. La mayoría de los clérigos que participaron lo hicieron sobre todo en la consejería y el debate. La Iglesia participó en el homenaje de los caudillos insurgentes, recibiendo solemnemente los restos mortales de Hidalgo, Morelos, y otros, en la Catedral Metropolitana de la Arquidiócesis de México.

Con relación a la Revolución, a finales del siglo XIX tuvo lugar un vigoroso renacimiento del catolicismo social, impulsado por la encíclica Rerum Novarum. La Revolución generó sufrimientos en el pueblo pobre, a quien se intentaba beneficiar. La guerra postrevolucionaria atrajo violencia y a la Iglesia Católica una persecución originada por la ideología liberal y atea de algunos que la impulsaron. Los católicos participaron activamente en los inicios de la Revolución Mexicana de diversas maneras y en diversos grados, al lado de los movimientos y grupos sociales del momento. Sin embargo, al comienzo del siglo XX, su participación tuvo un mayor grado y significado.

El movimiento maderista abrió los primeros espacios de una democracia moderna y al principio aceptó las propuestas del Partido Católico Nacional de republicanismo, legitimidad del sufragio popular y la relativa separación de la Iglesia del Estado. Sin embargo, la confrontación al interior de los grupos católicos, el asesinato de Madero y la confusa relación con Huerta, dio origen al rechazo y descalificación del Partido Católico Nacional, y la exclusión en la vida pública de toda agrupación política confesional. Los constituyentes más radicales limitaron y proscribieron las actividades y la participación pública de la Iglesia, llegando a negarle toda personalidad jurídica en la Constitución de 1917. A pesar de las hostilidades, los católicos percibieron con razón el fruto de sus luchas en la redacción del artículo 123 de la Constitución, donde reconocieron la doctrina de la Rerum Novarum, que había sido su gran bandera a favor de la justicia social y de la patria.

Más allá de la recta intención de los constituyentes de brindar a la Nación un cuerpo de leyes que proporcionara el sustento legal necesario para una vida social y política ordenada y justa, por el hecho de haber sido redactada por una sola facción revolucionaria, se plasmó el espíritu persecutorio contra la Iglesia y discriminatorio hacia otras visiones o interpretaciones políticas. Esto generó división y enfrentamiento, autoritarismo e intolerancia mutua.

A pesar de las vicisitudes, podemos contemplar la presencia de Jesucristo en la historia de nuestra Nación. Hemos de valorar las acciones de muchos en la construcción y desarrollo de nuestra Patria. Debemos reconocer que algunos no supieron seguir los caminos de paz, acordar consensos en el diálogo, la concordia, la construcción de instituciones. Incluso, muchos cristianos ilustrados no supieron regir su conducta con criterios de fe, esperanza y caridad.

Los discípulos de Jesús debemos ofrecer una cultura que contribuya a la construcción de un proyecto nuevo al servicio de la Nación, mostrando así la vitalidad de la fe, que antes de reflejarse en la vida social exige pasar por la conciencia personal, las convicciones, los estilos de vida que lleven a una conversión que transforme e impacte la propia vida y el entorno social.

La cultura es «todo aquello con lo que el hombre afina y desarrolla sus innumerables cualidades espirituales y corporales». La Nación Mexicana es una realidad cultural, en la que si bien existen otras raíces culturales u otras presencias sociales significativas, el cristianismo ha configurado y continúa configurando una parte importante de la vida personal y comunitaria. La nación es una realidad socio-cultural anterior al Estado. Nuestra Patria no nace a partir del poder político y sus instituciones, sino que emerge gradualmente, a partir del siglo XVI, como una realidad mestiza a partir de los pueblos autóctonos que eran eminentemente religiosos, desde la nueva propuesta de los pueblos europeos y desde la experiencia cristiana. La fe en Jesucristo logró que quienes se veían antagónicos, se reconocieran como hermanos. La fe en Jesucristo ha colaborado a gestar un ambiente solidario entre los mexicanos.

La Independencia y la Revolución deben ser interpretadas en base a la continuidad del mismo pueblo que conforma esta Nación. El sustrato cultural de este proyecto al servicio de la Nación, que han de construir todos los mexicanos, debe privilegiar tres características, desde las que se entreteje nuestra cultura: a) el anhelo legítimo de libertad y justicia; b) una inspiración cristiana que anima a luchar en favor de la promoción humana individual y social con una perspectiva trascendente, y c) un diálogo plural con el conjunto de ideologías que buscan el desarrollo humano.

Somos una sociedad plural. La Iglesia Católica no pretende imponer un sólo modo de interpretar la realidad, sino que propone, con respeto a la libertad de cada persona, una cultura a favor de la vida y la dignidad de cada hombre y mujer.
Vivimos un cambio de época en el que los grandes referentes de la cultura y de la vida cristiana están siendo cuestionados, afectando la valoración del hombre y su relación con Dios. La mayor amenaza a nuestra cultura está en querer eliminar toda referencia o relación con Dios, como lo promueven algunos grupos identificados con un laicismo radical, provocando un enorme vacío existencial. “Quien excluye a Dios de su horizonte, falsifica el concepto de la realidad y en consecuencia sólo puede terminar en caminos equivocados y recetas destructivas” (Benedicto XVI, Discurso Inaugural de Aparecida).

