domingo, 1 de mayo de 2011

LA RECONSTRUCCIÓN DE NUESTRA CIUDAD [MTY], UNA TAREA DE TODOS

LA RECONSTRUCCIÓN DE NUESTRA CIUDAD, J. FRANCISCO CARDENAL ROBLES ORTEGA
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Arzobispo de Monterrey 2
ÍNDICE
Introducción
1. Los protagonistas de la reconstrucción
a. La Iglesia
b. La familia
c. La educación
d. El Estado
e. La sociedad
f. El mundo empresarial
2. Los valores de la reconstrucción
a. El valor moral
b. La solidaridad
c. La justicia
d. El trabajo
e. La honestidad
f. La unión
g. La sana austeridad
h. La paz
Conclusión
3
A LA IGLESIA QUE PEREGRINA EN MONTERREY: ¡PAZ Y BIEN!

Muy queridos hermanos y hermanas en el Señor:
¡Jesucristo ha resucitado, aleluya, aleluya! Este es el grito jubiloso de la Pascua que pone en pie a todos los cristianos del mundo para anunciar la Bue-na Noticia. Es el grito de la Pascua que también resuena en nuestra ciudad, entre nuestras montañas, en cada parroquia, en los hospitales, en los colegios, en las cárceles, en cada casa. Cristo, nuestra esperanza, ha resucitado. Como a los primeros discípulos del Señor, la resurrección nos lleva a mirar al Cielo, pero al mismo tiempo, nos compromete con nuevas fuerzas, con mayor moti-vación y más sólida convicción, en la renovación de nuestra sociedad y en la vivencia de nuestra fe en el mundo, sabiendo que ya hemos vencido en Cristo. Por eso, ahora, en la Pascua, es el momento para emprender una tarea difícil, pero posible y necesaria: la renovación de nuestra sociedad.
En la reciente asamblea pastoral de diciembre de 2010, en que nos re-unimos para preparar el plan de pastoral orgánica, publicado el 9 de marzo de este año, una y otra vez se habló de la necesidad de que nuestra iglesia particu-lar viva un verdadero compromiso con la realidad social en la que estamos inmersos. Como objetivo principal de nuestra arquidiócesis nos propusimos renovar las parroquias hasta convertirlas en comunidades de discípulos misio-neros comprometidos con la realidad social en la que vivimos. Esa es la hoja de ruta que nos traza el plan de pastoral orgánica. Queremos que la iglesia de Cristo que peregrina en Monterrey sea una auténtica comunidad de discípulos misioneros comprometidos con nuestra sociedad.
En el análisis que precedió a la redacción de ese plan pastoral, apareció continuamente una realidad que no se puede negar: el deterioro de nuestra
convivencia ciudadana. Efectivamente, constatamos que, en un breve lapso de tiempo, la convivencia ciudadana se ha quebrantado mucho y el ambiente mo-ral de Monterrey se ha resentido de una profunda crisis de valores que se per-cibe en múltiples manifestaciones. El aumento de la adicción a las drogas en nuestros jóvenes, la presencia del así llamado "narcomenudeo" en las calles de la ciudad, los jóvenes embriagados por el alcohol en los fines de semana, el debilitamiento del papel educativo de la familia y el incremento desorbitado de los actos delictivos, son síntomas palpables de una destrucción moral que afecta gravemente a nuestra sociedad. 4 Dentro de este debilitamiento de la convivencia, la
Considerando estos datos, parece urgente comenzar una verdadera re-construcción, total, profunda, sin perder de vista que toda reconstrucción siempre ofrece la posibilidad de hacer las cosas bien y mejorar lo anterior, de volver a empezar superando los defectos y proponiéndonos nuevos objetivos más ambiciosos que ayuden a reconstruir el tejido social de nuestra ciudad y las condiciones de vida de todos los que habitamos en ella.
Estos días de Pascua de Resurrección reviven y actualizan la victoria de Cristo sobre el mal y sobre la muerte de un modo definitivo. La Pascua es un nacimiento en la esperanza y una invitación constante a mirar las cosas de arriba: "
inseguridad ciuda-dana se ha convertido en un tema recurrente en nuestras conversaciones por-que las acciones criminales han comenzado a ser ya una realidad cotidiana. En poco tiempo, casi sin darnos cuenta, hemos pasado de vivir en una ciudad tranquila y serena, a encontrarnos en un mundo inseguro, y a organizar nuestra vida tomando en cuenta unas nuevas realidades a las que tenemos que enfren-tarnos cada día: el miedo y la inseguridad. Así pues, si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Aspirad a las cosas de arriba, no a las de la tierra"1 La Pascua es la fiesta del optimismo, de la renovación: "Purificaos de la levadura vieja, para ser masa nueva; pues sois ázimos. Por-que nuestro cordero pascual, Cristo, ha sido inmolado. Así que, celebremos la fiesta, no con vieja levadura, ni con levadura de malicia e inmoralidad, sino con ázimos de pureza y verdad"2. Es la ocasión para dejar atrás el apego al mal y buscar el bien por encima de todo. Por eso, esta Pascua puede ser el ini-cio de una reconstrucción que no se puede demorar mucho más. Hay un es-fuerzo que realizar, pero con la certeza de que Cristo ha vencido el mal y ha renovado el mundo con su ofrecimiento y su victoria. Todos juntos, con esas claves que nos ofrece la Pascua, podemos salvar nuestra ciudad. 1 Col 3,1-2. 2 1 Cor 5,7-8.
1. Los protagonistas de la reconstrucción

