jueves, 3 de marzo de 2011
LA IDENTIDAD MISIONERA DEL PRESBÍTERO EN LA IGLESIA COMO DIMENSIÓN INTRÍNSECA DEL EJERCICIO DE LOS TRIA MUNERA
LA IDENTIDAD MISIONERA DEL PRESBÍTERO EN LA IGLESIA COMO DIMENSIÓN INTRÍNSECA DEL EJERCICIO DE LOS TRIA MUNERA
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Carta Circular
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CONGREGATIO PRO CLERICIS
Venerables Hermanos en el Episcopado:
Con sincera gratitud, apenas terminado el Año Sacerdotal, la Congregación para el Clero ofrece — mediante los Obispos — a todo el Pueblo de Dios y en modo especial a los Sacerdotes el fruto de la Asamblea Plenaria, que se tuvo en Vaticano del 16 al 18 de marzo de 2009, sobre el tema: « La identidad misionera del Presbítero en la Iglesia como dimensión intrínseca del ejercicio de los tria muñera».
Siguiendo la trayectoria de los distintos trabajos ofrecidos en los últimos años, que van desde el « Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros» (1994), al «Directorio para el ministerio y la vida de los diáconos permanentes»» (1998); desde la Carta Circular «El Presbítero maestro de la Palabra, ministro de los sacramentos y guía de la comunidad en vista al tercer milenio cristiano »» (1999), a la Instrucción «El presbítero pastor y guía de la comunidad parroquial»» (2002), esta Carta Circular quiere llamar la atención sobre la importancia de la dimisión misionera y sobre su constitutiva unión con la identidad misma del ministro ordenado.
Ciertamente, cada Sacerdote participa de la misma vida del Señor Jesús, obra en su Persona y, consecuentemente, es un instrumento esencial de su misión de enviado del Padre para conducir a todos los hombres al conocimiento de la Verdad. El ser pastores pide que el impulso misionero sea vivido como un personal y profundo deseo de dilatación del Reino de Dios y comunicado en un permanente esfuerzo de testimonio evangélico, primer elemento de todo auténtico apostolado.
Ofrecemos la vida de cada Sacerdote y su consecuente misión — en la que vive la misma misión de la Iglesia — a la protección de la Bienaventurada Virgen María, Reina de los Apóstoles, para que mediante el fiel ejercicio del munus docendi,, el atento y devoto cumplimiento del munus sanctificandi,, y la competente guía del munus regendi,, puedan realmente hacer presente a Cristo, Único Sumo Sacerdote y Pastor de nuestras almas.
CLÁUDIO Card. HUMMES
Arzobispo emérito de Sao Paulo
Prefecto
MAURO PIACENZA
Arz. Titular de Vittoriana
Secretario
ALOCUCIÓN DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI A LOS PARTICIPANTES EN LA ASAMBLEA PLENARIA DE LA CONGREGACIÓN PARA EL CLERO
Lunes 16 de marzo de 2009
Señores cardenales;
venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio:
Me alegra poder acogeros en audiencia especial, en la víspera de mi partida hacia África, a donde iré para entregar el Instrumentum laboris de la II Asamblea especial del Sínodo para África, que tendrá lugar aquí en Roma el próximo mes de octubre. Agradezco al prefecto de la Congregación, el señor cardenal Cláudio Hummes, las amables palabras con las que ha interpretado los sentimientos de todos. Asimismo os saludo a todos vosotros, superiores, oficiales y miembros de la Congregación, y os expreso mi gratitud por todo el trabajo que lleváis a cabo al servicio de un sector tan importante en la vida de la Iglesia.
El tema que habéis elegido para esta plenaria — « La identidad misionera del presbítero en la Iglesia, como dimensión intrínseca del ejercicio de los tria munera » — permite algunas reflexiones para el trabajo de estos días y para los abundantes frutos que ciertamente traerá. Si toda la Iglesia es misionera y si todo cristiano, en virtud del Bautismo y de la Confirmación, quasi ex officio (cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 1305) recibe el mandato de profesar públicamente la fe, el sacerdocio ministerial, también desde este punto de vista, se distingue ontológicamente, y no sólo en grado, del sacerdocio bautismal, llamado también sacerdocio común. En efecto, del primero es constitutivo el mandato apostólico: « Id a todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura » (Mc 16, 15). Como sabemos, este mandato no es un simple encargo encomendado a colaboradores; sus raíces son más profundas y deben buscarse mucho más lejos.
La dimensión misionera del presbítero nace de su configuración sacramental con Cristo Cabeza, la cual conlleva, como consecuencia, una adhesión cordial y total a lo que la tradición eclesial ha reconocido como la apostolica vivendi forma. Ésta consiste en la participación en una « vida nueva » entendida espiritualmente, en el « nuevo estilo de vida » que inauguró el Señor Jesús y que hicieron suyo los Apóstoles.
Por la imposición de las manos del obispo y la oración consagra- toria de la Iglesia, los candidatos se convierten en hombres nuevos, llegan a ser «presbíteros ». A esta luz, es evidente que los tria muñera son en primer lugar un don y sólo como consecuencia un oficio; son ante todo participación en una vida, y por ello una potestas. Ciertamente, la gran tradición eclesial con razón ha desvinculado la eficacia sacramental de la situación existencial concreta del sacerdote; así se salvaguardan adecuadamente las legítimas expectativas de los fieles. Pero esta correcta precisión doctrinal no quita nada a la necesaria, más aún, indispensable tensión hacia la perfección moral, que debe existir en todo corazón auténticamente sacerdotal.
Precisamente para favorecer esta tensión de los sacerdotes hacia la perfección espiritual, de la cual depende sobre todo la eficacia de su ministerio, he decidido convocar un « Año sacerdotal » especial, que tendrá lugar desde el próximo 19 de junio hasta el 11 de junio de 2010. En efecto, se conmemora el 150° aniversario de la muerte del santo cura de Ars, Juan María Vianney, verdadero ejemplo de pastor al servicio del rebaño de Cristo. Corresponderá a vuestra Congregación, de acuerdo con los Ordinarios diocesanos y con los superiores de los institutos religiosos, promover y coordinar las diversas iniciativas espirituales y pastorales que parezcan útiles para hacer que se perciba cada vez más la importancia del papel y de la misión del sacerdote en la Iglesia y en la sociedad contemporánea.
La misión del presbítero, como muestra el tema de la plenaria, se lleva a cabo « en la Iglesia ». Esta dimensión eclesial, de comunión, jerárquica y doctrinal es absolutamente indispensable para toda auténtica misión y sólo ella garantiza su eficacia espiritual. Se debe reconocer siempre que los cuatro aspectos mencionados están íntimamente relacionados: la misión es « eclesial » porque nadie anuncia o se lleva a sí mismo, sino que, dentro y a través de su propia humanidad, todo sacerdote debe ser muy consciente de que lleva a Otro, a Dios mismo, al mundo. Dios es la única riqueza que, en definitiva, los hombres desean encontrar en un sacerdote.