Se requiere la vigencia completa del derecho humano a la libertad religiosa, que abraza a creyentes y no creyentes en su derecho a vivir con plena libertad las opciones que en conciencia realizan sobre el significado y el sentido último de la vida. El ejercicio de esta libertad incluye la vida privada y pública, el testimonio individual y la presencia asociada, con el único límite del respeto al derecho de terceros.

Es necesaria la separación Estado e Iglesia, lo que no implica desconocimiento o falta de colaboración entre ambas instituciones. Estado e Iglesia, cada uno a su modo, deben encontrar caminos de colaboración que les permitan servir a las personas y a las comunidades. 
La Iglesia no se anuncia a sí misma, sino a Cristo, factor de renovación cultural más importante para nuestra Nación. Los cristianos, confiando en Jesucristo, sabedores de la responsabilidad que tenemos de cara al futuro, debemos colaborar junto a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, en la construcción de una sociedad más justa y solidaria, que nos permita vivir de acuerdo con las exigencias de nuestra dignidad.

La Iglesia tiene el derecho de participar, a través de sus ministros y fieles, según sus propias funciones y responsabilidades, en la construcción de la cultura de la vida, aportando lo que les es propio, a partir de su cosmovisión del mundo y de la persona, que se caracteriza por su trascendencia, su dignidad inviolable y su realización eminentemente social. Es nuestra visión del hombre la que queremos ofrecer, en tanto que reconocemos que él es el medio, sujeto y fin de toda cultura, de toda actividad humana y dinámica social. Posee derechos que emanan de su propia naturaleza, que siempre se deben respetar. La dignidad del hombre deriva de su naturaleza, de su calidad de hijo de Dios, y de haber sido redimido por Cristo y llamado a la felicidad eterna.

Sin negar sus beneficios, la cultura moderna se ha caracterizado por un deseo desmedido de autonomía del hombre, sin referencia trascendente. En este contexto, la verdad tiene una connotación negativa, asociada con dogmatismo, intolerancia o imposición. La superación de una visión fragmentada de la realidad, apoyada en el relativismo que interpreta su propia naturaleza, sólo puede ser lograda a la luz de la razón humana llamada a conocer la verdad, y a la luz de la Revelación Divina.

Hemos de ser sensibles a los nuevos rostros de pobreza y a los rezagos históricos: los migrantes, los desempleados, los campesinos desplazados por no pertenecer al mundo de la tecnología y del mercado global, y los indígenas, los grandes excluidos y objeto de múltiples discriminaciones. Los niños en condición de calle en las ciudades y los jóvenes y adolescentes que desde temprana edad son reclutados por el crimen organizado, sembrando en ellos gérmenes de maldad.

Los ideales de libertad, justicia e igualdad por los que lucharon nuestros compatriotas en la Independencia y la Revolución Mexicana, nos siguen interpelando hoy. Solamente bajo la lógica de la justicia, la caridad y la verdad seremos capaces de colaborar en la construcción de una sociedad solidaria y fraterna, asumiendo tres prioridades fundamentales en el camino de nuestro desarrollo como Nación:
  1. Un México en el que todos tengan acceso equitativo a los bienes de la tierra, se promueva la superación y crecimiento de todos en la justicia y la solidaridad, combatiendo la pobreza.
  2. Un México que crezca en su cultura y preparación con mayor conciencia de su dignidad y mejores elementos para su desarrollo, con una educación integral y de calidad para todos.
  3. Un México que viva reconciliado, alcanzando una mayor armonía e integración en sus distintos componentes sociales y con sus diferentes orientaciones políticas, pero unificado en el bien común y en el respeto de unos y otros.
Deben ser atendidos los espacios deprimidos por la miseria. Son foco de desestabilización social, ya que los desesperados pueden ser reclutados por el crimen organizado, y ser manipulados de forma política y religiosa, atentando contra su dignidad.

Aún reconociendo la valía de muchos maestros, el sistema educativo deja mucho que desear en calidad y resultados. Está agobiado por falta de preparación magisterial y prácticas viciosas del modelo sindical. A esto se añade el laicismo mal entendido, que deja de lado los valores humanos universales como si fueran confesionales, lo que no permite comprender las realidades trascendentes. El laicismo se ha convertido en instrumento ideológico que pasa por encima del derecho de los padres a la educación de sus hijos y no respeta las raíces culturales de nuestro pueblo. Los centros de educación católica deben ser espacios para un diálogo entre la fe y la ciencia, y transmitir una cultura cristiana, en apertura respetuosa a todas las mentalidades.

Hay que favorecer la reconciliación con nuestro pasado, aceptando nuestras raíces indígenas y europeas; la reconciliación entre las distintas formas de pensar, erradicando fundamentalismos laicistas o intolerancias religiosas. La manifestación de nuestros desacuerdos, la insatisfacción por nuestras carencias, la crítica legítima a la situación que vivimos deben convertirse en propuestas creativas, positivas y viables, que construyan corresponsablemente una sociedad digna y solidaria.

La sociedad mexicana repudia a los que mediante actividades ilícitas y delincuenciales, ponen en riesgo lo que hemos alcanzado en nuestro camino histórico, como la libertad y las instituciones democráticas. La Iglesia los llama a una conversión que los haga reencontrar los caminos de bien y de justicia. México es una Nación con historia y vocación providenciales, bendecida por Dios, que debe seguir su camino hacia su propio desarrollo, en colaboración fraterna con las demás naciones.

Resumen actualizado en 2011