a. La Iglesia
Entre los responsables de esta reconstrucción moral y social de Monte-rrey, no podemos dejar fuera a la Iglesia Católica con su presencia como reli-gión mayoritaria en la ciudad. 5 La primera constatación que tenemos que hacer es que nosotros, Iglesia, también necesitamos reconstruirnos. Hemos sido sacudidos por escándalos muy graves que nos han afectado últimamente, y esto nos tiene que llevar a examinar cómo hemos reaccionado y a replantearnos si estamos cumpliendo de verdad la misión que Cristo nos ha asignado. Somos los primeros que nece-sitamos evangelizarnos y construir nuestra vida desde el Evangelio, sin tapu-jos ni componendas.
En nuestra acción pastoral, tenemos que ser un apoyo real para nuestros hermanos y ayudarles a recuperar la esperanza; no una esperanza utópica e irracional a pesar de todo, sino la esperanza de quien sabe que Dios no nos abandona nunca y con la certeza de que "
sabemos que en todas las cosas in-terviene Dios para bien de los que le aman; de aquellos que han sido llama-dos según su designio"3. Recuperar la fe y la esperanza y fortalecerlas es segu-ramente el mejor recurso para seguir trabajando con motivación, convicción y compromiso en esta reconstrucción de la sociedad que tenemos delante. 3 Cf. Rom 8,28. 4 ARQUIDIÓCESIS DE MONTERREY, Plan de Pastoral Orgánica 2011 - 2015, pág. 89. Las otras tres líneas de acción se encuentran en las páginas: 93, 97 y 101 del mismo documento.
Hoy, más que nunca, los pastores tenemos que acercarnos a nuestros feligreses. Ellos necesitan de nuestra presencia, testimonio y orientación. Nos miran a nosotros esperando una guía, una motivación y también, sobre todo, un
Tenemos que reconocer que muchas veces hemos descuidado la forma-ción y el crecimiento en la fe. Y, por ello, hoy más que nunca, hay que insistir en la formación cristiana, en la espiritualidad. Necesitamos presentar de nuevo a Cristo como Salvador y como modelo de vida. Como dice nuestro plan de pastoral orgánica 2011 - 2015, nuestra primera línea de acción debe ser "
También tenemos que poner en el centro de nuestras vidas y de nuestras enseñanzas el amor a Dios y al prójimo sobre todas las cosas, tal y como nos enseñó Jesucristo. En nuestra predicación, en nuestra catequesis, es el momen-
testimonio personal. Tienen derecho a pedirlo y tenemos el deber de dárse-lo. que todas las personas tengan un encuentro vivo y kerigmatico con Jesucristo, para que logren una conversión personal, y puedan iniciarse como discípulos misioneros de él"4. Y los primeros que debemos vivir esa conversión somos nosotros. 6 to de insistir en el amor a Dios. Más que nunca, los católicos tenemos que ac-tuar movidos por el amor a Dios y volver a creer en ese amor que nunca falla. El amor de Dios es el punto seguro para edificar una renovación espiritual en la Iglesia. Dios que se ha manifestado como amor nos pide una respuesta de amor.
Ante los graves problemas del país, se puede presentar la tentación de que la Iglesia asuma un protagonismo político que no le corresponde, pero "la Iglesia no puede ni debe emprender por cuenta propia la empresa política de realizar la sociedad más justa posible. No puede ni debe sustituir al Estado. Pero tampoco puede ni debe quedarse al margen en la lucha por la justicia. Debe insertarse en ella a través de la argumentación racional y debe despertar las fuerzas espirituales, sin las cuales la justicia, que siempre exige también renuncias, no puede afirmarse ni prosperar. La sociedad justa no puede ser obra de la Iglesia, sino de la política. No obstante, le interesa sobremanera tra-bajar por la justicia esforzándose por abrir la inteligencia y la voluntad a las exigencias del bien"
5. 5 BENEDICTO XVI, carta encíclica Deus caritas est, 28. 6 PONTIFICIO CONSEJO "JUSTICIA Y PAZ", Compendio de doctrina social de la Iglesia, 118.
Los católicos no debemos olvidar que un buen católico es necesaria-mente un buen ciudadano, consciente de sus deberes y derechos sociales, inte-grado en su comunidad y un constante luchador por el bien y la verdad en su vida y en su ambiente, alguien que sabe ser misericordioso y comprensivo con los demás, pero al mismo tiempo inflexible ante el pecado y el mal en cual-quiera de las formas que pueda presentarse en la sociedad.
Los católicos sabemos que, además del pecado personal, existe el
peca-do social que también debe ser erradicado de nuestras vidas y de nuestra so-ciedad. "Es social todo pecado cometido contra la justicia en las relaciones entre persona y persona, entre la persona y la comunidad, y entre la comuni-dad y la persona. Es social todo pecado contra los derechos de la persona humana, comenzando por el derecho a la vida, incluido el del no-nacido, o contra la integridad física de alguien; todo pecado contra la libertad de los demás, especialmente contra la libertad de creer en Dios y de adorarlo; todo pecado contra la dignidad y el honor del prójimo. Es social todo pecado contra el bien común y contra sus exigencias, en toda la amplia esfera de los dere-chos y deberes de los ciudadanos"6. El católico, el cristiano, no puede condes-cender con estos pecados que afectan gravemente al amor al próximo, base de la enseñanza moral del Evangélico. 7
b. La familia
Las presiones y el estrés de la sociedad actual hacen que los padres de familia no cuenten con mucho tiempo para dedicarlo a sus hijos en un ambien-te de serenidad. Y esto ha hecho que, poco a poco, se debilite el papel educati-vo de la familia. Ante las dificultades que entraña actualmente la tarea de edu-car a los hijos, no son pocos los padres de familia que, más o menos conscien-temente, y muchas veces movidos por la circunstancias, han tirado la toalla y simplemente se contentan con que sus hijos asistan a la escuela y no creen problemas en casa. Así, encontramos a muchos jóvenes que viven "a su aire", en una especie de abandono encubierto y que convierten la casa en un hotel en el que duermen y donde, al máximo, cuidan ciertas normas.
El aumento de roturas matrimoniales también ha afectado seriamente a las familias y a la educación de los hijos. Todavía se estudian científicamente los efectos del divorcio en los hijos y nos damos cuenta de que, por desgracia, nuestra sociedad no siempre puede ofrecer una ayuda adecuada a estos niños y jóvenes que requieren una atención muy cercana que les ayude a superar el desarrollo traumático del proceso que viven sus papás.
Otro elemento que tenemos que superar es el de la violencia dentro de las familias. La violencia, física y psicológica, sigue constituyendo una verda-dera epidemia que daña profundamente a todos los miembros de la familia y genera como un germen de violencia para la sociedad entera. Se puede decir que, en gran parte, la violencia que vivimos en la sociedad tiene sus orígenes en hogares donde se cultivó este ambiente de violencia y de falta de respeto mutuo.
La solidez del núcleo familiar es un recurso determinante para la calidad de la convivencia social. Por ello la comunidad civil no puede permanecer in-diferente ante las tendencias disgregadoras que minan en la base sus propios fundamentos. Es necesario, por tanto, que las autoridades públicas "resistiendo a las tendencias disgregadoras de la misma sociedad y nocivas para la digni-dad, seguridad y bienestar de los ciudadanos, procuren que la opinión pública no sea llevada a menospreciar la importancia institucional del matrimonio y de la familia"
7. La familia constituye, más que una unidad jurídica, social y económica, una comunidad de amor y de solidaridad, insustituible para la enseñanza y transmisión de los valores culturales, éticos, sociales, espirituales y religiosos, esenciales para el desarrollo y bienestar de los propios miembros y de la sociedad8.  7 JUAN PABLO II, Exhortación apostólica Familiaris consortio, 81. 8 8 Cf. PONTIFICIO CONSEJO "JUSTICIA Y PAZ", Compendio de doctrina social de la Iglesia, 229. 9 Documento conclusivo de la V Conferencia General del CELAM, Aparecida, 118. 10 Documento conclusivo de la V Conferencia General del CELAM, Aparecida, 114.
También es esencial la familia para la transmisión y educación de la fe y de los valores más profundos del ser humano. "
Hay que considerar este refortalecimiento de la familia como una tarea urgente pues
En el seno de una familia, la persona descubre los motivos y el camino para pertenecer a la familia de Dios. De ella recibimos la vida, la primera experiencia del amor y de la fe. El gran tesoro de la educación de los hijos en la fe consiste en la experiencia de una vida familiar que recibe la fe, la conserva, la celebra, la transmite y tes-timonia. Los padres deben tomar nueva conciencia de su gozosa e irrenuncia-ble responsabilidad en la formación integral de sus hijos"9. "La familia es insustituible para la serenidad personal y para la educación de sus hijos"10.
c. La educación
La educación es la base de la regeneración de la sociedad. El reto de formar nuevos ciudadanos constituye la mejor inversión para el futuro de nuestra ciudad.
Debemos combatir la cifra de ocho millones de jóvenes en edad produc-tiva que viven en nuestro país y ni estudian ni trabajan. En Monterrey, como en toda la República mexicana, tenemos que buscar que no haya niños sin es-colarizar y que se ofrezca una educación de la mayor calidad posible, adecua-da a los tiempos, sin perder el fondo cívico y humanista que debe alentar todo proyecto educativo. Antes que técnicos, tenemos que formar seres humanos y ciudadanos.
No podemos resignarnos a considerar como algo normal el ver a nues-tros jóvenes, muchachos y muchachas, ebrios cada fin de semana. Nos están lanzando un mensaje a toda la sociedad, nos piden que les hagamos caso.
9 Tampoco podemos seguir educando a los jóvenes en una cultura de la "tranza", como si el triunfo a cualquier precio fuese el valor más alto por el cual vale la pena todo, hasta la renuncia a todo principio.
Uno de los objetivos que debemos perseguir con mayor ambición es la creación de ambientes sanos después de la escuela. Cada niño, cada joven, de-be tener oportunidad de gozar de ambientes sanos después de sus clases. El deporte, la cultura, la sana diversión, ayudarán a formar mejores ciudadanos. En esto podemos colaborar todos, desde las parroquias hasta las empresas. Los niños y jóvenes de Monterrey tienen el derecho de contar con centros de so-cialización que los ayuden a crecer como personas y a usar debidamente sus tiempos de ocio. No podemos dar por supuesto que el tiempo de ocio solo pueda conducir a la perversión.
Muchos de nuestros jóvenes se quejan de que no cuentan con un futuro profesional en el que poder realizarse, que la escasez de trabajo y los sueldos tan bajos no permiten formar una familia ni tener una estabilidad de vida. Es verdad que su futuro depende en gran parte de ellos que son quienes tienen que forjárselo, pero también tenemos la responsabilidad de ofrecerles un futu-ro profesional. Por eso, la educación tiene que orientarse a facilitarles la entra-da en el mercado de trabajo, pero también, en la medida de nuestras posibili-dades, cada uno, especialmente aquellos sectores que estén involucrados en la economía productiva o financiera, tiene la grave responsabilidad de crear puestos de trabajo dignos en los que los jóvenes puedan desarrollar sus talen-tos y alcanzar una plenitud de vida en la seguridad y en la paz. Este es un pre-supuesto fundamental para construir una sociedad justa y en paz.
Aunque se haya quedado para el final en este recuento, no resulta menos importante el deber de todos de suscitar una sensibilidad social y cívica en nuestros alumnos, en nuestros niños y jóvenes, desde la casa, desde la escuela, desde la parroquia. Una educación centrada solo en los intereses del niño o del joven, o peor aún, orientada solo a un éxito monetario, no ayuda a crear una sociedad renovada y en paz. Hace falta inculcar un sentido de
solidaridad real que nos lleve a todos a tomar conciencia de que no vivimos aislados ni existi-mos a pesar de los otros, sino con los otros, en una unidad de destino como miembros de la misma sociedad. El principio de solidaridad, enunciado tam-bién con el nombre de "amistad" o "caridad social", nace de la comunidad de origen y la igualdad de la naturaleza racional en todos los hombres. No es un simple capricho ni una virtud que solo se puede vivir en comunidades peque-ñas o en las familias. No, la solidaridad es un vínculo que nos une y que nos 10 eleva como seres humanos, frente a las tendencias del egoísmo que solo crean avaricia, aislacionismo y conflictos sociales.
d. El Estado
Ante la crisis social que vive Monterrey se han escuchado muchas voces alzándose contra el Estado y la autoridad como si solo de ellos dependiese el problema social en el que vivimos. En muchos ciudadanos, la crispación ante la crisis de convivencia y seguridad en la que estamos inmersos, se ha conver-tido automáticamente en una desconfianza ante toda autoridad y en una actitud crítica y amarga ante aquellos que son o deberían ser los garantes del Estado de derecho.
Sin embargo, en estas circunstancias es oportuno recordar que, en el fondo, el Estado somos todos, ya que el Estado no es más que la organización de la sociedad para el ejercicio de la autoridad. Y esto nos tiene que llevar a pensar que nuestros compromisos con el Estado y con la sociedad no terminan el día en que depositamos nuestro voto para elegir a nuestros gobernantes.
Necesitamos crear más espacios de participación para los ciudadanos, pero también tenemos que desarrollar nuestro compromiso con la ciudad y con el país en el que vivimos. La solución no viene solo desde arriba, también te-nemos que construirla desde abajo.
Es verdad que tenemos el derecho de exigir a nuestros gobernantes que actúen con honestidad e inteligencia, con prudencia y eficacia, pero también tenemos el deber que sumarnos a sus iniciativas y medidas. Podemos exigir que se mejoren los sistemas policiales, pero también tenemos el deber de pa-gar nuestros impuestos puntualmente; tenemos el derecho de pedir decisiones eficaces y comprometidas a nuestros gobernantes, pero al mismo tiempo te-nemos el deber de adherirnos a ellas; tenemos todo el derecho de señalar lo que no está bien, pero no podemos escatimar nuestro apoyo a las instituciones, que son y deben ser nuestros garantes de la paz, de la seguridad y de la convi-vencia.
El fenómeno mundial de la globalización hace que decisiones externas tomadas lejos de nuestras fronteras nos afecten decisivamente. Así, por ejem-plo, la apertura a la venta de armas pesadas en Estados Unidos desde 2004 ha extendido el uso de armamentos sofisticados puestos al alcance del crimen organizados. La facilidad de comunicaciones, que es un bien para todos, tam-
11 bién se convierte en un recurso para los grupos marginales que actúan fuera de la ley. No nos queda más remedio que adaptarnos a este mundo en el que vi-vimos y tomar decisiones sabias para mejorar aquellos medios que puedan sostener la legalidad y la convivencia social. Si en México hoy podemos hablar de una sociedad abierta, esto tiene que redundar en progreso y desarro-llo y no en miedo y desconfianza.
e. La sociedad
La filosofía de trabajo y familia que generó el Monterrey de prosperidad que conocimos, parece haberse debilitado. Poco a poco, el objetivo se centró más en el
En Monterrey se observa un clasismo malsano, fuente de conflictos so-ciales, que rompe el necesario entendimiento mutuo, pilar de la convivencia. El simple rechazo del otro porque no es de "los míos" genera distancia y re-sentimiento. Tenemos que hacer un esfuerzo para superar estas barreras y construir así una paz duradera.
Es el momento para replantearnos los valores que guían nuestro actuar de cada día en la sociedad volviendo a lo que de verdad es importante. Tene-mos que devolver a la dignidad del ser humano su valor central en la sociedad.
tener y el parecer que en el hacer y el ser. La sociedad sufrió los efectos de este cambio de mentalidad, y el interés personal prevaleció sobre el sentido social que había inspirado a las generaciones de nuestros padres y abuelos. Aquellas familias luchaban día con día para superarse inspiradas por un fuerte deber social y un ideal de desarrollo personal que solo se concebía unido al desarrollo de México. Hoy se percibe en muchos ambientes un senti-do hedonista de lucro personal desligado de responsabilidades sociales o, peor aún, enfrentado a la sociedad. El ideal es tener más para gozar más, al precio que sea, y sin nada que pueda obstaculizarlo. El mismo concepto de desarrollo o de progreso ha desaparecido de nuestro imaginario social y en nuestros am-bientes estamos cosechando una apatía y un egoísmo que se ha ido sembrando poco a poco. No se puede buscar el enriquecimiento olvidándose de los de-más, especialmente de los más pobres. Hay que hacer un esfuerzo por generar oportunidades de trabajo para que más hermanos nuestros puedan salir de la pobreza. No se puede perder de vista que el desarrollo personal solo es posible cuando se da el progreso de todos; solo se puede vivir realmente mejor si to-dos viven realmente mejor. 12
f. El mundo empresarial11
11 Este párrafo le debe una colaboración generosa al SR. JORGE CHAPA y a las ideas que vertió en su conferen-cia en el Club Industrial de Monterrey el 27 de agosto de 2010.
Monterrey es tierra de grandes empresarios que han construido un futu-ro para muchas familias. Los pioneros del florecimiento empresarial de Mon-terrey destacaron en lo económico y en lo social. En lo social fueron ejemplo cuando concibieron y otorgaron a sus trabajadores prestaciones de vivienda, de bonos de alimentos, de cuidado de la salud y esparcimiento y en algunos casos aún de educación de la familia que en aquellos tiempos resultaban inno-vadores y produjeron justicia, desarrollo y paz. Los empresarios se involucra-ban en las principales tareas de interés colectivo. Apoyaron la creación de ins-tituciones de Educación Superior, participaron en grandes proyectos de infra-estructura, gestionaron instituciones de asistencia y de cultura, entre otras. Eran hombres profundamente comprometidos con la comunidad. Vivían épo-cas de relativa bonanza.
Con la apertura económica de México, las tareas específicas del negocio crecieron en magnitud y relevancia. Casi de pronto, sin tiempo para preparar-se, México se sumergió en la globalización con su competencia que no da tre-gua. Hubo que ajustar costos, perfeccionar sistemas, actualizar tecnologías, aprender a competir lo mismo en el último extremo del mundo que en el mer-cado de la esquina y esta dura competencia internacional ha mermado los re-cursos que pueden invertirse en políticas sociales o en proyectos comunitarios.
Actualmente, la tercera generación de aquellos grandes emprendedores toma el relevo en el liderazgo de la actividad económica. Desde entonces has-ta ahora han cambiado muchas cosas y los escenarios económicos se han vuel-to mucho más complejos. El reciente golpe de la última crisis mundial ha sa-cudido mucho a nuestras empresas y esto ha redundado en un empobrecimien-to de muchas familias. A grandes rasgos, la economía mundial ha dado preva-lencia a la finanza sobre la producción, y los mercados abiertos, libres de re-glas, han generado deudas impagables que repercuten en todo el tejido económico. Sin embargo, en Monterrey se siguen suscitando emprendedores que continúan creando fuentes de empleo y contribuyen al desarrollo con em-presas de calidad mundial. A pesar de todas las barreras generadas por el cri-men organizado, siguen luchando por poner en pie empresas y crear fuentes de trabajo.
13 En el orden económico mundial, se perciben síntomas de recuperación, pero no podemos perder de vista que todavía nos movemos en un escenario económico inestable. De todos modos, esta situación, por más compleja que sea, no nos puede hacer perder de vista la dimensión social del capital. Hoy, más que nunca, los agentes económicos no pueden contentarse solo con buscar enriquecerse, lo cual es legítimo, sino que además deben generar empleo y empleo digno. Una sociedad sin tasas de empleo suficiente es siempre una so-ciedad inestable.
Necesitamos crear una cultura empresarial socialmente responsable te-niendo siempre en cuenta que "
la actividad empresarial es buena y necesaria cuando respeta la dignidad del trabajador, el cuidado del medio ambiente y se ordena al bien común. Se pervierte cuando, buscando solo el lucro, atenta contra los derechos de los trabajadores y la justicia"12. 12 Documento conclusivo de la V Conferencia General del CELAM, Aparecida, 122.
El Papa Benedicto XVI presentaba un análisis muy claro en su última carta encíclica
Caritas in Veritate, publicada el 29 de junio de 2009. Decía textualmente: "Las actuales dinámicas económicas internacionales, caracteri-zadas por graves distorsiones y disfunciones, requieren también cambios pro-fundos en el modo de entender la empresa. Antiguas modalidades de la vida empresarial van desapareciendo, mientras otras más prometedoras se perfilan en el horizonte. Uno de los mayores riesgos es sin duda que la empresa res-ponda casi exclusivamente a las expectativas de los inversores en detrimento de su dimensión social. Debido a su continuo crecimiento y a la necesidad de mayores capitales, cada vez son menos las empresas que dependen de un úni-co empresario estable que se sienta responsable a largo plazo, y no solo por poco tiempo, de la vida y los resultados de su empresa, y cada vez son menos las empresas que dependen de un único territorio. Además, la llamada deslo-calización de la actividad productiva puede atenuar en el empresario el sentido de responsabilidad respecto a los interesados, como los trabajadores, los pro-veedores, los consumidores, así como al medio ambiente y a la sociedad más amplia que lo rodea, en favor de los accionistas, que no están sujetos a un es-pacio concreto y gozan por tanto de una extraordinaria movilidad. El mercado internacional de los capitales, en efecto, ofrece hoy una gran libertad de ac-ción. Sin embargo, también es verdad que se está extendiendo la conciencia de la necesidad de una responsabilidad social más amplia de la empresa. Aunque no todos los planteamientos éticos que guían hoy el debate sobre la responsa-bilidad social de la empresa son aceptables según la perspectiva de la doctrina 14 social de la Iglesia, es cierto que se va difundiendo cada vez más la convicción según la cual la gestión de la empresa no puede tener en cuenta únicamente el interés de sus propietarios, sino también el de todos los otros sujetos que con-tribuyen a la vida de la empresa: trabajadores, clientes, proveedores de los di-versos elementos de producción, la comunidad de referencia. En los últimos años se ha notado el crecimiento de una clase cosmopolita de manager, que a menudo responde solo a las pretensiones de los nuevos accionistas de referen-cia compuestos generalmente por fondos anónimos que establecen su retribu-ción. Pero también hay muchos managers hoy que, con un análisis más previ-sor, se percatan cada vez más de los profundos lazos de su empresa con el te-rritorio o territorios en que desarrolla su actividad"13. Este análisis del Papa también puede aplicarse a Monterrey, y sus conclusiones son igualmente váli-das para la clase empresarial de nuestra ciudad que ha escrito hermosas pági-nas de compromiso social en la historia de México, y ahora, del mismo modo, está llamada a ejercer su liderazgo y su audacia en la reconstrucción de la so-ciedad regiomontana. 13 BENEDICTO XVI, carta encíclica Caritas in Veritate, 40.
2. Los valores de la reconstrucción

a. El valor moral
En la tarea de la reconstrucción de la sociedad regiomontana es impor-tante no perder de vista que el valor moral es el único que debe presentarse como absoluto en el juicio del ser humano sobre su actuar. Todos los demás valores se supeditan a lo
El bien y el mal aparecen en nuestra conciencia como opciones de vida en innumerables actos concretos. Del mismo modo, escuchamos en nuestro interior constantemente una voz que nos repite: "
El bien no se identifica simplemente con lo que me atrae o que me re-sulta agradable o útil. Algo es bueno cuando es lo que
bueno o lo malo en sí mismo, que es precisamente lo que nos señala el valor moral. haz el bien y evita el mal". Sin embargo, no siempre seguimos este imperativo y nos inclinamos por op-ciones que pueden proporcionar beneficios concretos al margen de ese bien que se nos presenta en la conciencia, o también puede darse que no exista una clara percepción del bien. debería ser, y algo es "bueno para mí" cuando me ayuda a ser lo que debo ser. El bien aparece 15 cuando yo puedo pensar que lo que hago lo puedo convertir en norma univer-sal, para todos, y deducir que lo que hago es algo que también me gustaría que me hicieran a mí.
La exigencia de vivir en el bien y hacer el bien, así como la de evitar el mal, siempre se presentan como un imperativo, si queremos una sociedad humana, justa y saneada.
El cristianismo nos llama a convertirnos en hombres nuevos, a identifi-carnos con el espíritu y las obras del espíritu. "
El espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha"14 Cuando obedecemos a la carne y actuamos contra nuestra conciencia, actuamos contra nosotros mismos. Cuando obede-cemos a nuestra conciencia, buscando el bien y evitando el mal, respondemos a nuestras aspiraciones más profundas, las cuales nos llevan a la satisfacción y a la felicidad. 14 Jn 6,63.
15
Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1939. 16 BENEDICTO XVI, carta encíclica Caritas in veritate, 38.
b. La solidaridad
Hablar de solidaridad no es algo que suena a nuevo en nuestra ciudad. Basta recordar cómo todos sumamos esfuerzos para ayudar a los damnificados en los días posteriores al paso del huracán Alex por nuestra ciudad. Todos hubiéramos querido hacer más por ellos, pues nos parecía poco lo que podía-mos aportar ante el sufrimiento que estaban viviendo. Esos esfuerzos fueron verdaderos gestos de solidaridad.
El principio de solidaridad, enunciado también con el nombre de "cari-dad social", es una exigencia directa de la fraternidad humana y cristiana
15. Todos los seres humanos, por el hecho de ser hermanos, hijos del mismo Dios, estamos unidos en una misma familia. La solidaridad es la dimensión social del amor. "La solidaridad es en primer lugar que todos se sientan responsables de todos; por tanto no se la puede dejar solamente en manos del Estado"16, sino que depende de cada uno. Una sociedad es solidaria solo si sus miembros son solidarios. Y esa solidaridad, en el amor mutuo, requiere e implica, a su vez, una verdadera justicia social, base de la caridad social. 16 La solidaridad debe captarse, ante todo, en su valor de principio social ordenador de las instituciones, según el cual las "estructuras de pecado", que dominan las relaciones entre las personas y los pueblos, deben ser superadas y transformadas en
La solidaridad es una verdadera y propia virtud moral, no un sentimien-to superficial de conmiseración hacia los males de tantas personas, cercanas o lejanas. Al contrario, es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que
estructuras de solidaridad, mediante la creación o la oportu-na modificación de leyes, reglas de mercado, ordenamientos. todos seamos verdaderamente responsables de todos. La solidaridad se eleva al ran-go de virtud social fundamental, ya que se coloca en la dimensión de la justi-cia, virtud orientada por excelencia al bien común, y en la entrega por el bien del prójimo, que está dispuesto a "perderse", en sentido evangélico, por el otro en lugar de explotarlo, y a "servirlo" en lugar de oprimirlo para el propio17. 17 Cf. PONTIFICIO CONSEJO "JUSTICIA Y PAZ", Compendio de doctrina social de la Iglesia, 193. 18 Catecismo de la Iglesia Católica, 1807; Cf. STO. TOMÁS DE AQUINO, Summa theologiae, II-II, q. 58, a. 1: "iustitia est perpetua et constans voluntas ius suum unicuique tribuendi".
La solidaridad nos tiene que llevar a superar el clasismo y a construir una sociedad más justa.