La misión es « de comunión » porque se lleva a cabo en una unidad y comunión que sólo de forma secundaria tiene también aspectos relevantes de visibilidad social. Éstos, por otra parte, derivan esencialmente de la intimidad divina, de la cual el sacerdote está llamado a ser experto, para poder llevar, con humildad y confianza, las almas a él confiadas al mismo encuentro con el Señor. Por último, las dimensiones « jerárquica » y « doctrinal » sugieren reafirmar la importancia de la disciplina (el término guarda relación con « discípulo ») eclesiástica y de la formación doctrinal, y no sólo teológica, inicial y permanente.
La conciencia de los cambios sociales radicales de las últimas décadas debe mover las mejores energías eclesiales a cuidar la formación de los candidatos al ministerio. En particular, debe estimular la constante solicitud de los pastores hacia sus primeros colaboradores, tanto cultivando relaciones humanas verdaderamente paternas, como preocupándose por su formación permanente, sobre todo en el ámbito doctrinal.
La misión tiene sus raíces de modo especial en una buena formación, llevada a cabo en comunión con la Tradición eclesial ininterrumpida, sin rupturas ni tentaciones de discontinuidad. En este sentido, es importante fomentar en los sacerdotes, sobre todo en las generaciones jóvenes, una correcta recepción de los textos del concilio ecuménico Vaticano II, interpretados a la luz de todo el patrimonio doctrinal de la Iglesia. También es urgente la recuperación de la convicción que impulsa a los sacerdotes a estar presentes, identificables y reconocibles tanto por el juicio de fe como por las virtudes personales, e incluso por el vestido, en los ámbitos de la cultura y de la caridad, desde siempre en el corazón de la misión de la Iglesia.
Como Iglesia y como sacerdotes anunciamos a Jesús de Nazaret, Señor y Cristo, crucificado y resucitado, Soberano del tiempo y de la historia, con la alegre certeza de que esta verdad coincide con las expectativas más profundas del corazón humano. En el misterio de la encarnación del Verbo, es decir, en el hecho de que Dios se hizo hombre como nosotros, está tanto el contenido como el método del anuncio cristiano. La misión tiene su verdadero centro propulsor precisamente en Jesucristo.
La centralidad de Cristo trae consigo la valoración correcta del sacerdocio ministerial, sin el cual no existiría la Eucaristía ni, por tanto, la misión y la Iglesia misma. En este sentido, es necesario vigilar para
que las « nuevas estructuras » u organizaciones pastorales no estén pensadas para un tiempo en el que se debería « prescindir » del ministerio ordenado, partiendo de una interpretación errónea de la debida promoción de los laicos, porque en tal caso se pondrían los presupuestos para la ulterior disolución del sacerdocio ministerial y las presuntas « soluciones » coincidirían dramáticamente con las causas reales de los problemas actuales relacionados con el ministerio.
Estoy seguro de que en estos días el trabajo de la asamblea plenaria, bajo la protección de la Mater Ecclesiae, podrá profundizar estos breves puntos de reflexión que me permito someter a la atención de los señores cardenales y de los arzobispos y obispos, invocando sobre todos la copiosa abundancia de los dones celestiales, en prenda de los cuales os imparto a vosotros y a vuestros seres queridos una especial y afectuosa bendición apostólica.
CONGREGATIO PRO CLERICIS
LA IDENTIDAD MISIONERA DEL PRESBÍTERO EN LA IGLESIA,
COMO DIMENSIÓN INTRÍNSECA DEL EJERCICIO DE LOS TRIA MUNERA
Carta Circular
Introducción
Ecclesia peregrinans natura sua missionaria est.
« La Iglesia peregrinante es, por su naturaleza, misionera puesto que toma su origen de la misión del Hijo y de la misión del Espíritu Santo, según el designio de Dios Padre ».1
El Concilio Ecuménico Vaticano II, en la línea de la ininterrumpida Tradición, es muy explícito al afirmar la misionaridad intrínseca de la Iglesia. La Iglesia no existe por sí misma y para sí misma: tiene su origen en las misiones del Hijo y del Espíritu; la Iglesia está llamada, por su naturaleza, a salir de sí misma en un movimiento hacia el mundo, para ser signo del Emmanuel, del Verbo hecho carne, del Dios-con-nosotros.
La misionaridad, desde el punto de vista teológico, está comprendida en cada una de las notas de la Iglesia y está particularmente representada tanto por la catolicidad como por la apostolicidad. ¿Cómo cumplir fielmente con la función de ser apóstoles, testigos fieles del Señor, anunciadores de la Palabra y administradores auténticos y humildes de la gracia, si no a través de la misión, entendida como verdadero y propio factor constitutivo del ser Iglesia?
La misión de la Iglesia, además, es la misión que ella ha recibido de Jesucristo con el don del Espíritu Santo. Es única, y ha sido confiada a todos los miembros del pueblo de Dios, que han sido hechos partícipes del sacerdocio de Cristo mediante los sacramentos de la iniciación, con el fin de ofrecer a Dios un sacrificio espiritual y testimoniar a Cristo ante los hombres. Esta misión se extiende a todos los hombres, a todas las culturas, a todos los lugares y a todos los tiempos. A una única misión corresponde un único sacerdocio: el de Cristo, del que participan todos los miembros del pueblo de Dios, aunque de forma diversa y no sólo por el grado.
En dicha misión, los presbíteros, en cuanto son los colaboradores más inmediatos de los Obispos, sucesores de los Apóstoles, conservan ciertamente un papel central y absolutamente insustituible, que les ha sido confiado por la providencia de Dios.
1. Conciencia eclesial de la necesidad de un renovado compromiso misionero
La misionaridad intrínseca de la Iglesia se funda dinámicamente en las misiones trinitarias mismas. Por su naturaleza, la Iglesia está llamada a anunciar la persona de Jesucristo muerto y resucitado, a dirigirse a toda la humanidad, según el mandato recibido del mismo Señor: « Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación » (Mc 16,15); «Como el Padre me envió, también os envío yo » Jn 20,21). En la misma vocación de San Pablo, hay un envío: «Va, porque yo te enviaré lejos, a los gentiles » (Hch 22,21).
Para realizar esta misión, la Iglesia recibe el Espíritu Santo, enviado por el Padre y por el Hijo en Pentecostés. El Espíritu que descendió sobre los Apóstoles es el Espíritu de Jesús: hace repetir los gestos de Jesús, anunciar la Palabra de Jesús (cf. Hch 4,30), recitar de nuevo la oración de Jesús (cf. Hch 7,59s.; Lc 23,34.46), perpetuar, en la fracción del pan, la acción de gracias y el sacrificio de Jesús y conserva la unidad entre los hermanos (cf. Hch 2,42; 4,32). El Espíritu confirma y manifiesta la comunión de los discípulos como nueva creación, como comunidad de salvación escatológica y los envía en misión: « Seréis mis testigos [...] hasta los confines de la tierra » (Hch 1,8). El Espíritu Santo impulsa la Iglesia naciente a la misión en todo el mundo, demostrando de esta forma que Él ha sido derramado sobre « todo mortal » (cf. Hch 2,17).