c. La justicia
La solidaridad nos lleva a la justicia, que es como su base, pues no pue-de existir una solidaridad auténtica que no esté basada en la justicia. La justi-cia es otro de los valores imprescindibles para la reconstrucción social de Monterrey; es la base del Estado de derecho y, por ello, el esqueleto legal que sostiene la convivencia pacífica.
La justicia es una constante y firme voluntad de dar a Dios y al prójimo lo que les es debido
18. Por ello, la justicia es, ante todo, una actitud que se convierte en hechos reales, tangibles, no solo un vago deseo. Se traduce en la actitud determinada por la voluntad de reconocer al otro como persona. Es li-bre y fruto de una decisión. 17 Es cierto que "el orden justo de la sociedad y del Estado es una tarea principal de la política"19 y no de la Iglesia. Pero la Iglesia "no puede ni debe quedarse al margen en la lucha por la justicia"20. 19 BENEDICTO XVI, Carta encíclica Deus Caritas est, 28. Cf. Documento conclusivo de la V Conferencia General del CELAM, Aparecida, 385. 20 BENEDICTO XVI, Carta encíclica Deus Caritas est, 28. Cf. Documento conclusivo de la V Conferencia General del CELAM, Aparecida, 385. 21 Cf. JUAN PABLO II, Carta encíclica Sollicitudo rei socialis, 40; Catecismo de la Iglesia Católica, 1929. Cf. PONTIFICIO CONSEJO "JUSTICIA Y PAZ", Compendio de doctrina social de la Iglesia, 447, 22 JUAN PABLO II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2004, 10.
La justicia debe regir las relaciones humanas y sociales, entre personas e instituciones. Debe ser omnipresente, como un criterio de juicio para discer-nir la moralidad de cualquier relación humana o social. Sin justicia no se pue-de hablar de ética, pues la justicia es como el primer paso del actuar rectamen-te; y la justicia comienza con la observancia de la ley.
"La justicia resulta particularmente importante en el contexto actual, en el que el valor de la persona, de su dignidad y de sus derechos, a pesar de las proclamaciones de propósitos, está seriamente amenazado por la difundida tendencia a recurrir exclusivamente a los criterios de la utilidad y del tener. La justicia, conforme a estos criterios, es considerada de forma reducida, mientras que adquiere un significado más pleno y auténtico en la antropología cristiana. La justicia, en efecto, no es una simple convención humana, porque lo que es "
Pero "por sí sola,
justo" no está determinado originariamente por la ley, sino por la identidad profunda del ser humano"21. la justicia no basta. Más aún, puede llegar a negarse a sí misma, si no se abre a la fuerza más profunda que es el amor"22. Si la justi-cia es el primer escalón de la moralidad social, el amor es el ideal al que de-bemos tender.
d. El trabajo
Uno de los pilares de la vida y la prosperidad de Monterrey ha sido su filosofía del trabajo, considerado como un modo honesto para ganarse la vida, crearse un porvenir y contribuir al desarrollo de la sociedad.
Toca a las instancias públicas y a la sociedad desarrollar e implementar políticas de reducción del desempleo y de creación de nuevas fuentes de traba-jo a las que se debe dar una prioridad indiscutible. El
desempleo y el subem- 18 pleo deterioran en las personas la conciencia de su dignidad humana. Con un esfuerzo conjunto entre sociedad y gobierno se debe asegurar a toda persona el acceso al derecho-deber fundamental de tener un empleo digno. El trabajo es-table y justamente remunerado es la solución al círculo vicioso de la pobre-za23. El trabajo digno y estable es una condición indispensable para ofrecer un futuro seguro a cada ciudadano y uno de los principales pilares de la paz so-cial. 23 Conferencia del episcopado mexicano, exhortación pastoral "Que en Cristo, nuestra paz, México tenga vida digna", pág. 93.
El mundo del trabajo debe respetar la
La familia es la gran protagonista de la construcción de la paz; y la vida familiar y el trabajo se condicionan recíprocamente de diversas maneras. Los largos desplazamientos diarios
El reconocimiento y la tutela de los
El fin que se debe buscar es que todos los ciudadanos tengan acceso a un trabajo decente, y eso, como ha recordado Su Santidad el Papa Benedicto XVI, "significa un trabajo que, en cualquier sociedad, sea expresión de la dig-nidad esencial de todo hombre o mujer: un trabajo libremente elegido, que
maternidad y el descanso festivo. Debe respetar a la infancia y debe buscar la justa remuneración de acuerdo a la productividad y los beneficios generados. Para ello, es necesario que las empresas, las organizaciones profesionales, los sindicatos y el Estado se hagan promotores de políticas laborales que no solo no perjudiquen, sino que favo-rezcan el núcleo familiar. al y del puesto de trabajo, el doble trabajo, la fatiga física y psicológica limitan el tiempo dedicado a la vida familiar. Por otro lado, las situaciones de desocupación tienen repercusiones materiales y espirituales sobre las familias, así como las tensiones y las crisis familiares influyen negativamente en las actitudes y el rendimiento en el campo laboral. derechos de las mujeres en el mun-do del trabajo dependen, en general, de la organización del trabajo, que debe tener en cuenta la dignidad y la vocación de la mujer, cuya verdadera promo-ción exige que el trabajo se estructure de manera que no deba pagar su desa-rrollo personal con un menoscabo de su dignidad ni en perjuicio de su familia, en la que como madre tiene un papel insustituible. La tutela de estos derechos de la mujer ofrece una medida del grado de humanización de la sociedad y de su sensibilidad hacia las personas que la integran. Una sociedad que respeta realmente la dignidad de la mujer es una sociedad sólida, humana y rica en valores. 19 asocie efectivamente a los trabajadores, hombres y mujeres, al desarrollo de su comunidad; un trabajo que, de este modo, haga que los trabajadores sean res-petados, evitando toda discriminación; un trabajo que permita satisfacer las necesidades de las familias y escolarizar a los hijos sin que se vean obligados a trabajar; un trabajo que consienta a los trabajadores organizarse libremente y hacer oír su voz; un trabajo que deje espacio para reencontrarse adecuadamen-te con las propias raíces en el ámbito personal, familiar y espiritual; un trabajo que asegure una condición digna a los trabajadores que llegan a la jubila-ción"24. 24 BENEDICTO XVI, carta encíclica Caritas in veritate, 63.
Pero, además de una actividad, el trabajo o la laboriosidad es un
valor que produce la alegría de saber que, con el esfuerzo personal, se pueden con-seguir muchas metas para bien de uno mismo y de los demás. El trabajo reali-zado con amor es fuente de muchas satisfacciones personales y palanca de un verdadero progreso.
e. La honestidad
Un valor clave en la reconstrucción de nuestra sociedad es la honestidad y la honradez. La permisión de ventas al contado por precios desorbitantes en las que se sospechaba que el origen del dinero no era muy limpio, el "tranzar" en cosas de aparente poca monta, el tráfico de influencias, el ejercicio del "compadrismo", que permite el mal en función de la amistad personal, el no pagar impuestos o el no cubrir el pago de la seguridad social del personal en las empresas o en las casas privadas, ha ido abriendo la puerta a la corrupción y, en ese clima, han prosperado grupos de dudoso origen que se han ido adue-ñando de la ciudad.
Se he permitido mucho el mal y la corrupción, y ahora nos toca una ta-rea ardua de exigencia en la búsqueda de la honestidad total. Tiene que ser cada ciudadano, en su medio ambiente, en su actividad cotidiana, quien se proponga el respeto exquisito de la ley y el no permitirse ni permitir nada que no pueda ofrecer garantías de legalidad. La reconstrucción de la honradez no es tarea de los cuerpos policiales, sino de cada uno de los ciudadanos. Y es
No es fácil promover y vivir el valor de la honestidad. La V Conferen-cia General del episcopado Latinoamericano y del Caribe, reunida en 2007 en
indispensable para edificar la paz. 20 Aparecida, constataba que "se necesita mucha fuerza y mucha perseverancia para conservar la honestidad que debe surgir de una nueva educación que rompa el círculo vicioso de la corrupción imperante"25. Y en su mensaje final afirmaba la necesidad de crear "una cultura de la honestidad que subsane la raíz de las diversas formas de violencia, enriquecimiento ilícito y corrup-ción"26. Este mensaje se aplica en nuestra sociedad en el momento presente. Hay que poner en marcha esa fuerza y esa perseverancia para construir una cultura de la honestidad. 25 Documento conclusivo de la V Conferencia General del CELAM, Aparecida, 507. 26 Documento conclusivo de la V Conferencia General del CELAM, Aparecida, Mensaje final, 4.
f. La unión
Los juicios apresurados, las descalificaciones sin fundamento y el seña-lamiento de culpabilidades no demostradas, han producido mucha crispación social.
Las divisiones y la sospecha mutua entre los ciudadanos y hacia las au-toridades ha mermado la confianza, factor esencial para el desarrollo social y la convivencia pacífica, y por ello, se impone como tarea prioritaria el recons-truir esta confianza para renovar la convivencia.
En esta crisis de convivencia que vivimos hay que cultivar la bondad de corazón. Esto no quiere decir comportarse ingenuamente ante los problemas que nos encontramos ni pecar de una excesiva confianza, sino tratar de fomen-tar la bondad en el trato con los demás, evitar enfrentamientos innecesarios, no dar cauce a las calumnias y buscar en todo la concordia y el entendimiento, en la tolerancia y el respeto mutuo.
Es cierto que ya no podemos confiar en todos, como también es cierto que los enemigos de la convivencia y los violentos deben ser neutralizados por la sociedad para defender el bien común, pero el resto de los ciudadanos no podemos vernos mutuamente como enemigos, con desconfianza y sospecha, sino como coprotagonistas de un mismo proyecto de convivencia donde todos sumamos esfuerzos, donde todos contamos. Tenemos que estar más unidos que nunca para edificar nuestro futuro común.
La unión también nos tiene que llevar a valorar nuestras raíces cultura-les y religiosas. Ellas son como el cimiento de nuestra convivencia. Las mani-festaciones de nuestra rica cultura mexicana, impregnadas de un profundo sen-
21 tido religioso y de una rica tradición humanista, nos educan en un sentido de comunidad, de alegría y de sana armonía; nos acercan socialmente y hacen que todos, sin distinciones, celebremos con un mismo espíritu. Estos son valo-res que nos ayudan a construir una convivencia social más sana, más humana.
Para los cristianos, la
unión tiene una mayor profundidad e importancia que la eleva a comunión, siguiendo el modelo de la Santísima Trinidad27. Por ello, los cristianos tenemos que ser fermento de unión en nuestra sociedad buscando la cercanía a los más necesitados y la confluencia de intereses en el bien común. 27 Cf. Documento conclusivo de la V Conferencia General del CELAM, Aparecida, 155, 161 y 524. 28 Cf. Documento conclusivo de la V Conferencia General del CELAM, Aparecida, 404 y 474. 29 Cf. Mt 8,20.
g. La sana austeridad
Tenemos que volver a una sana austeridad, a un modo de vida que no busca
Monterrey era una ciudad cuyos habitantes tenían fama de austeros, de ahorradores, y esa austeridad y esos ahorros se convirtieron en inversiones que generaron desarrollo y progreso. Actualmente, el gasto se dispara muchas ve-ces por encima de las propias posibilidades y eso ahoga a no pocas familias que no están dispuestas a negarse nada, aunque esta situación les suponga vi-vir siempre endeudados. Frecuentemente, no se trata de gastos necesarios, lo cual sería comprensible, sino de desembolsos en bienes superfluos. El resulta-do a largo plazo es la pérdida de la serenidad y la vida en una tensión constan-te por pagar las deudas contraídas. Además, las repercusiones en la actividad económica de las deudas no pagadas acaban afectando a todos. El problema no es tanto tener deudas o no, sino vivir de un modo irrealista con deudas que nunca se podrán saldar.
La austeridad también se puede considerar una virtud cristiana
tener más que el que vive a mi lado, sino usar lo necesario para vivir cómodamente, sin lujos ni excentricidades, sin jactancias. 28 que nos enseña a usar de los bienes materiales sin vivir para ellos. Esta austeridad nos lleva al desprendimiento, siguiendo el ejemplo de Jesucristo, que no tenía donde reposar la cabeza29, y es fuente de paz social y de serenidad personal.
h. La paz.
22 Dejo para el final la paz, que es fin y camino, valor e ideal. Es una meta que buscamos como sociedad, pero al mismo tiempo es también una actitud con la que debemos vivir y una virtud que debemos cultivar.
No se puede confundir la paz con la mera ausencia de la guerra, ni se puede reducir al solo equilibrio de las fuerzas adversarias, ni surge de una hegemonía despótica, sino que con toda exactitud y propiedad se llama "obra de la justicia"
30. Efectivamente, la justicia es como la base de la paz. Un Esta-do con una justicia sólida que defiende la seguridad y los derechos de cada ciudadano es un Estado que vive las condiciones imprescindibles para que se pueda dar la paz. 30 Cf. Is 32,7.
31
Cf. CONCILIO VATICANO II, Constitución pastoral Gaudium et spes, 78. 32 Cf. Documento conclusivo de la V Conferencia General del CELAM, Aparecida, 542.
La paz es el fruto del orden y el entendimiento mutuo. Nace del respeto de leyes justas y del respeto a cada uno. Es fruto de un esfuerzo constante que construye esa paz cada día; pues no se puede considerar como algo adquirido de una vez para siempre. Por eso la paz jamás es una cosa del todo hecha, sino un perpetuo quehacer.
Dada la fragilidad de la voluntad humana, herida por el pecado, el cui-dado y la promoción de la paz reclaman de cada uno un constante dominio de sí mismo y una vigilancia por parte de la autoridad legítima. El Estado, al que los ciudadanos entregan el poder de la fuerza para imponer el orden y la segu-ridad, es el garante de esa paz. Todos sus organismos locales, estatales y fede-rales, deben ser constructores del orden y de la paz en el respeto a la dignidad de las personas, de sus propiedades y de sus rectas inquietudes.
Sin embargo, aunque se asiente sobre la justicia, la paz es también fruto del amor, el cual sobrepasa todo lo que la justicia puede realizar. La justicia es la
La Iglesia, sacramento de reconciliación y de paz, debe trabajar para que los discípulos y misioneros de Cristo sean también "constructores de paz". La Iglesia está llamada a ser una escuela permanente de verdad y justicia, de perdón y reconciliación para construir una paz auténtica
base y el amor es el ideal. El amor fraterno fortalece y acrecienta la paz elevándola a la armonía y la comunión. Por ello, se puede decir que la paz so-bre la tierra, nace del amor al prójimo31. 32. 23
Conclusión
Miramos hacia el futuro con esperanza. Monterrey ha pasado ya por al-gunas situaciones difíciles en su historia, como los conflictos sociales surgidos el siglo pasado, a finales de los años sesenta, o las crisis económicas de 1973, de 1982 o de 1994. Hemos sobrevivido al huracán Gilbert y al Alex, y siempre hemos encontrado en todos y cada uno de nuestros vecinos los recursos de la ilusión, de la motivación, del esfuerzo personal y del compromiso. Ahora, ante este nuevo reto, nos sostiene la convicción de que vamos a poder y de que vamos a conseguirlo con esfuerzo y dedicación, con sacrificio, pero lo hare-mos por el bien de las futuras generaciones de regiomontanos que nos miran con confianza, seguros de que vamos a dar la medida.
Esta Pascua de Resurrección nos muestra el signo de la cruz como un símbolo de victoria, de entrega y salvación, y nos enseña el sepulcro vacío como el lugar donde se consumó esa victoria, lejos de la curiosidad de los hombres. La cruz y el sepulcro nos muestran que Dios hecho hombre por amor, vencedor de la muerte y del pecado, sigue amándonos fielmente, a pesar de todos nuestros defectos y errores.
Pongo todas estas intenciones en manos de la Santísima Virgen Guada-lupe, verdadera Madre de nuestra patria y de nuestra tierra, para que Ella nos alcance de Dios las bendiciones y las gracias que necesitamos.

UNA TAREA DE TODOS
________________________________________________________
Carta pastoral con ocasión de la Pascua de Resurrección

jueves, 3 de marzo de 2011

LA IDENTIDAD MISIONERA DEL PRESBÍTERO EN LA IGLESIA COMO DIMENSIÓN INTRÍNSECA DEL EJERCICIO DE LOS TRIA MUNERA

CONGREGACIÓN PARA EL CLERO
LA IDENTIDAD MISIONERA DEL PRESBÍTERO EN LA IGLESIA COMO DIMENSIÓN INTRÍNSECA DEL EJERCICIO DE LOS TRIA MUNERA
LIBRERIA EDITRICE VATICANA
Carta Circular
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ISBN 978-88-209-8470-0
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CONGREGATIO PRO CLERICIS
Venerables Hermanos en el Episcopado:
Con sincera gratitud, apenas terminado el Año Sacerdotal, la Congregación para el Clero ofrece — mediante los Obispos — a todo el Pueblo de Dios y en modo especial a los Sacerdotes el fruto de la Asamblea Plenaria, que se tuvo en Vaticano del 16 al 18 de marzo de 2009, sobre el tema: « La identidad misionera del Presbítero en la Iglesia como dimensión intrínseca del ejercicio de los tria muñera».
Siguiendo la trayectoria de los distintos trabajos ofrecidos en los últimos años, que van desde el « Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros» (1994), al «Directorio para el ministerio y la vida de los diáconos permanentes»» (1998); desde la Carta Circular «El Presbítero maestro de la Palabra, ministro de los sacramentos y guía de la comunidad en vista al tercer milenio cristiano »» (1999), a la Instrucción «El presbítero pastor y guía de la comunidad parroquial»» (2002), esta Carta Circular quiere llamar la atención sobre la importancia de la dimisión misionera y sobre su constitutiva unión con la identidad misma del ministro ordenado.
Ciertamente, cada Sacerdote participa de la misma vida del Señor Jesús, obra en su Persona y, consecuentemente, es un instrumento esencial de su misión de enviado del Padre para conducir a todos los hombres al conocimiento de la Verdad. El ser pastores pide que el impulso misionero sea vivido como un personal y profundo deseo de dilatación del Reino de Dios y comunicado en un permanente esfuerzo de testimonio evangélico, primer elemento de todo auténtico apostolado.
Ofrecemos la vida de cada Sacerdote y su consecuente misión — en la que vive la misma misión de la Iglesia — a la protección de la Bienaventurada Virgen María, Reina de los Apóstoles, para que mediante el fiel ejercicio del munus docendi,, el atento y devoto cumplimiento del munus sanctificandi,, y la competente guía del munus regendi,, puedan realmente hacer presente a Cristo, Único Sumo Sacerdote y Pastor de nuestras almas.

CLÁUDIO Card. HUMMES
Arzobispo emérito de Sao Paulo
Prefecto

 MAURO PIACENZA
Arz. Titular de Vittoriana
Secretario


ALOCUCIÓN DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI A LOS PARTICIPANTES EN LA ASAMBLEA PLENARIA DE LA CONGREGACIÓN PARA EL CLERO
Lunes 16 de marzo de 2009
Señores cardenales;
venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio:
Me alegra poder acogeros en audiencia especial, en la víspera de mi partida hacia África, a donde iré para entregar el Instrumentum laboris de la II Asamblea especial del Sínodo para África, que tendrá lugar aquí en Roma el próximo mes de octubre. Agradezco al prefecto de la Congregación, el señor cardenal Cláudio Hummes, las amables palabras con las que ha interpretado los sentimientos de todos. Asimismo os saludo a todos vosotros, superiores, oficiales y miembros de la Congregación, y os expreso mi gratitud por todo el trabajo que lleváis a cabo al servicio de un sector tan importante en la vida de la Iglesia.
El tema que habéis elegido para esta plenaria — « La identidad misionera del presbítero en la Iglesia, como dimensión intrínseca del ejercicio de los tria munera » — permite algunas reflexiones para el trabajo de estos días y para los abundantes frutos que ciertamente traerá. Si toda la Iglesia es misionera y si todo cristiano, en virtud del Bautismo y de la Confirmación, quasi ex officio (cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 1305) recibe el mandato de profesar públicamente la fe, el sacerdocio ministerial, también desde este punto de vista, se distingue ontológicamente, y no sólo en grado, del sacerdocio bautismal, llamado también sacerdocio común. En efecto, del primero es constitutivo el mandato apostólico: « Id a todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura » (Mc 16, 15). Como sabemos, este mandato no es un simple encargo encomendado a colaboradores; sus raíces son más profundas y deben buscarse mucho más lejos.
La dimensión misionera del presbítero nace de su configuración sacramental con Cristo Cabeza, la cual conlleva, como consecuencia, una adhesión cordial y total a lo que la tradición eclesial ha reconocido como la apostolica vivendi forma. Ésta consiste en la participación en una « vida nueva » entendida espiritualmente, en el « nuevo estilo de vida » que inauguró el Señor Jesús y que hicieron suyo los Apóstoles.
Por la imposición de las manos del obispo y la oración consagra- toria de la Iglesia, los candidatos se convierten en hombres nuevos, llegan a ser «presbíteros ». A esta luz, es evidente que los tria muñera son en primer lugar un don y sólo como consecuencia un oficio; son ante todo participación en una vida, y por ello una potestas. Ciertamente, la gran tradición eclesial con razón ha desvinculado la eficacia sacramental de la situación existencial concreta del sacerdote; así se salvaguardan adecuadamente las legítimas expectativas de los fieles. Pero esta correcta precisión doctrinal no quita nada a la necesaria, más aún, indispensable tensión hacia la perfección moral, que debe existir en todo corazón auténticamente sacerdotal.
Precisamente para favorecer esta tensión de los sacerdotes hacia la perfección espiritual, de la cual depende sobre todo la eficacia de su ministerio, he decidido convocar un « Año sacerdotal » especial, que tendrá lugar desde el próximo 19 de junio hasta el 11 de junio de 2010. En efecto, se conmemora el 150° aniversario de la muerte del santo cura de Ars, Juan María Vianney, verdadero ejemplo de pastor al servicio del rebaño de Cristo. Corresponderá a vuestra Congregación, de acuerdo con los Ordinarios diocesanos y con los superiores de los institutos religiosos, promover y coordinar las diversas iniciativas espirituales y pastorales que parezcan útiles para hacer que se perciba cada vez más la importancia del papel y de la misión del sacerdote en la Iglesia y en la sociedad contemporánea.
La misión del presbítero, como muestra el tema de la plenaria, se lleva a cabo « en la Iglesia ». Esta dimensión eclesial, de comunión, jerárquica y doctrinal es absolutamente indispensable para toda auténtica misión y sólo ella garantiza su eficacia espiritual. Se debe reconocer siempre que los cuatro aspectos mencionados están íntimamente relacionados: la misión es « eclesial » porque nadie anuncia o se lleva a sí mismo, sino que, dentro y a través de su propia humanidad, todo sacerdote debe ser muy consciente de que lleva a Otro, a Dios mismo, al mundo. Dios es la única riqueza que, en definitiva, los hombres desean encontrar en un sacerdote.
La misión es « de comunión » porque se lleva a cabo en una unidad y comunión que sólo de forma secundaria tiene también aspectos relevantes de visibilidad social. Éstos, por otra parte, derivan esencialmente de la intimidad divina, de la cual el sacerdote está llamado a ser experto, para poder llevar, con humildad y confianza, las almas a él confiadas al mismo encuentro con el Señor. Por último, las dimensiones « jerárquica » y « doctrinal » sugieren reafirmar la importancia de la disciplina (el término guarda relación con « discípulo ») eclesiástica y de la formación doctrinal, y no sólo teológica, inicial y permanente.

La conciencia de los cambios sociales radicales de las últimas décadas debe mover las mejores energías eclesiales a cuidar la formación de los candidatos al ministerio. En particular, debe estimular la constante solicitud de los pastores hacia sus primeros colaboradores, tanto cultivando relaciones humanas verdaderamente paternas, como preocupándose por su formación permanente, sobre todo en el ámbito doctrinal.
La misión tiene sus raíces de modo especial en una buena formación, llevada a cabo en comunión con la Tradición eclesial ininterrumpida, sin rupturas ni tentaciones de discontinuidad. En este sentido, es importante fomentar en los sacerdotes, sobre todo en las generaciones jóvenes, una correcta recepción de los textos del concilio ecuménico Vaticano II, interpretados a la luz de todo el patrimonio doctrinal de la Iglesia. También es urgente la recuperación de la convicción que impulsa a los sacerdotes a estar presentes, identificables y reconocibles tanto por el juicio de fe como por las virtudes personales, e incluso por el vestido, en los ámbitos de la cultura y de la caridad, desde siempre en el corazón de la misión de la Iglesia.
Como Iglesia y como sacerdotes anunciamos a Jesús de Nazaret, Señor y Cristo, crucificado y resucitado, Soberano del tiempo y de la historia, con la alegre certeza de que esta verdad coincide con las expectativas más profundas del corazón humano. En el misterio de la encarnación del Verbo, es decir, en el hecho de que Dios se hizo hombre como nosotros, está tanto el contenido como el método del anuncio cristiano. La misión tiene su verdadero centro propulsor precisamente en Jesucristo.
La centralidad de Cristo trae consigo la valoración correcta del sacerdocio ministerial, sin el cual no existiría la Eucaristía ni, por tanto, la misión y la Iglesia misma. En este sentido, es necesario vigilar para
que las « nuevas estructuras » u organizaciones pastorales no estén pensadas para un tiempo en el que se debería « prescindir » del ministerio ordenado, partiendo de una interpretación errónea de la debida promoción de los laicos, porque en tal caso se pondrían los presupuestos para la ulterior disolución del sacerdocio ministerial y las presuntas « soluciones » coincidirían dramáticamente con las causas reales de los problemas actuales relacionados con el ministerio.
Estoy seguro de que en estos días el trabajo de la asamblea plenaria, bajo la protección de la Mater Ecclesiae, podrá profundizar estos breves puntos de reflexión que me permito someter a la atención de los señores cardenales y de los arzobispos y obispos, invocando sobre todos la copiosa abundancia de los dones celestiales, en prenda de los cuales os imparto a vosotros y a vuestros seres queridos una especial y afectuosa bendición apostólica.



CONGREGATIO PRO CLERICIS
LA IDENTIDAD MISIONERA DEL PRESBÍTERO EN LA IGLESIA,
COMO DIMENSIÓN INTRÍNSECA DEL EJERCICIO DE LOS TRIA MUNERA
Carta Circular


Introducción
Ecclesia peregrinans natura sua missionaria est.
« La Iglesia peregrinante es, por su naturaleza, misionera puesto que toma su origen de la misión del Hijo y de la misión del Espíritu Santo, según el designio de Dios Padre ».1
El Concilio Ecuménico Vaticano II, en la línea de la ininterrumpida Tradición, es muy explícito al afirmar la misionaridad intrínseca de la Iglesia. La Iglesia no existe por sí misma y para sí misma: tiene su origen en las misiones del Hijo y del Espíritu; la Iglesia está llamada, por su naturaleza, a salir de sí misma en un movimiento hacia el mundo, para ser signo del Emmanuel, del Verbo hecho carne, del Dios-con-nosotros.
La misionaridad, desde el punto de vista teológico, está comprendida en cada una de las notas de la Iglesia y está particularmente representada tanto por la catolicidad como por la apostolicidad. ¿Cómo cumplir fielmente con la función de ser apóstoles, testigos fieles del Señor, anunciadores de la Palabra y administradores auténticos y humildes de la gracia, si no a través de la misión, entendida como verdadero y propio factor constitutivo del ser Iglesia?
La misión de la Iglesia, además, es la misión que ella ha recibido de Jesucristo con el don del Espíritu Santo. Es única, y ha sido confiada a todos los miembros del pueblo de Dios, que han sido hechos partícipes del sacerdocio de Cristo mediante los sacramentos de la iniciación, con el fin de ofrecer a Dios un sacrificio espiritual y testimoniar a Cristo ante los hombres. Esta misión se extiende a todos los hombres, a todas las culturas, a todos los lugares y a todos los tiempos. A una única misión corresponde un único sacerdocio: el de Cristo, del que participan todos los miembros del pueblo de Dios, aunque de forma diversa y no sólo por el grado.
En dicha misión, los presbíteros, en cuanto son los colaboradores más inmediatos de los Obispos, sucesores de los Apóstoles, conservan ciertamente un papel central y absolutamente insustituible, que les ha sido confiado por la providencia de Dios.