Hoy, ante las nuevas condiciones de la presencia y de la actividad de la Iglesia en el panorama mundial, se renueva la urgencia misionera, no sólo adgentes, sino en la grey misma, ya constituida, de la Iglesia.
Durante las últimas décadas, el Magisterio Pontificio ha expresado autorizadamente, con tonos cada vez más fuertes y firmes, la urgencia de un renovado compromiso misionero. Baste pensar en Evangelii nuntiandi de Pablo VI, o en Redemptoris missio y en Novo milennio ineunte de Juan Pablo II,2 hasta llegar a las numeras intervenciones de Benedicto XVI.3
No es menor la preocupación del Papa Benedicto XVI por la misión ad gentes, como lo demuestra su constante solicitud. Se ha de subrayar y alentar cada vez más la presencia, aún hoy, de muchos misioneros enviados ad gentes. Naturalmente no son suficientes. Además, se va delineando un fenómeno nuevo: misioneros africanos y asiáticos que ayudan a la Iglesia, por ejemplo, en Europa.
Es necesario alegrarse también, y dar gracias a Dios, por tantos nuevos Movimientos y Comunidades eclesiales, incluso laicales, que viven la misionaridad, tanto en la propia región — entre los católicos que, por diversos motivos, no viven su pertenencia a la comunidad eclesial —, como ad gentes.
2. Aspectos teológico-espirituales de la misionaridad de los presbíteros
No podemos considerar el aspecto misionero de la teología y de la espiritualidad sacerdotal, sin explicitar la relación con el misterio de Cristo. Como se ha destacado en el n. 1, la Iglesia encuentra su fundamento en las misiones de Cristo y del Espíritu Santo: así cada « misión » y la dimensión misionera de la Iglesia misma, intrínseca a su naturaleza, se fundamentan en la participación en la misión divina. El Señor Jesús es, por antonomasia, el enviado del Padre. Con intensidad mayor o menor, todos los escritos del Nuevo Testamento ofrecen este testimonio.
En el Evangelio de Lucas, Jesús se presenta como aquel que, consagrado con la unción del Espíritu, ha sido enviado a anunciar a los pobres la Buena Nueva (cf. Lc 4,18; Is 61,1-2). En los tres Evangelios sinópticos, Jesús se identifica con el Hijo amado que, en la parábola de los viñadores homicidas, es enviado por el dueño de la viña al final, después de los siervos (cf. Mc 12,1-12; Mt 21,33-46; Lc 20,919); en otros momentos habla de la propia condición de enviado (cf. Mt 15,24). También aparece en Pablo la idea de la misión de Cristo por parte de Dios Padre (cf. Ga 4,4; Rm 8,3).
Pero es sobre todo en los textos de Juan donde aparece con mayor frecuencia la « misión » divina de Jesús.4 Ser « el enviado del Padre » pertenece ciertamente a la identidad de Jesús: Él es aquel que el Padre ha consagrado y enviado al mundo, y este hecho es expresión de su irrepetible filiación divina (cf. Jn 10,36-38). Jesús ha llevado a término la Obra salvadora, siempre como enviado del Padre y como aquel que realiza las obras de quien lo ha enviado, en obediencia a su voluntad. Solamente en el cumplimiento de esta voluntad, Jesús ha ejercido su ministerio de sacerdote, profeta y rey. Al mismo tiempo, sólo en cuanto enviado del Padre, Él envía, a su vez, a los discípulos. La misión, en todos sus diferentes aspectos, tiene su fundamento en la misión del Hijo en el mundo y en la misión del Espíritu Santo. 5
Jesús es el enviado que, a su vez, envía (cf. Jn 17,18). La « misionaridad » es, en primer lugar, una dimensión de la vida y del ministerio de Jesús y, por tanto, lo es de la Iglesia y de cada uno de los cristianos, según las exigencias de la vocación personal. Veamos cómo Él ha ejercido su ministerio salvífico, para el bien de los hombres, en las tres dimensiones, íntimamente entrelazadas, de enseñanza, santificación y gobierno; o, con otras palabras, más directamente bíblicas, de profeta y revelador del Padre, de sacerdote, de Señor, rey y pastor.
Aunque Jesús, en su proclamación del Reino y en su función de revelador del Padre, se ha sentido especialmente enviado al pueblo de Israel (cf. Mt 15,24; 10,5), no faltan episodios en su vida, en los que se abre el horizonte de universalidad de su mensaje: Jesús no excluye de la salvación a los gentiles, alaba la fe de algunos de ellos, por ejemplo la del centurión, y anuncia que los paganos llegarán de los confines del mundo, para sentarse a la mesa con los patriarcas de Israel (cf. Mt 8,1012; Lc 7,9); lo mismo dice a la mujer cananea: « Mujer, ¡grande es tu fe! Que te suceda como deseas » (Mt 15,28; cf. Mc 7,29). En continuidad con su misma misión, Jesús resucitado envía a sus discípulos a predicar el Evangelio a todas las naciones, una misión universal (cf. Jn 20,21-22; Mt 28,19-20; Mc 16,15; Hch 1,8). La revelación cristiana está destinada a todos los hombres, sin distinciones.
La revelación de Dios Padre, que Jesús trae, se fundamenta en su unión irrepetible con el Padre, en su conciencia filial; sólo partiendo de ésta puede ejercer su función de revelador (cf. Mt 11,12-27; Lc 10,21-22; Jn 18; 14,6-9; 17,3.4.6). Dar a conocer al Padre, con todo lo que este conocimiento implica, es el fin último de toda la enseñanza de Jesús. Su misión de revelador está tan arraigada en el misterio de su persona, que también en la vida eterna continuará su revelación del Padre: « Yo les he dado a conocer tu nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me has amado esté en ellos y yo en ellos » (Jn 17,26; cf. 17,24). Esta experiencia de la paternidad divina debe impulsar a los discípulos al amor hacia todos, en el cual consistirá su «perfección » (cf. Mt 5,45-48; Lc 6,35-36).
El ministerio sacerdotal de Jesús no se puede entender sin la perspectiva de la universalidad. Partiendo de los textos del Nuevo Testamento, es clara la conciencia de Jesús de su misión, que lo lleva a dar la vida por todos los hombres (cf. Mc 10,45; Mt 20,28). Jesús, que no ha pecado, se pone en el puesto de los pecadores, y se ofrece al Padre por ellos. Las palabras de la institución de la Eucaristía manifiestan la misma conciencia y la misma actitud; Jesús ofrece su vida en el sacrificio de la Nueva Alianza en favor de los hombres: « Ésta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos » (Mc 14,24; cf. Mt 26,28; Lc 22,20; 1 Co 11,24-25).