1. Conciencia eclesial de la necesidad de un renovado compromiso misionero

La misionaridad intrínseca de la Iglesia se funda dinámicamente en las misiones trinitarias mismas. Por su naturaleza, la Iglesia está llamada a anunciar la persona de Jesucristo muerto y resucitado, a dirigirse a toda la humanidad, según el mandato recibido del mismo Señor: « Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación » (Mc 16,15); «Como el Padre me envió, también os envío yo » Jn 20,21). En la misma vocación de San Pablo, hay un envío: «Va, porque yo te enviaré lejos, a los gentiles » (Hch 22,21).
Para realizar esta misión, la Iglesia recibe el Espíritu Santo, enviado por el Padre y por el Hijo en Pentecostés. El Espíritu que descendió sobre los Apóstoles es el Espíritu de Jesús: hace repetir los gestos de Jesús, anunciar la Palabra de Jesús (cf. Hch 4,30), recitar de nuevo la oración de Jesús (cf. Hch 7,59s.; Lc 23,34.46), perpetuar, en la fracción del pan, la acción de gracias y el sacrificio de Jesús y conserva la unidad entre los hermanos (cf. Hch 2,42; 4,32). El Espíritu confirma y manifiesta la comunión de los discípulos como nueva creación, como comunidad de salvación escatológica y los envía en misión: « Seréis mis testigos [...] hasta los confines de la tierra » (Hch 1,8). El Espíritu Santo impulsa la Iglesia naciente a la misión en todo el mundo, demostrando de esta forma que Él ha sido derramado sobre « todo mortal » (cf. Hch 2,17).
Hoy, ante las nuevas condiciones de la presencia y de la actividad de la Iglesia en el panorama mundial, se renueva la urgencia misionera, no sólo adgentes, sino en la grey misma, ya constituida, de la Iglesia.
Durante las últimas décadas, el Magisterio Pontificio ha expresado autorizadamente, con tonos cada vez más fuertes y firmes, la urgencia de un renovado compromiso misionero. Baste pensar en Evangelii nuntiandi de Pablo VI, o en Redemptoris missio y en Novo milennio ineunte de Juan Pablo II,2 hasta llegar a las numeras intervenciones de Benedicto XVI.3
No es menor la preocupación del Papa Benedicto XVI por la misión ad gentes, como lo demuestra su constante solicitud. Se ha de subrayar y alentar cada vez más la presencia, aún hoy, de muchos misioneros enviados ad gentes. Naturalmente no son suficientes. Además, se va delineando un fenómeno nuevo: misioneros africanos y asiáticos que ayudan a la Iglesia, por ejemplo, en Europa.
Es necesario alegrarse también, y dar gracias a Dios, por tantos nuevos Movimientos y Comunidades eclesiales, incluso laicales, que viven la misionaridad, tanto en la propia región — entre los católicos que, por diversos motivos, no viven su pertenencia a la comunidad eclesial —, como ad gentes.

2. Aspectos teológico-espirituales de la misionaridad de los presbíteros

No podemos considerar el aspecto misionero de la teología y de la espiritualidad sacerdotal, sin explicitar la relación con el misterio de Cristo. Como se ha destacado en el n. 1, la Iglesia encuentra su fundamento en las misiones de Cristo y del Espíritu Santo: así cada « misión » y la dimensión misionera de la Iglesia misma, intrínseca a su naturaleza, se fundamentan en la participación en la misión divina. El Señor Jesús es, por antonomasia, el enviado del Padre. Con intensidad mayor o menor, todos los escritos del Nuevo Testamento ofrecen este testimonio.
En el Evangelio de Lucas, Jesús se presenta como aquel que, consagrado con la unción del Espíritu, ha sido enviado a anunciar a los pobres la Buena Nueva (cf. Lc 4,18; Is 61,1-2). En los tres Evangelios sinópticos, Jesús se identifica con el Hijo amado que, en la parábola de los viñadores homicidas, es enviado por el dueño de la viña al final, después de los siervos (cf. Mc 12,1-12; Mt 21,33-46; Lc 20,919); en otros momentos habla de la propia condición de enviado (cf. Mt 15,24). También aparece en Pablo la idea de la misión de Cristo por parte de Dios Padre (cf. Ga 4,4; Rm 8,3).
Pero es sobre todo en los textos de Juan donde aparece con mayor frecuencia la « misión » divina de Jesús.4 Ser « el enviado del Padre » pertenece ciertamente a la identidad de Jesús: Él es aquel que el Padre ha consagrado y enviado al mundo, y este hecho es expresión de su irrepetible filiación divina (cf. Jn 10,36-38). Jesús ha llevado a término la Obra salvadora, siempre como enviado del Padre y como aquel que realiza las obras de quien lo ha enviado, en obediencia a su voluntad. Solamente en el cumplimiento de esta voluntad, Jesús ha ejercido su ministerio de sacerdote, profeta y rey. Al mismo tiempo, sólo en cuanto enviado del Padre, Él envía, a su vez, a los discípulos. La misión, en todos sus diferentes aspectos, tiene su fundamento en la misión del Hijo en el mundo y en la misión del Espíritu Santo. 5
Jesús es el enviado que, a su vez, envía (cf. Jn 17,18). La « misionaridad » es, en primer lugar, una dimensión de la vida y del ministerio de Jesús y, por tanto, lo es de la Iglesia y de cada uno de los cristianos, según las exigencias de la vocación personal. Veamos cómo Él ha ejercido su ministerio salvífico, para el bien de los hombres, en las tres dimensiones, íntimamente entrelazadas, de enseñanza, santificación y gobierno; o, con otras palabras, más directamente bíblicas, de profeta y revelador del Padre, de sacerdote, de Señor, rey y pastor.
Aunque Jesús, en su proclamación del Reino y en su función de revelador del Padre, se ha sentido especialmente enviado al pueblo de Israel (cf. Mt 15,24; 10,5), no faltan episodios en su vida, en los que se abre el horizonte de universalidad de su mensaje: Jesús no excluye de la salvación a los gentiles, alaba la fe de algunos de ellos, por ejemplo la del centurión, y anuncia que los paganos llegarán de los confines del mundo, para sentarse a la mesa con los patriarcas de Israel (cf. Mt 8,1012; Lc 7,9); lo mismo dice a la mujer cananea: « Mujer, ¡grande es tu fe! Que te suceda como deseas » (Mt 15,28; cf. Mc 7,29). En continuidad con su misma misión, Jesús resucitado envía a sus discípulos a predicar el Evangelio a todas las naciones, una misión universal (cf. Jn 20,21-22; Mt 28,19-20; Mc 16,15; Hch 1,8). La revelación cristiana está destinada a todos los hombres, sin distinciones.
La revelación de Dios Padre, que Jesús trae, se fundamenta en su unión irrepetible con el Padre, en su conciencia filial; sólo partiendo de ésta puede ejercer su función de revelador (cf. Mt 11,12-27; Lc 10,21-22; Jn 18; 14,6-9; 17,3.4.6). Dar a conocer al Padre, con todo lo que este conocimiento implica, es el fin último de toda la enseñanza de Jesús. Su misión de revelador está tan arraigada en el misterio de su persona, que también en la vida eterna continuará su revelación del Padre: « Yo les he dado a conocer tu nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me has amado esté en ellos y yo en ellos » (Jn 17,26; cf. 17,24). Esta experiencia de la paternidad divina debe impulsar a los discípulos al amor hacia todos, en el cual consistirá su «perfección » (cf. Mt 5,45-48; Lc 6,35-36).
El ministerio sacerdotal de Jesús no se puede entender sin la perspectiva de la universalidad. Partiendo de los textos del Nuevo Testamento, es clara la conciencia de Jesús de su misión, que lo lleva a dar la vida por todos los hombres (cf. Mc 10,45; Mt 20,28). Jesús, que no ha pecado, se pone en el puesto de los pecadores, y se ofrece al Padre por ellos. Las palabras de la institución de la Eucaristía manifiestan la misma conciencia y la misma actitud; Jesús ofrece su vida en el sacrificio de la Nueva Alianza en favor de los hombres: « Ésta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos » (Mc 14,24; cf. Mt 26,28; Lc 22,20; 1 Co 11,24-25).
El sacerdocio de Cristo ha sido profundizado sobre todo en la Carta a los Hebreos, en la que se destaca que Él es el sacerdote eterno, que posee un sacerdocio que no se acaba (cf. Hb 7,24), es el sacerdote perfecto (cf. Hb 7,28). Ante la multiplicidad de sacerdotes y de sacrificios antiguos, Cristo se ha ofrecido a sí mismo, una sola vez y de una vez para siempre, en un sacrificio perfecto (cf. Hb 7,27; 9,12.28; 10,10; 1 P 3,18). Esta unicidad de su persona y de su sacrificio confiere también al sacrificio de Cristo un carácter único y universal; toda su persona y, en concreto, el sacrificio redentor que tiene un valor para la eternidad, lleva el sello de lo que no pasa y es insuperable. Cristo, sumo y eterno Sacerdote, en su condición de glorificado, sigue aún intercediendo por nosotros ante el Padre (cf. Jn 14,16; Rm 8,32; Hb 7,25; 9,24, 10,12; 1 Jn 2,1).
Jesús, enviado por el Padre, aparece también como Señor en el Nuevo Testamento (cf. Hch 2,36). El acontecimiento de la resurrección hace reconocer a los cristianos el señorío de Cristo. En las primeras confesiones de fe aparece este título fundamental relacionado con la resurrección (cf. Rm 10,9). No falta la referencia a Dios Padre en muchos de los textos que nos hablan de Jesús como Señor (cf. F¿p 2,11). Por otra parte, Jesús, que ha anunciado el Reino de Dios, especialmente vinculado a su persona, es rey, como él mismo dice en el Evangelio de Juan (cf. Jn 18,33-37).Y también al final de los tiempos, « cuando entregue a Dios Padre el Reino, después de haber destruido todo Principado, Dominación y Potestad » (1 Co 15,24).