El sacerdocio de Cristo ha sido profundizado sobre todo en la Carta a los Hebreos, en la que se destaca que Él es el sacerdote eterno, que posee un sacerdocio que no se acaba (cf. Hb 7,24), es el sacerdote perfecto (cf. Hb 7,28). Ante la multiplicidad de sacerdotes y de sacrificios antiguos, Cristo se ha ofrecido a sí mismo, una sola vez y de una vez para siempre, en un sacrificio perfecto (cf. Hb 7,27; 9,12.28; 10,10; 1 P 3,18). Esta unicidad de su persona y de su sacrificio confiere también al sacrificio de Cristo un carácter único y universal; toda su persona y, en concreto, el sacrificio redentor que tiene un valor para la eternidad, lleva el sello de lo que no pasa y es insuperable. Cristo, sumo y eterno Sacerdote, en su condición de glorificado, sigue aún intercediendo por nosotros ante el Padre (cf. Jn 14,16; Rm 8,32; Hb 7,25; 9,24, 10,12; 1 Jn 2,1).
Jesús, enviado por el Padre, aparece también como Señor en el Nuevo Testamento (cf. Hch 2,36). El acontecimiento de la resurrección hace reconocer a los cristianos el señorío de Cristo. En las primeras confesiones de fe aparece este título fundamental relacionado con la resurrección (cf. Rm 10,9). No falta la referencia a Dios Padre en muchos de los textos que nos hablan de Jesús como Señor (cf. F¿p 2,11). Por otra parte, Jesús, que ha anunciado el Reino de Dios, especialmente vinculado a su persona, es rey, como él mismo dice en el Evangelio de Juan (cf. Jn 18,33-37).Y también al final de los tiempos, « cuando entregue a Dios Padre el Reino, después de haber destruido todo Principado, Dominación y Potestad » (1 Co 15,24).
Naturalmente, el dominio de Cristo tiene poco que ver con el dominio de los grandes de este mundo (cf. Lc 22,25-27; Mt 20,25-27; Mc 10,42-45), porque, como Él mismo afirma, su reino no es de este mundo (cf. Jn 18,36). Por eso, el dominio de Cristo es el del buen pastor, que conoce todas sus ovejas, que ofrece la vida por ellas y que quiere reunirlas a todas en un solo rebaño (cf. Jn 10,14-16). También la parábola de la oveja perdida habla, indirectamente, de Jesús, buen pastor (cf. Mt 18,12-14; Lc 15,4-7). Jesús es, además, el « pastor supremo »(1 P 5,4).
En Jesús se realiza, de forma eminente, todo lo que la tradición del Antiguo Testamento había dicho sobre Dios, pastor del pueblo de Israel: « Las apacentaré en buenos pastos y su majada estará en los montes de la excelsa Israel [...]. Yo mismo conduciré mis ovejas y yo las llevaré a reposar, oráculo del Señor Yahvé. Buscaré la oveja perdida, tornaré a la descarriada, curaré a la herida, confortaré a la enferma; pero a la que está gorda y robusta la exterminaré; las pastorearé con justicia » (Ez 34,14-16). Y más adelante: «Yo suscitaré para ponérselo al frente un solo pastor que las apacentará, mi siervo David. Él las apacentará y será su pastor. Yo, Yahvé, seré su Dios. » (Ez 34,23-24; cf. Jr 23,1-4; Za 11,15-17; Sal 23,1-6).6
Sólo partiendo de Cristo tiene sentido la reflexión tradicional sobre los tria muñera que configuran el sagrado ministerio de los Sacerdotes. No podemos olvidar que Jesús se considera presente en sus enviados: « Quien acoja al que yo envío, me acoge a mí, y quien me acoja a mí, acoge a aquel que me ha enviado » (Jn 13,20; cf. también Mt 10,40; Lc 10,16). Hay una serie de « misiones », que encuentran su origen en el misterio mismo del Dios Uno y Trino, que quiere que todos los hombres sean partícipes de su vida. El arraigo trinitario, cristológico7 y eclesiológico del ministerio de los Sacerdotes es el fundamento de la identidad misionera. La voluntad salvífica universal de Dios, la unicidad y la necesidad de la mediación de Cristo (cf. 1 Tm 2,4-7; 4,10) no permiten trazar fronteras a la obra de evangelización y de santificación de la Iglesia. Toda la economía de la salvación tiene su origen en el designio del Padre de recapitular todo en Cristo (cf. Ef 1,3-10) y en la realización de este designio, que tendrá su cumplimiento final con la venida del Señor en la gloria.
El Concilio Vaticano II alude claramente al ejercicio de los tria muñera de Cristo, por parte de los presbíteros, como colaboradores del orden episcopal: « Participando, en el grado propio de su ministerio del oficio único Mediador, que es Cristo (cf. 1 Tm 2,5), anuncian a todos la divina palabra. Pero su oficio sagrado lo ejercitan, sobre todo, en el culto o asamblea eucarística, donde, representando la persona de Cristo, y proclamando su misterio, unen las oraciones de los fieles al sacrificio de su Cabeza y hacen presente y aplican en el sacrificio de la Misa, hasta la venida del Señor (cf. 1 Co 11,26), el único Sacrificio del Nuevo Testamento, a saber, el de Cristo que se ofrece a sí mismo al Padre, una vez por todas, como hostia inmaculada (cf. Hb 9,14-28). [...]. Ejerciendo, en la medida de su autoridad, el oficio de Cristo, Pastor y Cabeza, reúnen la familia de Dios como una fraternidad, animada con espíritu de unidad y la conducen hasta Dios Padre por medio de Cristo en el Espíritu. En medio de la grey le adoran en espíritu y en verdad (cf. Jn 4,24) ».8
En virtud del sacramento del Orden, que confiere un carácter espiritual indeleble,9 los presbíteros son consagrados, es decir, segregados « del mundo »» y entregados « al Dios viviente »», tomados « como su propiedad, para que, partiendo de Él, puedan realizar el servicio sacerdotal por el mundo »», para predicar el Evangelio, ser pastores de los fieles y celebrar el culto divino, como verdaderos sacerdotes del Nuevo Testamento (cf. Hb 5,1).10
El Sumo Pontífice Benedicto XVI, en la alocución que dirigió a los participantes en la Asamblea Plenaria de la Congregación para el Clero, afirmó que: « La dimensión misionera del presbítero nace de su configuración sacramental a Cristo Cabeza, la cual conlleva, como consecuencia, una adhesión cordial y total a lo que la tradición eclesial ha reconocido como la apostolica vivendi forma. Ésta consiste en la participación en una « vida nueva » entendida espiritualmente, en el « nuevo estilo de vida »» que inauguró el Señor Jesús y que hicieron suyo los Apóstoles. Por la imposición de las manos del Obispo y la oración consagratoria de la Iglesia, los candidatos se convierten en hombres nuevos, llegan a ser « presbíteros »». A esta luz, es evidente que los tria muñera son en primer lugar un don y sólo como consecuencia un oficio; son ante todo participación en una vida, y por ello una potestas ».11
El decreto Presbyterorum Ordinis, sobre el ministerio y la vida sacerdotal, ilustra esta verdad cuando se refiere a los presbíteros ministros de la palabra de Dios, ministros de la santificación con los sacramentos y la eucaristía, y guías y educadores del pueblo de Dios. La identidad misionera del presbítero, aunque no es objeto explícito de gran desarrollo, está claramente presente en estos textos. Se subraya expresamente el deber de anunciar a todos el Evangelio de Dios siguiendo el mandato del Señor, con explícita referencia a los no creyentes y remitiendo a la fe y a los sacramentos, por medio de la proclamación del mensaje evangélico. El sacerdote, « enviado »», que participa en la misión de Cristo enviado del Padre, se encuentra implicado en una dinámica misionera, sin la cual no puede vivir verdaderamente la propia identidad.12
También en la Exhortación apostólica post-sinodal Pastores dabo vobis se afirma que, aunque insertado en una Iglesia particular, el presbítero, en virtud de su ordenación, ha recibido un don espiritual que lo prepara a una misión universal, hasta los confines de la tierra, porque « cualquier ministerio sacerdotal participa de la misma amplitud universal de la misión confiada por Cristo a los Apóstoles ».13 Por eso, la vida espiritual del sacerdote se ha de caracterizar por el fervor y el dinamismo misionero; en sintonía con el Concilio Vaticano II, se indica que los sacerdotes deben formar la comunidad que les ha sido confiada, para convertirla en una comunidad auténticamente misionera.14 La función de pastor exige que el fervor misionero se viva y comunique, porque toda la Iglesia es esencialmente misionera. De esta dimensión de la Iglesia proviene, de forma decisiva, la identidad misionera del presbítero.