Naturalmente, el dominio de Cristo tiene poco que ver con el dominio de los grandes de este mundo (cf. Lc 22,25-27; Mt 20,25-27; Mc 10,42-45), porque, como Él mismo afirma, su reino no es de este mundo (cf. Jn 18,36). Por eso, el dominio de Cristo es el del buen pastor, que conoce todas sus ovejas, que ofrece la vida por ellas y que quiere reunirlas a todas en un solo rebaño (cf. Jn 10,14-16). También la parábola de la oveja perdida habla, indirectamente, de Jesús, buen pastor (cf. Mt 18,12-14; Lc 15,4-7). Jesús es, además, el « pastor supremo »(1 P 5,4).
En Jesús se realiza, de forma eminente, todo lo que la tradición del Antiguo Testamento había dicho sobre Dios, pastor del pueblo de Israel: « Las apacentaré en buenos pastos y su majada estará en los montes de la excelsa Israel [...]. Yo mismo conduciré mis ovejas y yo las llevaré a reposar, oráculo del Señor Yahvé. Buscaré la oveja perdida, tornaré a la descarriada, curaré a la herida, confortaré a la enferma; pero a la que está gorda y robusta la exterminaré; las pastorearé con justicia » (Ez 34,14-16). Y más adelante: «Yo suscitaré para ponérselo al frente un solo pastor que las apacentará, mi siervo David. Él las apacentará y será su pastor. Yo, Yahvé, seré su Dios. » (Ez 34,23-24; cf. Jr 23,1-4; Za 11,15-17; Sal 23,1-6).6
Sólo partiendo de Cristo tiene sentido la reflexión tradicional sobre los tria muñera que configuran el sagrado ministerio de los Sacerdotes. No podemos olvidar que Jesús se considera presente en sus enviados: « Quien acoja al que yo envío, me acoge a mí, y quien me acoja a mí, acoge a aquel que me ha enviado » (Jn 13,20; cf. también Mt 10,40; Lc 10,16). Hay una serie de « misiones », que encuentran su origen en el misterio mismo del Dios Uno y Trino, que quiere que todos los hombres sean partícipes de su vida. El arraigo trinitario, cristológico7 y eclesiológico del ministerio de los Sacerdotes es el fundamento de la identidad misionera. La voluntad salvífica universal de Dios, la unicidad y la necesidad de la mediación de Cristo (cf. 1 Tm 2,4-7; 4,10) no permiten trazar fronteras a la obra de evangelización y de santificación de la Iglesia. Toda la economía de la salvación tiene su origen en el designio del Padre de recapitular todo en Cristo (cf. Ef 1,3-10) y en la realización de este designio, que tendrá su cumplimiento final con la venida del Señor en la gloria.
El Concilio Vaticano II alude claramente al ejercicio de los tria muñera de Cristo, por parte de los presbíteros, como colaboradores del orden episcopal: « Participando, en el grado propio de su ministerio del oficio único Mediador, que es Cristo (cf. 1 Tm 2,5), anuncian a todos la divina palabra. Pero su oficio sagrado lo ejercitan, sobre todo, en el culto o asamblea eucarística, donde, representando la persona de Cristo, y proclamando su misterio, unen las oraciones de los fieles al sacrificio de su Cabeza y hacen presente y aplican en el sacrificio de la Misa, hasta la venida del Señor (cf. 1 Co 11,26), el único Sacrificio del Nuevo Testamento, a saber, el de Cristo que se ofrece a sí mismo al Padre, una vez por todas, como hostia inmaculada (cf. Hb 9,14-28). [...]. Ejerciendo, en la medida de su autoridad, el oficio de Cristo, Pastor y Cabeza, reúnen la familia de Dios como una fraternidad, animada con espíritu de unidad y la conducen hasta Dios Padre por medio de Cristo en el Espíritu. En medio de la grey le adoran en espíritu y en verdad (cf. Jn 4,24) ».8
En virtud del sacramento del Orden, que confiere un carácter espiritual indeleble,9 los presbíteros son consagrados, es decir, segregados « del mundo »» y entregados « al Dios viviente »», tomados « como su propiedad, para que, partiendo de Él, puedan realizar el servicio sacerdotal por el mundo »», para predicar el Evangelio, ser pastores de los fieles y celebrar el culto divino, como verdaderos sacerdotes del Nuevo Testamento (cf. Hb 5,1).10
El Sumo Pontífice Benedicto XVI, en la alocución que dirigió a los participantes en la Asamblea Plenaria de la Congregación para el Clero, afirmó que: « La dimensión misionera del presbítero nace de su configuración sacramental a Cristo Cabeza, la cual conlleva, como consecuencia, una adhesión cordial y total a lo que la tradición eclesial ha reconocido como la apostolica vivendi forma. Ésta consiste en la participación en una « vida nueva » entendida espiritualmente, en el « nuevo estilo de vida »» que inauguró el Señor Jesús y que hicieron suyo los Apóstoles. Por la imposición de las manos del Obispo y la oración consagratoria de la Iglesia, los candidatos se convierten en hombres nuevos, llegan a ser « presbíteros »». A esta luz, es evidente que los tria muñera son en primer lugar un don y sólo como consecuencia un oficio; son ante todo participación en una vida, y por ello una potestas ».11
El decreto Presbyterorum Ordinis, sobre el ministerio y la vida sacerdotal, ilustra esta verdad cuando se refiere a los presbíteros ministros de la palabra de Dios, ministros de la santificación con los sacramentos y la eucaristía, y guías y educadores del pueblo de Dios. La identidad misionera del presbítero, aunque no es objeto explícito de gran desarrollo, está claramente presente en estos textos. Se subraya expresamente el deber de anunciar a todos el Evangelio de Dios siguiendo el mandato del Señor, con explícita referencia a los no creyentes y remitiendo a la fe y a los sacramentos, por medio de la proclamación del mensaje evangélico. El sacerdote, « enviado »», que participa en la misión de Cristo enviado del Padre, se encuentra implicado en una dinámica misionera, sin la cual no puede vivir verdaderamente la propia identidad.12
También en la Exhortación apostólica post-sinodal Pastores dabo vobis se afirma que, aunque insertado en una Iglesia particular, el presbítero, en virtud de su ordenación, ha recibido un don espiritual que lo prepara a una misión universal, hasta los confines de la tierra, porque « cualquier ministerio sacerdotal participa de la misma amplitud universal de la misión confiada por Cristo a los Apóstoles ».13 Por eso, la vida espiritual del sacerdote se ha de caracterizar por el fervor y el dinamismo misionero; en sintonía con el Concilio Vaticano II, se indica que los sacerdotes deben formar la comunidad que les ha sido confiada, para convertirla en una comunidad auténticamente misionera.14 La función de pastor exige que el fervor misionero se viva y comunique, porque toda la Iglesia es esencialmente misionera. De esta dimensión de la Iglesia proviene, de forma decisiva, la identidad misionera del presbítero.
Cuando se habla de misión, se ha de tener necesariamente presente que el enviado, en este caso el presbítero, se encuentra en relación tanto con quien lo envía, como con aquellos a los que es enviado. Examinando su relación con Cristo, el primer enviado del Padre, es necesario subrayar el hecho de que, teniendo en cuenta los textos del Nuevo Testamento, es el mismo Cristo quien envía y constituye a los ministros de su Iglesia, mediante el don del Espíritu Santo derramado en la ordenación sacerdotal; éstos no pueden ser considerados sencillamente elegidos o delegados de la comunidad o del pueblo sacerdotal. El envío viene de Cristo; los ministros de la Iglesia son instrumentos vivos de Cristo, único mediador.15 « El presbítero encuentra la plena verdad de su identidad en ser una derivación, participación específica y una continuación del mismo Cristo, sumo y eterno sacerdote de la Nueva Alianza; es una imagen viva y transparente de Cristo Sacerdote ».16
Tomando como punto de partida esta referencia cristológica, emerge claramente la dimensión misionera de la vida del sacerdote: Jesús ha muerto y resucitado por todos los hombres, a los que quiere reunir en un solo rebaño; Él debía morir para reunir en uno a todos los hijos de Dios que estaban dispersos (cf. Jn 11,52). Si en Adán todos mueren, en Él todos vuelven a la vida (cf. 1 Co 15,20-22), en Él Dios reconcilia consigo el mundo (cf. 2 Co 5,19), y ordena a los apóstoles predicar el Evangelio a todas las gentes. Todo el Nuevo Testamento está impregnado de la idea de la universalidad de la acción salvífica de Cristo y de su única mediación. El presbítero, configurado a Cristo profeta, sacerdote y rey, no puede dejar de tener el corazón abierto a todos los hombres y, en concreto, sobre todo a los que no conocen a Cristo y no han recibido todavía la luz de su Buena Nueva.
Por parte de los hombres, a los que la Iglesia debe anunciar el Evangelio,17 y a los que, por consiguiente, el presbítero es enviado, es necesario poner de relieve que el Concilio Vaticano II ha hablado repetidamente de la unidad de la familia humana, fundada en la creación de todos a imagen y semejanza de Dios y en la comunión de destino en Cristo: « Todos los pueblos forman una comunidad, tienen un mismo origen, puesto que Dios hizo habitar a todo el género humano sobre el haz de la tierra y tienen también el mismo fin último, que es Dios, cuya providencia, manifestación de bondad y designios de salvación se extienden a todos ».18 Esta unidad está llamada a lograr su cumbre en la recapitulación universal de Cristo (cf. Ef 1,10).19
A esta recapitulación final de todo en Cristo, que constituye la salvación de los hombres, se dirige toda la acción pastoral de la Iglesia. Al estar llamados todos los hombres a la unidad en Cristo, ninguno puede ser excluido de la solicitud del presbítero a Él configurado. Todos esperan, aunque de forma inconsciente (cf. Hch 17,23-28), la salvación que puede venir sólo de Él: esa salvación que es la inserción en el Misterio Trinitario, en la participación en su filiación divina. No se pueden realizar discriminaciones entre los hombres, los cuales tienen un mismo origen y comparten el mismo destino y la única vocación en Cristo. Establecer límites a la « caridad pastoral » del presbítero sería completamente contradictorio con su vocación, marcada por la peculiar configuración con Cristo, cabeza y pastor de la Iglesia y de todos los hombres.
Los tria munera, ejercidos por los sacerdotes en su ministerio, no se pueden concebir sin su esencial relación con la persona de Cristo y con el don del Espíritu. El presbítero está configurado a Cristo mediante el don del Espíritu recibido en la ordenación. Así como los tria muñera aparecen esencialmente entrelazados en Cristo, y no se pueden separar de ninguna manera, y los tres reciben luz de la identidad filial de Jesús, el enviado del Padre, también el ejercicio de estas tres funciones en los sacerdotes es inseparable.20
El presbítero está en relación con la persona de Cristo, y no solamente con sus funciones, que brotan y reciben pleno sentido de la persona misma del Señor. Esto significa que el sacerdote encuentra la especificidad de la propia vida y de su vocación viviendo la propia configuración personal con Cristo; siempre es un alter Christus. El sacerdote experimentará la dimensión universal, y por tanto misionera, de su identidad más profunda, siendo consciente de ser enviado por Cristo, como Él lo es por el Padre, para la salus animarum.

3. Una renovada praxis misionera de los presbíteros

La urgencia misionera actual requiere una renovada praxis pastoral. Las nuevas condiciones culturales y religiosas del mundo, con toda su diversidad, según las distintas regiones geográficas y los diversos ambientes socio-culturales, indican la necesidad de abrir nuevos caminos a la praxis misionera. Benedicto XVI, en el ya citado discurso a los obispos alemanes, afirmó: « Todos juntos debemos tratar de encontrar modos nuevos para llevar el Evangelio al mundo actual ».21

Por lo que se refiere a la participación de los presbíteros en esta misión, recordemos la esencia misionera de la misma identidad presbiteral, de todos y cada uno de los presbíteros, y la historia de la Iglesia, que muestra el papel insustituible de los presbíteros en la actividad misionera. Cuando se trata de la evangelización misionera dentro de la Iglesia ya establecida, que se dirige a los bautizados « que se han alejado » y a todos aquellos que, en las parroquias y en las diócesis, poco o nada conocen de Jesucristo, este papel insustituible de los presbíteros se muestra de manera todavía más evidente.
En las comunidades particulares, en las parroquias, el ministerio de los presbíteros manifiesta la Iglesia como acontecimiento transformador y redentor, que se hace presente en la cotidianidad de la sociedad. Allí, ellos predican la Palabra de Dios, evangelizan, catequizan, exponiendo íntegra y fielmente la sagrada doctrina; ayudan a los fieles a leer y a comprender la Biblia; reúnen al Pueblo de Dios para celebrar la Eucaristía y los demás sacramentos; promueven otras formas de oración comunitaria y devocional; reciben a quien busca apoyo, consuelo, luz, fe, reconciliación y acercamiento a Dios; convocan y presiden encuentros de la comunidad para estudiar, elaborar y poner en práctica los planes pastorales; orientan y estimulan a la comunidad en el ejercicio de la caridad hacia los pobres en el espíritu y en las condiciones económicas; promueven la justicia social, los derechos humanos, la igual dignidad de todos los hombres, la auténtica libertad, la colaboración fraterna y la paz, según los principios de la doctrina social de la Iglesia. Son ellos quienes, como colaboradores de los Obispos, tienen la responsabilidad pastoral inmediata.

3.1. El misionero debe ser discípulo
El Evangelio mismo muestra que el ser misionero requiere ser discípulo. El texto de Marcos afirma que « [Jesús] subió al monte y llamó a los que Él quiso y vinieron junto a Él. Instituyó Doce [...] para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar con poder de expulsar los demonios » (Mc 3,13-15). «Llamó a los que Él quiso » y « para que estuvieran con Él »: ¡He aquí el discipulado! Estos discípulos serán enviados a predicar y a expulsar los demonios: !He aquí los misioneros!

En el Evangelio de Juan encontramos la llamada (« Venid y lo veréis »: Jn 1,39) de los primeros discípulos, su encuentro con Jesús y su primer ímpetu misionero, cuando van y llaman a otros, les anuncian el Mesías encontrado y reconocido, y los conducen a Jesús, que sigue llamando aún a ser sus discípulos (cf. Jn 1,35-51).
En el itinerario del discipulado, todo inicia con la llamada del Señor. La iniciativa es siempre suya. Esto indica que la llamada es una gracia, que debe ser libre y humildemente acogida y custodiada, con la ayuda del Espíritu Santo. Dios nos ha amado el primero. Es el primado de la gracia. A la llamada sigue el encuentro con Jesús para escuchar su palabra y realizar la experiencia de su amor por cada uno y por toda la humanidad. Él nos llama y nos revela al verdadero Dios, Uno y Trino, que es amor. En el Evangelio se muestra cómo en este encuentro el Espíritu de Jesús transforma a quien tiene el corazón abierto.
En efecto, quien encuentra a Jesús experimenta un profundo compromiso con su persona y con su misión en el mundo, cree en Él, siente su amor, se adhiere a Él, decide seguirlo incondicionalmente dondequiera que lo lleve, le entrega toda su vida y, si es necesario, acepta morir por Él. Sale de este encuentro con el corazón alegre y entusiasta, fascinado por el misterio de Jesús, y se lanza a anunciarlo a todos. Así, el discípulo se hace semejante al Maestro, enviado por Él y sostenido por el Espíritu Santo.
La petición de hoy es la misma que hicieron algunos griegos que estaban en Jerusalén cuando Jesús hizo su ingreso mesiánico en la ciudad. Ellos decían: « Queremos ver a Jesús » (Jn 12,21). También nosotros hacemos hoy esta pregunta. ¿Dónde y cómo podemos encontrar a Jesús, después de su regreso al Padre, hoy, en el tiempo de la Iglesia?
El Papa Juan Pablo II, de venerada memoria, ha insistido mucho en la necesidad del encuentro con Jesús para todos los cristianos, con el fin de que puedan reemprender el camino desde Él, para anunciarlo a la humanidad actual. Al mismo tiempo, ha indicado algunos lugares privilegiados en los que es posible encontrar a Jesús, hoy. El primer lugar, decía el Papa, es « la Sagrada Escritura leída a la luz de la Tradición, de los Padres y del Magisterio, profundizada a través de la meditación y la oración » o sea, la así llamada lectio divina, lectura orante de la Biblia. Un segundo lugar, decía el Papa, es la Liturgia, son los Sacramentos,

de forma muy especial la Eucaristía. En la narración de la aparición del Resucitado a los discípulos de Emaús, encontramos íntimamente unidas la Sagrada Escritura y la Eucaristía, como lugares de encuentro con Cristo. Un tercer lugar nos lo indica el texto evangélico de Mateo sobre el juicio final, en el que Jesús se identifica con los pobres (cf. Mt 25,31-46).22
Otro modo fundamental e inestimable para encontrar a Jesucristo es la oración, tanto personal como comunitaria, la oración ante al Santísimo Sacramento y el rezo fiel de la Liturgia de las Horas. También la misma contemplación de la creación puede ser un lugar de encuentro con Dios.
Cada cristiano ha de ser llevado ante Jesucristo para tener, renovar y profundizar constantemente un encuentro intenso, personal y comunitario, con el Señor. De este encuentro nace y renace el discípulo. Del discípulo nace el misionero. Y si esto vale para todo cristiano, mucho más aún para el presbítero.23
Por otra parte, el discípulo y misionero es siempre miembro de una comunidad de discípulos y misioneros, que es la Iglesia. Jesús ha venido al mundo y ha entregado su vida en la cruz « para reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos » (Jn 11,52). El Concilio Vaticano II enseña que « fue voluntad de Dios santificar y salvar a los hombres, no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo, que le confesara en verdad y le sirviera santamente ».24 Jesús con su grupo de discípulos, de forma especial con los Doce, da inicio a esta comunidad nueva, que reúne a los hijos de Dios dispersos, es decir, la Iglesia. Después de su regreso al Padre, los primeros cristianos viven en comunidad, bajo la guía de los Apóstoles, y cada discípulo participa en la vida comunitaria y en el encuentro de los hermanos, sobre todo en el partir el pan eucarístico. Es en la Iglesia, y partiendo de la efectiva comunión con la Iglesia misma, donde se vive y nos realizamos como discípulos y misioneros.

3.2. La misión ad gentes
Toda la Iglesia es misionera por su naturaleza. Esta enseñanza del Concilio Vaticano II se refleja también en la identidad y en la vida de los presbíteros: « El don espiritual que los presbíteros han recibido en la ordenación no los prepara a una misión limitada y restringida, sino a la misión universal y amplísima de salvación « hasta los confines de la tierra » (Hch 1,8) [...]. Recuerden, pues, los presbíteros que deben llevar atravesada en su corazón la solicitud por todas las Iglesias ».25
Los presbíteros pueden participar en la misión ad gentes de muchas y variadas formas, incluso sin ir a tierras de misión. También a ellos, sin embargo, Cristo puede conceder la gracia especial de ser llamados por Él, y enviados por los respectivos obispos o superiores mayores a ir en misión a las regiones del mundo donde Él todavía no ha sido anunciado y la Iglesia todavía no se ha establecido, es decir, ad gentes, como también allí donde hay escasez de clero. En el ámbito del clero diocesano pensamos, por ejemplo, en los sacerdotes Fidei donum.
Los horizontes de la misión ad gentes se amplían y requieren un renovado fervor en la actividad misionera. Se invita a los presbíteros a escuchar el soplo del Espíritu, verdadero protagonista de la misión, y a compartir esta preocupación por la Iglesia universal.26

3.3. La evangelización misionera
En la primera parte de este texto se ha señalado la necesidad y la urgencia de una nueva evangelización misionera en la grey misma de la Iglesia, es decir, entre quienes han sido bautizados.
En efecto, una buena parte de nuestros católicos bautizados no participa ordinariamente, o a veces en absoluto, en la vida de nuestras comunidades eclesiales. Y esto, no sólo porque otros modelos les parecen más atractivos o porque deciden conscientemente rechazar la fe, sino, cada vez con más frecuencia, porque no han sido suficientemente evangelizados o porque no han encontrado a nadie que les haya dado testimonio de la belleza de la vida cristiana auténtica. Nadie los ha guiado hacia un encuentro vivo y personal, y también comunitario, con el Señor. Un encuentro que marque su vida y la transforme, un encuentro por el que se comienza a ser verdaderos discípulos de Cristo.
Esto muestra la necesidad de la misión: debemos ir a buscar a nuestros bautizados y también a los no bautizados, para anunciarles, de nuevo o por vez primera, el kerigma, es decir, el primer anuncio de la persona de Jesucristo, muerto en la cruz y resucitado para nuestra salvación, y su Reino, y así conducirlos a un encuentro personal con Él.
Tal vez alguno se pregunte si acaso el hombre y la mujer de la cultura post-moderna, de las sociedades más avanzadas, sabrán todavía abrirse al kerigma cristiano. La respuesta debe ser positiva. El kerigma puede ser comprendido y acogido por cualquier ser humano, en cualquier tiempo o cultura. También los ambientes más intelectuales, o los más sencillos, pueden ser evangelizados. Debemos, pues, creer que también los llamados post-cristianos pueden ser atraídos de nuevo por la persona de Cristo.
El futuro de la Iglesia depende también de nuestra docilidad a ser concretamente misioneros entre nuestros mismos bautizados. 27 En realidad, del acontecimiento salvífico del Bautismo se deriva el derecho y el deber de los sagrados pastores de evangelizar a los bautizados, como acto debido en justicia.28
Ciertamente, cada Iglesia particular de todas las naciones y continentes debe encontrar el camino para llegar, en un decidido y eficaz compromiso de misión evangelizadora, a los propios católicos que, por motivos diversos, no viven su pertenencia a la comunidad eclesial. En esta obra de evangelización misionera, los presbíteros tienen un papel insustituible e inestimable, sobre todo para la misión en la grey de la parroquia que les ha sido confiada. En la parroquia, los presbíteros tendrán necesidad de convocar a los miembros de la comunidad, consagrados y laicos, para prepararlos adecuadamente y enviarlos en misión evangelizadora a las personas, a las familias, incluso mediante visitas a domicilio, y a todos los ambientes sociales, que se encuentren en el territorio. El párroco, en primera persona, debe participar en la misión parroquial.
En sintonía con la enseñanza conciliar, y conscientes de la advertencia del Señor — « que todos sean uno [...] para que el mundo crea que Tú me has enviado » (Jn 17,21) —, es de primaria importancia para una renovada praxis misionera que los presbíteros reaviven su conciencia de ser colaboradores de los Obispos. En realidad, son enviados por sus Obispos a servir la comunidad cristiana. Por eso, la unidad con el Obispo, que estará efectiva y afectivamente unido al Sumo Pontífice, constituye la primera garantía de toda acción misionera.

Podemos señalar algunas indicaciones concretas, para una renovada praxis misionera, en el ámbito de los tria muñera:

En el ámbito del munus docendi

1. En primer lugar
, para ser un verdadero misionero en el interior de la grey misma de la Iglesia, dadas las exigencias actuales, es esencial e indispensable que el presbítero se decida, muy conscientemente y con determinación, no sólo a acoger y evangelizar a quienes lo buscan, sea en la parroquia u otras partes, sino también a « levantarse e ir » en busca sobre todo de los bautizados que, por motivos diversos, no viven su pertenencia a la comunidad eclesial, paro también de quienes poco o nada conocen a Jesucristo.
Los presbíteros que ejercen el ministerio en las parroquias han de sentirse llamados, en primer lugar, a ir a la gente que vive en el territorio parroquial, valorando sabiamente también las formas tradicionales de encuentro, como la bendición de las familias, que tantos frutos ha producido. Aquellos que, entre los presbíteros, están llamados a la misión ad gentes, vean en esto una gracia muy especial del Señor y vayan alegres y sin temor. El Señor los acompañará siempre.

2. Para una evangelización misionera dentro de la grey católica, en primer lugar en las parroquias, es necesario invitar, formar y enviar también a fieles laicos y religiosos. Naturalmente, los presbíteros en la parroquia son los primeros misioneros yendo en busca de las personas en las casas, en cualquier lugar y ambiente social; sin embargo, también los laicos y los religiosos están llamados por el Señor, por su Bautismo y su Confirmación, a participar en la misión, bajo la guía del pastor local.
Culturalmente hablando, es necesario tomar conciencia del hecho de que el ejercicio de la « caridad pastoral »29 respecto a los fieles impone no dejarlos indefensos (es decir, privados de capacidad crítica) ante el adoctrinamiento que con frecuencia proviene de las escuelas, la televisión, la prensa, los sitios informáticos y, a veces, también de las cátedras universitarias y del mundo del espectáculo.

Los sacerdotes, a su vez, han de ser alentados y sostenidos por sus Obispos en esta delicada obra pastoral, sin delegar nunca totalmente a otros la catequesis directa, de tal forma que todo el pueblo cristiano sea orientado, en el actual momento multicultural, por criterios auténticamente cristianos. Es preciso distinguir entre doctrina auténtica e interpretaciones teológicas y, después, entre esas, aquellas que corresponden al Magisterio perenne de la Iglesia.

3. El anuncio específicamente misionero del Evangelio requiere que se dé un relieve central al kerigma. Este primer o renovado anuncio kerigmático de Jesucristo, muerto y resucitado, y de su Reino, tiene, sin duda, un vigor y una unción especial del Espíritu Santo, que no se puede minimizar o descuidar en el compromiso misionero. 30
Por tanto, es necesario retomar, opportune et importune, con mucha constancia, convicción y alegría evangelizadora, este primer anuncio, tanto en las homilías, durante las Santas Misas u otras actividades evangelizadoras, como en las catequesis, en las visitas domiciliares, en las plazas, en los medios de comunicación social, en los encuentros personales con nuestros bautizados que no participan en la vida de las comunidades eclesiales y, en fin, en cualquier parte donde el Espíritu nos impulse y ofrezca una oportunidad que no se debe desperdiciar. El kerigma alegre y valiente identifica una predicación misionera, que quiere llevar al oyente a un encuentro personal y comunitario con Jesucristo, inicio del camino de un verdadero discípulo.

4. Es necesario ilustrar el hecho de que la Iglesia vive de la Eucaristía, que es el centro de Ella. En la celebración eucarística se manifiesta plenamente en su identidad. En la vida y en la actuación de la Iglesia, todo lleva a la Eucaristía y todo parte de la Ella. Por tanto, también la evangelización misionera, la predicación del kerigma, todo el ejercicio del munus docendi, debe tender a la Eucaristía y llevar finalmente al oyente a la mesa eucarística. La misión misma debe partir siempre de la Eucaristía e ir hacia el mundo. « La Eucaristía no es sólo centro y culminación de la vida de la Iglesia: lo es también de su misión: una Iglesia auténticamente eucarística es una Iglesia misionera ».31

5. La evangelización de los pobres, en todas sus formas, es prioritaria, como dijo Jesús mismo: « El Espíritu del Señor está sobre mí [...] para anunciar a los pobres la Buena Nueva » (Lc 4,18). En el texto evangélico de Mateo sobre el juicio final se comprueba que Jesús quiere ser identificado de manera especial con el pobre (cf. Mt 25,31-46). La Iglesia se ha inspirado siempre en estos textos. 32

6. La Iglesia nunca impone su fe, pero siempre la propone con amor, con unción y con valentía, en el respeto de la auténtica libertad religiosa, que pide también para sí misma, y de la libertad de conciencia del oyente. Además, el método del verdadero diálogo es cada vez más indispensable: un diálogo que no excluya el anuncio, sino que más bien lo suponga y que, en definitiva, sea un camino para evangelizar.33

7. Es necesaria la preparación del misionero a través de la formación de una sólida espiritualidad y una auténtica vida de oración, además de una escucha constante de la Palabra de Dios, especialmente mediante la lectura de los Evangelios. El método de la lectio divina, es decir, de la lectura orante de la Biblia, puede resultar de gran ayuda. De todas formas, el predicador debe estar inflamado de un fuego nuevo, que se enciende y se mantiene encendido en contacto personal con el Señor, y viviendo en gracia, como podemos ver en los Evangelios. A esta escucha de la Palabra debe añadirse un estudio constante y profundo de la doctrina católica auténtica, como se encuentra, sobre todo, en el catecismo de la Iglesia católica y en la sana teología. La fraternidad sacerdotal es parte integrante de la espiritualidad misionera, y la sostiene.

En el ámbito del munus sanctificandi

1.
El ejercicio del munus sanctificandi está vinculado también a la capacidad de transmitir un sentido vivo de lo sobrenatural y de lo sagrado, que fascine y que lleve a una experiencia real de Dios, existencialmente significativa.

La Palabra de Dios forma parte de toda celebración sacramental, pues el sacramento requiere la fe de quien lo recibe. Este hecho es ya una primera indicación de que el ministerio presbiteral en la administración de los sacramentos, y de forma especial en la celebración de la Eucaristía, tiene una intrínseca dimensión misionera, que se puede desarrollar como anuncio del Señor Jesús y de su Reino, a quienes poco o hasta ahora nada han sido evangelizados.

2. Se ha de subrayar, además, que la Eucaristía es el punto de llegada de la misión. El misionero va en busca de las personas y de los pueblos para conducirlos a la mesa del Señor, preanuncio escatológico del banquete de vida eterna, en Dios, en el cielo, que será la realización plena de la salvación, según el designio redentor de Dios. Por tanto, será necesario dispensar una gran acogida, cálida y fraterna, a quienes acuden por primera vez a la Eucaristía, o vuelven a ella tras haber encontrado a los misioneros.
La Eucaristía tiene, además, una dimensión de envío misionero. Cada Santa Misa, al final, envía a todos los participantes a actuar misioneramente en la sociedad. La Eucaristía, como memorial de la Pascua del Señor, hace presente una y otra vez la muerte y resurrección de Jesucristo, que, por amor del Padre y de nosotros, ha dado la vida para nuestra redención, amándonos hasta el final. Este sacrificio de Cristo es el acto supremo de amor de Dios por los hombres.
Cuando celebra la Eucaristía y recibe dignamente el Cuerpo y la Sangre de Jesús, la comunidad cristiana está profundamente unida al Señor y colmada de su amor sin medida. Al mismo tiempo, recibe cada vez, de nuevo, el mandamiento de Jesús: « Amaos unos a otros como yo os he amado », y se siente impulsada por el Espíritu de Cristo a ir y anunciar a todas las criaturas la Buena Nueva del amor de Dios y de la esperanza, segura de su misericordia salvadora. En el decreto Presbyterorum Ordinis, el Concilio Vaticano II dice: «La Eucaristía constituye, en realidad, la fuente y culminación de toda la predicación evangélica » (n. 5). Por tanto, es fundamental la preocupación de la celebración cotidiana por parte de los Sacerdotes, incluso en ausencia de pueblo.

3. También los demás sacramentos reciben la propia fuerza santificante de la muerte y resurrección de Cristo, y así proclaman la misericordia indefectible de Dios. La misma celebración bella, digna y devota de los sacramentos, según todas las normas litúrgicas, se convierte en una evangelización muy especial para los fieles presentes. Dios es Belleza, y la belleza de la celebración litúrgica es uno de los caminos que nos conducen a su misterio.

4. Es necesario rezar para que el Señor despierte la vocación misionera de la comunidad eclesial, de sus pastores y de cada uno de sus miembros. Jesús dijo: « La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies » (Mt 9,37-38). La oración tiene una gran fuerza ante Dios. De esta fuerza, Jesús nos asegura: «Pedid y se os dará » (Mt 7,7); «Todo cuanto pidáis con fe en la oración, lo recibiréis » (Mt 21,22); « Todo lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré » (Jn 14,13-14).

5. Conviene recordar que el sacramento de la Reconciliación, en la forma de confesión individual, posee una profunda, intrínseca misionaridad. El sacerdote está llamado, para la fecundidad de la misión que se le ha confiado y para la propia santificación, a ser solícito, en primer lugar consigo mismo, en la celebración regular y frecuente de este sacramento y, al mismo tiempo, a ser su fiel y generoso ministro.

6. El ministerio pastoral del presbítero está al servicio de la unidad de la comunidad cristiana. Por eso, la regeneración del pueblo cristiano y el cuidado de la dimensión comunitaria de la experiencia cristiana son la primera tarea misionera del presbítero.

7. En conclusión, el presbítero deberá comprender mejor la naturaleza de la sed que atormenta a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, aunque a veces de modo inconsciente: sed de Dios, de experiencia y de doctrina de verdadera salvación, de anuncio de la verdad sobre el destino último personal y comunitario, de una religión cristiana que sea capaz de impregnar toda la organización de la vida y de transformarla cada día más. 34 Una sed que sólo el Señor Jesús podrá saciar definitivamente, teniendo siempre presente que « la caridad pastoral es el principio interior y dinámico capaz de unificar las múltiples y diversas actividades del presbítero ».35

En el ámbito del munus regendi

1. Es indispensable preparar y organizar la misión en las comunidades eclesiales, en las parroquias
. Una buena preparación y una organización clara de la misión serán ya señal de éxito fructífero. Obviamente, no se puede olvidar el primado de la gracia, sino que debe ser evidenciado. El Espíritu Santo es el primer agente misionero. Por eso, es necesario invocarlo con insistencia y con mucha confianza. Él será quien encienda ese fuego nuevo, esa necesaria pasión misionera en los corazones de los miembros de la comunidad. Pero se requiere el concurso de la libertad humana. Los pastores de la comunidad han de pensar, también desde el punto de vista organizativo, en los modos más incisivos y oportunos de la misión.

2. Es preciso buscar la ejecución de una buena metodología misionera. La Iglesia tiene una experiencia bimilenaria en este campo. Sin embargo, cada época histórica lleva consigo nuevas circunstancias, que se han de tener en cuenta en el modo de llevar a cabo la misión. Hay muchas metodologías ya elaboradas y probadas en la praxis de las Iglesias particulares. Las Conferencias Episcopales y las diócesis podrían impartir oportunas indicaciones sobre este punto.