Cuando se habla de misión, se ha de tener necesariamente presente que el enviado, en este caso el presbítero, se encuentra en relación tanto con quien lo envía, como con aquellos a los que es enviado. Examinando su relación con Cristo, el primer enviado del Padre, es necesario subrayar el hecho de que, teniendo en cuenta los textos del Nuevo Testamento, es el mismo Cristo quien envía y constituye a los ministros de su Iglesia, mediante el don del Espíritu Santo derramado en la ordenación sacerdotal; éstos no pueden ser considerados sencillamente elegidos o delegados de la comunidad o del pueblo sacerdotal. El envío viene de Cristo; los ministros de la Iglesia son instrumentos vivos de Cristo, único mediador.15 « El presbítero encuentra la plena verdad de su identidad en ser una derivación, participación específica y una continuación del mismo Cristo, sumo y eterno sacerdote de la Nueva Alianza; es una imagen viva y transparente de Cristo Sacerdote ».16
Tomando como punto de partida esta referencia cristológica, emerge claramente la dimensión misionera de la vida del sacerdote: Jesús ha muerto y resucitado por todos los hombres, a los que quiere reunir en un solo rebaño; Él debía morir para reunir en uno a todos los hijos de Dios que estaban dispersos (cf. Jn 11,52). Si en Adán todos mueren, en Él todos vuelven a la vida (cf. 1 Co 15,20-22), en Él Dios reconcilia consigo el mundo (cf. 2 Co 5,19), y ordena a los apóstoles predicar el Evangelio a todas las gentes. Todo el Nuevo Testamento está impregnado de la idea de la universalidad de la acción salvífica de Cristo y de su única mediación. El presbítero, configurado a Cristo profeta, sacerdote y rey, no puede dejar de tener el corazón abierto a todos los hombres y, en concreto, sobre todo a los que no conocen a Cristo y no han recibido todavía la luz de su Buena Nueva.
Por parte de los hombres, a los que la Iglesia debe anunciar el Evangelio,17 y a los que, por consiguiente, el presbítero es enviado, es necesario poner de relieve que el Concilio Vaticano II ha hablado repetidamente de la unidad de la familia humana, fundada en la creación de todos a imagen y semejanza de Dios y en la comunión de destino en Cristo: « Todos los pueblos forman una comunidad, tienen un mismo origen, puesto que Dios hizo habitar a todo el género humano sobre el haz de la tierra y tienen también el mismo fin último, que es Dios, cuya providencia, manifestación de bondad y designios de salvación se extienden a todos ».18 Esta unidad está llamada a lograr su cumbre en la recapitulación universal de Cristo (cf. Ef 1,10).19
A esta recapitulación final de todo en Cristo, que constituye la salvación de los hombres, se dirige toda la acción pastoral de la Iglesia. Al estar llamados todos los hombres a la unidad en Cristo, ninguno puede ser excluido de la solicitud del presbítero a Él configurado. Todos esperan, aunque de forma inconsciente (cf. Hch 17,23-28), la salvación que puede venir sólo de Él: esa salvación que es la inserción en el Misterio Trinitario, en la participación en su filiación divina. No se pueden realizar discriminaciones entre los hombres, los cuales tienen un mismo origen y comparten el mismo destino y la única vocación en Cristo. Establecer límites a la « caridad pastoral » del presbítero sería completamente contradictorio con su vocación, marcada por la peculiar configuración con Cristo, cabeza y pastor de la Iglesia y de todos los hombres.
Los tria munera, ejercidos por los sacerdotes en su ministerio, no se pueden concebir sin su esencial relación con la persona de Cristo y con el don del Espíritu. El presbítero está configurado a Cristo mediante el don del Espíritu recibido en la ordenación. Así como los tria muñera aparecen esencialmente entrelazados en Cristo, y no se pueden separar de ninguna manera, y los tres reciben luz de la identidad filial de Jesús, el enviado del Padre, también el ejercicio de estas tres funciones en los sacerdotes es inseparable.20
El presbítero está en relación con la persona de Cristo, y no solamente con sus funciones, que brotan y reciben pleno sentido de la persona misma del Señor. Esto significa que el sacerdote encuentra la especificidad de la propia vida y de su vocación viviendo la propia configuración personal con Cristo; siempre es un alter Christus. El sacerdote experimentará la dimensión universal, y por tanto misionera, de su identidad más profunda, siendo consciente de ser enviado por Cristo, como Él lo es por el Padre, para la salus animarum.
3. Una renovada praxis misionera de los presbíteros
La urgencia misionera actual requiere una renovada praxis pastoral. Las nuevas condiciones culturales y religiosas del mundo, con toda su diversidad, según las distintas regiones geográficas y los diversos ambientes socio-culturales, indican la necesidad de abrir nuevos caminos a la praxis misionera. Benedicto XVI, en el ya citado discurso a los obispos alemanes, afirmó: « Todos juntos debemos tratar de encontrar modos nuevos para llevar el Evangelio al mundo actual ».21
Por lo que se refiere a la participación de los presbíteros en esta misión, recordemos la esencia misionera de la misma identidad presbiteral, de todos y cada uno de los presbíteros, y la historia de la Iglesia, que muestra el papel insustituible de los presbíteros en la actividad misionera. Cuando se trata de la evangelización misionera dentro de la Iglesia ya establecida, que se dirige a los bautizados « que se han alejado » y a todos aquellos que, en las parroquias y en las diócesis, poco o nada conocen de Jesucristo, este papel insustituible de los presbíteros se muestra de manera todavía más evidente.
En las comunidades particulares, en las parroquias, el ministerio de los presbíteros manifiesta la Iglesia como acontecimiento transformador y redentor, que se hace presente en la cotidianidad de la sociedad. Allí, ellos predican la Palabra de Dios, evangelizan, catequizan, exponiendo íntegra y fielmente la sagrada doctrina; ayudan a los fieles a leer y a comprender la Biblia; reúnen al Pueblo de Dios para celebrar la Eucaristía y los demás sacramentos; promueven otras formas de oración comunitaria y devocional; reciben a quien busca apoyo, consuelo, luz, fe, reconciliación y acercamiento a Dios; convocan y presiden encuentros de la comunidad para estudiar, elaborar y poner en práctica los planes pastorales; orientan y estimulan a la comunidad en el ejercicio de la caridad hacia los pobres en el espíritu y en las condiciones económicas; promueven la justicia social, los derechos humanos, la igual dignidad de todos los hombres, la auténtica libertad, la colaboración fraterna y la paz, según los principios de la doctrina social de la Iglesia. Son ellos quienes, como colaboradores de los Obispos, tienen la responsabilidad pastoral inmediata.
3.1. El misionero debe ser discípulo
El Evangelio mismo muestra que el ser misionero requiere ser discípulo. El texto de Marcos afirma que « [Jesús] subió al monte y llamó a los que Él quiso y vinieron junto a Él. Instituyó Doce [...] para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar con poder de expulsar los demonios » (Mc 3,13-15). «Llamó a los que Él quiso » y « para que estuvieran con Él »: ¡He aquí el discipulado! Estos discípulos serán enviados a predicar y a expulsar los demonios: !He aquí los misioneros!
En el Evangelio de Juan encontramos la llamada (« Venid y lo veréis »: Jn 1,39) de los primeros discípulos, su encuentro con Jesús y su primer ímpetu misionero, cuando van y llaman a otros, les anuncian el Mesías encontrado y reconocido, y los conducen a Jesús, que sigue llamando aún a ser sus discípulos (cf. Jn 1,35-51).
En el itinerario del discipulado, todo inicia con la llamada del Señor. La iniciativa es siempre suya. Esto indica que la llamada es una gracia, que debe ser libre y humildemente acogida y custodiada, con la ayuda del Espíritu Santo. Dios nos ha amado el primero. Es el primado de la gracia. A la llamada sigue el encuentro con Jesús para escuchar su palabra y realizar la experiencia de su amor por cada uno y por toda la humanidad. Él nos llama y nos revela al verdadero Dios, Uno y Trino, que es amor. En el Evangelio se muestra cómo en este encuentro el Espíritu de Jesús transforma a quien tiene el corazón abierto.
En efecto, quien encuentra a Jesús experimenta un profundo compromiso con su persona y con su misión en el mundo, cree en Él, siente su amor, se adhiere a Él, decide seguirlo incondicionalmente dondequiera que lo lleve, le entrega toda su vida y, si es necesario, acepta morir por Él. Sale de este encuentro con el corazón alegre y entusiasta, fascinado por el misterio de Jesús, y se lanza a anunciarlo a todos. Así, el discípulo se hace semejante al Maestro, enviado por Él y sostenido por el Espíritu Santo.
La petición de hoy es la misma que hicieron algunos griegos que estaban en Jerusalén cuando Jesús hizo su ingreso mesiánico en la ciudad. Ellos decían: « Queremos ver a Jesús » (Jn 12,21). También nosotros hacemos hoy esta pregunta. ¿Dónde y cómo podemos encontrar a Jesús, después de su regreso al Padre, hoy, en el tiempo de la Iglesia?
El Papa Juan Pablo II, de venerada memoria, ha insistido mucho en la necesidad del encuentro con Jesús para todos los cristianos, con el fin de que puedan reemprender el camino desde Él, para anunciarlo a la humanidad actual. Al mismo tiempo, ha indicado algunos lugares privilegiados en los que es posible encontrar a Jesús, hoy. El primer lugar, decía el Papa, es « la Sagrada Escritura leída a la luz de la Tradición, de los Padres y del Magisterio, profundizada a través de la meditación y la oración » o sea, la así llamada lectio divina, lectura orante de la Biblia. Un segundo lugar, decía el Papa, es la Liturgia, son los Sacramentos,
de forma muy especial la Eucaristía. En la narración de la aparición del Resucitado a los discípulos de Emaús, encontramos íntimamente unidas la Sagrada Escritura y la Eucaristía, como lugares de encuentro con Cristo. Un tercer lugar nos lo indica el texto evangélico de Mateo sobre el juicio final, en el que Jesús se identifica con los pobres (cf. Mt 25,31-46).22
Otro modo fundamental e inestimable para encontrar a Jesucristo es la oración, tanto personal como comunitaria, la oración ante al Santísimo Sacramento y el rezo fiel de la Liturgia de las Horas. También la misma contemplación de la creación puede ser un lugar de encuentro con Dios.
Cada cristiano ha de ser llevado ante Jesucristo para tener, renovar y profundizar constantemente un encuentro intenso, personal y comunitario, con el Señor. De este encuentro nace y renace el discípulo. Del discípulo nace el misionero. Y si esto vale para todo cristiano, mucho más aún para el presbítero.23
Por otra parte, el discípulo y misionero es siempre miembro de una comunidad de discípulos y misioneros, que es la Iglesia. Jesús ha venido al mundo y ha entregado su vida en la cruz « para reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos » (Jn 11,52). El Concilio Vaticano II enseña que « fue voluntad de Dios santificar y salvar a los hombres, no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo, que le confesara en verdad y le sirviera santamente ».24 Jesús con su grupo de discípulos, de forma especial con los Doce, da inicio a esta comunidad nueva, que reúne a los hijos de Dios dispersos, es decir, la Iglesia. Después de su regreso al Padre, los primeros cristianos viven en comunidad, bajo la guía de los Apóstoles, y cada discípulo participa en la vida comunitaria y en el encuentro de los hermanos, sobre todo en el partir el pan eucarístico. Es en la Iglesia, y partiendo de la efectiva comunión con la Iglesia misma, donde se vive y nos realizamos como discípulos y misioneros.