3. Se ha de ir en primer lugar a los pobres de las periferias urbanas y del campo. Son ellos los destinatarios predilectos del Evangelio. Esto quiere decir que el anuncio debe ir acompañado de una acción, eficaz y amorosa, de promoción humana integral. Jesucristo debe ser proclamado como una buena noticia para los pobres. Éstos deben poder sentirse alegres y rebosantes de esperanza firme por este anuncio.36

4. Sería oportuno que la misión en la parroquia y en la diócesis no se redujera a un período determinado. La Iglesia es, por su misma naturaleza, misionera. Así, la misión debe formar parte de las dimensiones permanentes del ser y del quehacer de la Iglesia. Por tanto, la misión ha de ser permanente. Obviamente, puede haber períodos más intensos, pero la misión nunca se debería concluir o detener. Más aún, la misionaridad debe estar sólida y hondamente arraigada en la estructura misma de la actividad pastoral y de la vida de la Iglesia particular y de sus comunidades.
Esto podría conducir a una auténtica renovación, y constituiría un elemento muy valioso para fortalecer y rejuvenecer la Iglesia hoy. También es permanente la misionaridad de los propios presbíteros, los cuales, independientemente del oficio que desempeñan y de su edad, están siempre llamados a la misión hasta el último día de su existencia terrena, pues la misión está indisolublemente vinculada a la misma ordenación que han recibido.

3.4. La formación misionera de los presbíteros
Todos los presbíteros deben recibir una específica y esmerada formación misionera, dado que la Iglesia quiere comprometerse, con renovado ardor y con urgencia, en la misión ad gentes y en una evangelización misionera, dirigida a sus propios bautizados, de forma particular a quienes se han alejado de la participación en la vida y actividad de la comunidad eclesial. Esta formación debería iniciarse ya en el Seminario, sobre todo a través de la dirección espiritual y también mediante un estudio esmerado y profundo del sacramento del Orden, de tal forma que se ponga de relieve que la dinámica misionera es intrínseca al mismo sacramento.
A los presbíteros ya ordenados servirá mucho, y puede ser hasta necesaria, la formación misionera incluida en el programa de formación permanente. La conciencia de la urgencia misionera, por un lado, y de la quizás no suficiente formación y espiritualidad misioneras del presbiterio por otro, deberá indicar a todos los Obispos y Superiores mayores las medidas que se han de emprender para poner en práctica una renovada preparación a la misión y una más profunda y estimulante espiritualidad misionera en los presbíteros.
Parece que se puede constatar que uno de los principales aspectos de la misión es la toma de conciencia de su urgencia, que incluye el aspecto de la formación de los candidatos al ministerio presbiteral para una atención misionera específica.
Si bien las vocaciones están en ligero aumento en términos globales, aunque en Occidente haya una cierta inquietud, lo que es sin embargo absolutamente determinante para el futuro de la Iglesia es la formación: un sacerdote con una clara identidad específica, con una sólida formación humana, intelectual, espiritual y pastoral, suscitará más fácilmente nuevas vocaciones, porque vivirá la consagración como misión y, alegre y seguro del amor del Señor por la propia existencia sacerdotal, sabrá difundir el « buen perfume de Cristo » en su entorno y vivir cada instante el propio ministerio como « una ocasión misionera » .
Por tanto, es cada vez más urgente crear un « círculo virtuoso » entre el tiempo de la formación del seminario y el del ministerio inicial y de la formación permanente.37 Dichos momentos se deben unir entre sí sólidamente y ser absolutamente armónicos, para que en esta obra también el clero pueda ser cada vez más plenamente lo que es: una perla preciosa e indispensable, ofrecida por Cristo a la Iglesia y a toda la humanidad.

Conclusión
Si la misionaridad es un elemento constitutivo de la identidad eclesial, debemos agradecer al Señor, que renueva, también a través del Magisterio pontificio reciente, dicha clara conciencia en toda la Iglesia, y particularmente en los presbíteros.
La urgencia misionera en el mundo, en realidad, es grande y exige una renovación de la pastoral, en el sentido de que la comunidad cristiana debería concebirse como en « misión permanente », tanto adgentes, como donde la Iglesia ya está establecida, es decir, yendo en busca de aquellos que nosotros hemos bautizado y que tienen el derecho de ser evangelizados por nosotros.
Las mejores energías de la Iglesia y de los presbíteros se han empleado siempre en el anuncio del kerigma, que es la esencia de la misión que el Señor nos ha confiado. Ciertamente, esta permanente « tensión misionera » ayudará también a la identidad del presbítero, el cual, precisamente en el ejercicio misionero de los tria muñera,, encuentra el principal camino de santificación personal y, por tanto, también de su plena realización humana.
Así, pues, el compromiso real y efectivo de todos los miembros del Cuerpo eclesial (Obispos, Presbíteros, Diáconos, Religiosos, Religiosas y Laicos) en la misión favorecerá la experiencia de unidad visible, tan esencial para la eficacia de cualquier testimonio cristiano.
La identidad misionera del presbítero, para ser genuina, debe mirar incesantemente a la Santísima Virgen María que, llena de gracia, fue a llevar y a presentar al Señor al mundo, y que continúa siempre visitando a los hombres de cualquier tiempo, todavía peregrinos en la tierra, para mostrarles el rostro de Jesús de Nazaret, Señor y Cristo, y para introducirlos en la comunión eterna con Dios.

Vaticano, 29 de junio de 2010,
Solemnidad de San Pedro y San Pablo

Card. CLÁUDIO HUMMES
Arzobispo Emérito de Sao Paulo
Prefecto

 MAURO PIACENZA
Arzobispo tit. de Vittoriana
Secretario


NOTAS

1 CONC. ECUM. VAT. II, Decr. Adgentes, 2; cf. 5-6 y 9-10; Const. dogm. Lumen gentium, 8; 13; 17; 23; Decr. Christus Dominus, 6.
2 Cf. PABLO VI, Exhort. ap. Evangelii nuntiandi (8 de diciembre de 1975), 2; 4-5; 14; JUAN PABLO II, Carta Enc. Redemptoris missio (7 de diciembre de 1990), 1; ID., Carta ap. Novo millenio ineunte (6 de enero de 2001), 1; 40; 58.
3 BENEDICTO XVI, hablando a los obispos alemanes durante la Jornada Mundial de la Juventud (2005), afirmó: « Sabemos que siguen progresando el secularismo y la descristianización, que crece el relativismo. Cada vez es menor el influjo de la ética y la moral católica. Bastantes personas abandonan la Iglesia o, aunque se queden, aceptan sólo una parte de la enseñanza católica, eligiendo sólo algunos aspectos del cristianismo. Sigue siendo preocupante la situación religiosa en el Este, donde, como sabemos, la mayoría de la población está sin bautizar y no tiene contacto alguno con la Iglesia y, a menudo, no conoce en absoluto ni a Cristo ni a la Iglesia. Reconocemos en estas realidades otros tantos desafíos, y vosotros mismos, queridos hermanos en el episcopado, habéis afirmado [...]: «Nos hemos convertido en tierra de misión » [...]. Deberíamos reflexionar seriamente sobre el modo como podemos realizar hoy una verdadera evangelización, no sólo una nueva evangelización, sino con frecuencia una auténtica primera evangelización. Las personas no conocen a Dios, no conocen a Cristo. Existe un nuevo paganismo y no basta que tratemos de conservar a la comunidad creyente, aunque esto es muy importante; se impone la gran pregunta: ¿qué es realmente la vida? Creo que todos juntos debemos tratar de encontrar modos nuevos de llevar el Evangelio al mundo actual, anunciar de nuevo a Cristo y establecer la fe »» (A los obispos de Alemania en el Piussaal del Seminario de Colonia, 21 de agosto de 2005). Ante el Clero de Roma, Benedicto XVI, al inicio de su pontificado, subrayó la importancia de la Misión ciudadana, ya en curso (cf. Discurso al Clero de Roma, 13 de mayo de 2005). En su viaje a Brasil, en el mes de mayo de 2007, para inaugurar la V Conferencia General del Episcopado de América Latina y del Caribe, cuyo tema era « Discípulos y misioneros de Jesucristo, para que nuestros pueblos en El tengan vida »», el Papa alentó a los Obispos brasileños a una verdadera « misión »», dirigida a quienes, aunque bautizados por nosotros, no han sido suficientemente evangelizados por diversas circunstancias históricas (cf. Discurso a los Obispos de Brasil en la 'Catedral da Sé' en Sao Paulo, 11 de mayo de 2007).
4 Entre los textos sobre la misión, encontramos: Jn 3,14; 4,34; 5,23-24.30.37; 6,39.44.57; 7,16.18.28; 8,18.26.29.42; 9,4; 11,42; 14,24; 17,3.18; 1 Jn 4,9.14.
5 Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 690.
6 Cf. también JUAN PABLO II, Exhort. ap. postsinodal Pastores dabo vobis (25 de marzo de 1992), 22.
7 Cf. ibíd., 12: « La referencia a Cristo es la clave absolutamente necesaria para la comprensión de las realidades sacerdotales ».
8 CONC. ECUM. VAT. II, Const. dogm. Lumen gentium, 28.
9 Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1582.
10
Cf. BENEDICTO XVI, Homiía en la Santa Misa del Crisma (9 de abril de 2009); JUAN PABLO II, Exhort. Apost. postsinodal Pastores dabo vobis (25 de marzo de 1992), 12; 16.

11 BENEDICTO XVI, Discurso a los participantes en la Asamblea Plenaria de la Congregación para el Clero (16 de marzo de 2009). Ciertamente, el Bautismo es lo que hace a todos los fieles « hombres nuevos »». El sacramento del Orden, pues, si por una parte especifica y actualiza cuanto los presbíteros tienen en común con todos los bautizados, por otra, revela cuál es la naturaleza propia del sacerdocio ordenado, es decir, la de ser totalmente relativa a Cristo, Cabeza y Pastor de la Iglesia, la de servir a la nueva creación que emerge del baño bautismal: Vobis enim sum episcopus — afirma Agustín — vobiscum sum christianus.
12 Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Decr. Presbyterorum Ordinis, 4-6. Sobre los tria munera se detiene también ampliamente Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Pastores dabo vobis (25 de marzo de 1992), 26.
13 Ibíd, 32.
14 Cf. ibíd., 26; JUAN PABLO II, Carta. enc. Redemptoris missio (7 de diciembre de 1990), 67.
15 Cf. A. VANHOYE, Prétres anciens, prétre nouveau selon le Nouveau Testament, París 1980, 346.
16 JUAN PABLO II, Exhort. ap. postsinodal Pastores dabo vobis (25 de marzo de 1992), 12.
17 Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Decr. Ad gentes, 1
18 CONC. ECUM. VAT. II, Declar. Nostra aetate, 1; cf. Const. past. Gaudium et spes 24; 29; 22; 92.
19 Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. past. Gaudium et spes, 45.
20 JUAN PABLO II, Exhort. ap. postsinodal Pastores gregis (16 de octubre de 2003), 9: « En efecto, se trata de funciones relacionadas íntimamente entre sí, que se explican recíprocamente, se condicionan y se esclarecen. Precisamente por eso el Obispo, cuando enseña, al mismo tiempo santifica y gobierna el Pueblo de Dios; mientras santifica, también enseña y gobierna; cuando gobierna, enseña y santifica. San Agustín define la totalidad de este ministerio episcopal como amoris officium». Lo que aquí se dice de los obispos, se puede aplicar también, con las debidas distinciones, a los presbíteros.

21 Discurso a los obispos alemanes en el Piussaal del Seminario de Colonia (21 de agosto de 2005).
22 Cf. JUAN PABLO II, Exhort. ap. postsinodal Ecclesia in America (22 de enero de 1999), 12.
23 En su alocución con motivo de las felicitaciones navideñas a la Curta Romana (21 de diciembre de 2007), Benedicto XVI ha dicho: « Nunca se puede conocer a Cristo sólo teóricamente. Con una gran doctrina se puede saber todo sobre las sagradas Escrituras, sin haberse encontrado jamás con Él. Para conocerlo es necesario caminar juntamente con Él, tener sus mismos sentimientos, como dice la carta a los Filipenses (cf. Fp 2, 5). [...]. El encuentro con Jesucristo requiere escucha, requiere la respuesta en la oración y en la práctica de lo que Él nos dice. Conocer a Cristo es conocer a Dios; y sólo a partir de Dios comprendemos al hombre y el mundo, un mundo que de lo contrario queda como un interrogante sin sentido. Así pues, ser discípulos de Cristo es un camino de educación hacia nuestro verdadero ser, hacia la forma correcta de ser hombres ».
24 CONC. ECUM. VAT. II, Const. dogm. Lumen gentium, 9.
25 CONC. ECUM. VAT. II, Decr. Presbyterorum Ordinis, 10.
26 Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. dogm. Lumen gentium, 28; Decr. Ad gentes, 39; PABLO VI, Exhort. ap. Evangelii nuntiandi (8 de diciembre de 1975), 68; JUAN PABLO II, Carta enc. Redemptoris missio (7 de diciembre de 1990), 67.
27 El Papa Benedicto XVI estimulando a los obispos brasileños « a emprender la actividad apostólica como una verdadera misión en el ámbito del rebaño que constituye la Iglesia Católica », añadió: « En efecto, se trata de no escatimar esfuerzos en la búsqueda de los católicos que se han alejado y de los que conocen poco o nada a Jesucristo. [...]. En una palabra, se requiere una misión evangelizadora que movilice todas las fuerzas vivas de este inmenso rebaño. Mi pensamiento se dirige, por tanto, a los sacerdotes, a los religiosos, a las religiosas y a los laicos que se prodigan, muchas veces con inmensas dificultades, en favor de la difusión de la verdad evangélica. [.. ,].En este esfuerzo evangelizador, la comunidad eclesial se distingue por las iniciativas pastorales, al enviar, sobre todo a las casas de las periferias urbanas y del interior, a sus misioneros, laicos o religiosos. [.. ,].La gente pobre de las periferias urbanas o del campo necesita sentir la cercanía de la Iglesia, tanto en la ayuda para sus necesidades más urgentes, como en la defensa de sus derechos y en la promoción común de una sociedad fundada en la justicia y en la paz. Los pobres son los destinatarios privilegiados del Evangelio y el obispo, formado a imagen del buen Pastor, debe estar particularmente atento a ofrecer el bálsamo divino de la fe, sin descuidar el «pan material ». Como puse de relieve en la encíclica Deus caritas est, «la Iglesia no puede descuidar el servicio de la caridad, como no puede omitir los sacramentos y la Palabra » (Discurso a los Obispos de Brasil en la 'Catedral da Sé' en Sao Paulo, 11 de mayo de 2007).
28 Cf. Código de Derecho Canónico, cánones 229 § 1 y 757.
29 Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Decr. Presbyterorum Ordinis, 14.
30 Cf. JUAN PABLO II, Carta enc. Redemptoris missio (7 de diciembre de 1990), 44.

31 BENEDICTO XVI, Exhort. ap. Sacramentum caritatis, 84.
32 Cf. BENEDICTO XVI, Discurso a los Obispos de Brasil en la 'Catedral da Sé' en Sao Paulo (11 de mayo de 2007), 3.
33 Cf. CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Declaración Dominus Iesus (6 de agosto de 2000), 4.
34 Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. dogm. Lumen gentium, 35.
35 CONGREGACIÓN PARA EL CLERO, Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros Tota Ecclesia (31 de enero de 1994), 43.
36 Cf. BENEDICTO XVI, Carta enc. Deus caritas est (25 de diciembre de 2005), 22; ID., Discurso a los Obispos de Brasil en la 'Catedral da Sé' en Sao Paulo (11 de mayo de 2007), 3.
37 Cf. JUAN PABLO II, Carta enc. Redemptoris missio (7 de diciembre de 1990), 83.