3.2. La misión ad gentes
Toda la Iglesia es misionera por su naturaleza. Esta enseñanza del Concilio Vaticano II se refleja también en la identidad y en la vida de los presbíteros: « El don espiritual que los presbíteros han recibido en la ordenación no los prepara a una misión limitada y restringida, sino a la misión universal y amplísima de salvación « hasta los confines de la tierra » (Hch 1,8) [...]. Recuerden, pues, los presbíteros que deben llevar atravesada en su corazón la solicitud por todas las Iglesias ».25
Los presbíteros pueden participar en la misión ad gentes de muchas y variadas formas, incluso sin ir a tierras de misión. También a ellos, sin embargo, Cristo puede conceder la gracia especial de ser llamados por Él, y enviados por los respectivos obispos o superiores mayores a ir en misión a las regiones del mundo donde Él todavía no ha sido anunciado y la Iglesia todavía no se ha establecido, es decir, ad gentes, como también allí donde hay escasez de clero. En el ámbito del clero diocesano pensamos, por ejemplo, en los sacerdotes Fidei donum.
Los horizontes de la misión ad gentes se amplían y requieren un renovado fervor en la actividad misionera. Se invita a los presbíteros a escuchar el soplo del Espíritu, verdadero protagonista de la misión, y a compartir esta preocupación por la Iglesia universal.26
3.3. La evangelización misionera
En la primera parte de este texto se ha señalado la necesidad y la urgencia de una nueva evangelización misionera en la grey misma de la Iglesia, es decir, entre quienes han sido bautizados.
En efecto, una buena parte de nuestros católicos bautizados no participa ordinariamente, o a veces en absoluto, en la vida de nuestras comunidades eclesiales. Y esto, no sólo porque otros modelos les parecen más atractivos o porque deciden conscientemente rechazar la fe, sino, cada vez con más frecuencia, porque no han sido suficientemente evangelizados o porque no han encontrado a nadie que les haya dado testimonio de la belleza de la vida cristiana auténtica. Nadie los ha guiado hacia un encuentro vivo y personal, y también comunitario, con el Señor. Un encuentro que marque su vida y la transforme, un encuentro por el que se comienza a ser verdaderos discípulos de Cristo.
Esto muestra la necesidad de la misión: debemos ir a buscar a nuestros bautizados y también a los no bautizados, para anunciarles, de nuevo o por vez primera, el kerigma, es decir, el primer anuncio de la persona de Jesucristo, muerto en la cruz y resucitado para nuestra salvación, y su Reino, y así conducirlos a un encuentro personal con Él.
Tal vez alguno se pregunte si acaso el hombre y la mujer de la cultura post-moderna, de las sociedades más avanzadas, sabrán todavía abrirse al kerigma cristiano. La respuesta debe ser positiva. El kerigma puede ser comprendido y acogido por cualquier ser humano, en cualquier tiempo o cultura. También los ambientes más intelectuales, o los más sencillos, pueden ser evangelizados. Debemos, pues, creer que también los llamados post-cristianos pueden ser atraídos de nuevo por la persona de Cristo.
El futuro de la Iglesia depende también de nuestra docilidad a ser concretamente misioneros entre nuestros mismos bautizados. 27 En realidad, del acontecimiento salvífico del Bautismo se deriva el derecho y el deber de los sagrados pastores de evangelizar a los bautizados, como acto debido en justicia.28
Ciertamente, cada Iglesia particular de todas las naciones y continentes debe encontrar el camino para llegar, en un decidido y eficaz compromiso de misión evangelizadora, a los propios católicos que, por motivos diversos, no viven su pertenencia a la comunidad eclesial. En esta obra de evangelización misionera, los presbíteros tienen un papel insustituible e inestimable, sobre todo para la misión en la grey de la parroquia que les ha sido confiada. En la parroquia, los presbíteros tendrán necesidad de convocar a los miembros de la comunidad, consagrados y laicos, para prepararlos adecuadamente y enviarlos en misión evangelizadora a las personas, a las familias, incluso mediante visitas a domicilio, y a todos los ambientes sociales, que se encuentren en el territorio. El párroco, en primera persona, debe participar en la misión parroquial.
En sintonía con la enseñanza conciliar, y conscientes de la advertencia del Señor — « que todos sean uno [...] para que el mundo crea que Tú me has enviado » (Jn 17,21) —, es de primaria importancia para una renovada praxis misionera que los presbíteros reaviven su conciencia de ser colaboradores de los Obispos. En realidad, son enviados por sus Obispos a servir la comunidad cristiana. Por eso, la unidad con el Obispo, que estará efectiva y afectivamente unido al Sumo Pontífice, constituye la primera garantía de toda acción misionera.
Podemos señalar algunas indicaciones concretas, para una renovada praxis misionera, en el ámbito de los tria muñera:
En el ámbito del munus docendi
1. En primer lugar, para ser un verdadero misionero en el interior de la grey misma de la Iglesia, dadas las exigencias actuales, es esencial e indispensable que el presbítero se decida, muy conscientemente y con determinación, no sólo a acoger y evangelizar a quienes lo buscan, sea en la parroquia u otras partes, sino también a « levantarse e ir » en busca sobre todo de los bautizados que, por motivos diversos, no viven su pertenencia a la comunidad eclesial, paro también de quienes poco o nada conocen a Jesucristo.
Los presbíteros que ejercen el ministerio en las parroquias han de sentirse llamados, en primer lugar, a ir a la gente que vive en el territorio parroquial, valorando sabiamente también las formas tradicionales de encuentro, como la bendición de las familias, que tantos frutos ha producido. Aquellos que, entre los presbíteros, están llamados a la misión ad gentes, vean en esto una gracia muy especial del Señor y vayan alegres y sin temor. El Señor los acompañará siempre.
2. Para una evangelización misionera dentro de la grey católica, en primer lugar en las parroquias, es necesario invitar, formar y enviar también a fieles laicos y religiosos. Naturalmente, los presbíteros en la parroquia son los primeros misioneros yendo en busca de las personas en las casas, en cualquier lugar y ambiente social; sin embargo, también los laicos y los religiosos están llamados por el Señor, por su Bautismo y su Confirmación, a participar en la misión, bajo la guía del pastor local.
Culturalmente hablando, es necesario tomar conciencia del hecho de que el ejercicio de la « caridad pastoral »29 respecto a los fieles impone no dejarlos indefensos (es decir, privados de capacidad crítica) ante el adoctrinamiento que con frecuencia proviene de las escuelas, la televisión, la prensa, los sitios informáticos y, a veces, también de las cátedras universitarias y del mundo del espectáculo.
Los sacerdotes, a su vez, han de ser alentados y sostenidos por sus Obispos en esta delicada obra pastoral, sin delegar nunca totalmente a otros la catequesis directa, de tal forma que todo el pueblo cristiano sea orientado, en el actual momento multicultural, por criterios auténticamente cristianos. Es preciso distinguir entre doctrina auténtica e interpretaciones teológicas y, después, entre esas, aquellas que corresponden al Magisterio perenne de la Iglesia.
3. El anuncio específicamente misionero del Evangelio requiere que se dé un relieve central al kerigma. Este primer o renovado anuncio kerigmático de Jesucristo, muerto y resucitado, y de su Reino, tiene, sin duda, un vigor y una unción especial del Espíritu Santo, que no se puede minimizar o descuidar en el compromiso misionero. 30
Por tanto, es necesario retomar, opportune et importune, con mucha constancia, convicción y alegría evangelizadora, este primer anuncio, tanto en las homilías, durante las Santas Misas u otras actividades evangelizadoras, como en las catequesis, en las visitas domiciliares, en las plazas, en los medios de comunicación social, en los encuentros personales con nuestros bautizados que no participan en la vida de las comunidades eclesiales y, en fin, en cualquier parte donde el Espíritu nos impulse y ofrezca una oportunidad que no se debe desperdiciar. El kerigma alegre y valiente identifica una predicación misionera, que quiere llevar al oyente a un encuentro personal y comunitario con Jesucristo, inicio del camino de un verdadero discípulo.
4. Es necesario ilustrar el hecho de que la Iglesia vive de la Eucaristía, que es el centro de Ella. En la celebración eucarística se manifiesta plenamente en su identidad. En la vida y en la actuación de la Iglesia, todo lleva a la Eucaristía y todo parte de la Ella. Por tanto, también la evangelización misionera, la predicación del kerigma, todo el ejercicio del munus docendi, debe tender a la Eucaristía y llevar finalmente al oyente a la mesa eucarística. La misión misma debe partir siempre de la Eucaristía e ir hacia el mundo. « La Eucaristía no es sólo centro y culminación de la vida de la Iglesia: lo es también de su misión: una Iglesia auténticamente eucarística es una Iglesia misionera ».31
5. La evangelización de los pobres, en todas sus formas, es prioritaria, como dijo Jesús mismo: « El Espíritu del Señor está sobre mí [...] para anunciar a los pobres la Buena Nueva » (Lc 4,18). En el texto evangélico de Mateo sobre el juicio final se comprueba que Jesús quiere ser identificado de manera especial con el pobre (cf. Mt 25,31-46). La Iglesia se ha inspirado siempre en estos textos. 32
6. La Iglesia nunca impone su fe, pero siempre la propone con amor, con unción y con valentía, en el respeto de la auténtica libertad religiosa, que pide también para sí misma, y de la libertad de conciencia del oyente. Además, el método del verdadero diálogo es cada vez más indispensable: un diálogo que no excluya el anuncio, sino que más bien lo suponga y que, en definitiva, sea un camino para evangelizar.33
7. Es necesaria la preparación del misionero a través de la formación de una sólida espiritualidad y una auténtica vida de oración, además de una escucha constante de la Palabra de Dios, especialmente mediante la lectura de los Evangelios. El método de la lectio divina, es decir, de la lectura orante de la Biblia, puede resultar de gran ayuda. De todas formas, el predicador debe estar inflamado de un fuego nuevo, que se enciende y se mantiene encendido en contacto personal con el Señor, y viviendo en gracia, como podemos ver en los Evangelios. A esta escucha de la Palabra debe añadirse un estudio constante y profundo de la doctrina católica auténtica, como se encuentra, sobre todo, en el catecismo de la Iglesia católica y en la sana teología. La fraternidad sacerdotal es parte integrante de la espiritualidad misionera, y la sostiene.
En el ámbito del munus sanctificandi
1. El ejercicio del munus sanctificandi está vinculado también a la capacidad de transmitir un sentido vivo de lo sobrenatural y de lo sagrado, que fascine y que lleve a una experiencia real de Dios, existencialmente significativa.
La Palabra de Dios forma parte de toda celebración sacramental, pues el sacramento requiere la fe de quien lo recibe. Este hecho es ya una primera indicación de que el ministerio presbiteral en la administración de los sacramentos, y de forma especial en la celebración de la Eucaristía, tiene una intrínseca dimensión misionera, que se puede desarrollar como anuncio del Señor Jesús y de su Reino, a quienes poco o hasta ahora nada han sido evangelizados.
2. Se ha de subrayar, además, que la Eucaristía es el punto de llegada de la misión. El misionero va en busca de las personas y de los pueblos para conducirlos a la mesa del Señor, preanuncio escatológico del banquete de vida eterna, en Dios, en el cielo, que será la realización plena de la salvación, según el designio redentor de Dios. Por tanto, será necesario dispensar una gran acogida, cálida y fraterna, a quienes acuden por primera vez a la Eucaristía, o vuelven a ella tras haber encontrado a los misioneros.
La Eucaristía tiene, además, una dimensión de envío misionero. Cada Santa Misa, al final, envía a todos los participantes a actuar misioneramente en la sociedad. La Eucaristía, como memorial de la Pascua del Señor, hace presente una y otra vez la muerte y resurrección de Jesucristo, que, por amor del Padre y de nosotros, ha dado la vida para nuestra redención, amándonos hasta el final. Este sacrificio de Cristo es el acto supremo de amor de Dios por los hombres.
Cuando celebra la Eucaristía y recibe dignamente el Cuerpo y la Sangre de Jesús, la comunidad cristiana está profundamente unida al Señor y colmada de su amor sin medida. Al mismo tiempo, recibe cada vez, de nuevo, el mandamiento de Jesús: « Amaos unos a otros como yo os he amado », y se siente impulsada por el Espíritu de Cristo a ir y anunciar a todas las criaturas la Buena Nueva del amor de Dios y de la esperanza, segura de su misericordia salvadora. En el decreto Presbyterorum Ordinis, el Concilio Vaticano II dice: «La Eucaristía constituye, en realidad, la fuente y culminación de toda la predicación evangélica » (n. 5). Por tanto, es fundamental la preocupación de la celebración cotidiana por parte de los Sacerdotes, incluso en ausencia de pueblo.
3. También los demás sacramentos reciben la propia fuerza santificante de la muerte y resurrección de Cristo, y así proclaman la misericordia indefectible de Dios. La misma celebración bella, digna y devota de los sacramentos, según todas las normas litúrgicas, se convierte en una evangelización muy especial para los fieles presentes. Dios es Belleza, y la belleza de la celebración litúrgica es uno de los caminos que nos conducen a su misterio.
4. Es necesario rezar para que el Señor despierte la vocación misionera de la comunidad eclesial, de sus pastores y de cada uno de sus miembros. Jesús dijo: « La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies » (Mt 9,37-38). La oración tiene una gran fuerza ante Dios. De esta fuerza, Jesús nos asegura: «Pedid y se os dará » (Mt 7,7); «Todo cuanto pidáis con fe en la oración, lo recibiréis » (Mt 21,22); « Todo lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré » (Jn 14,13-14).
5. Conviene recordar que el sacramento de la Reconciliación, en la forma de confesión individual, posee una profunda, intrínseca misionaridad. El sacerdote está llamado, para la fecundidad de la misión que se le ha confiado y para la propia santificación, a ser solícito, en primer lugar consigo mismo, en la celebración regular y frecuente de este sacramento y, al mismo tiempo, a ser su fiel y generoso ministro.
6. El ministerio pastoral del presbítero está al servicio de la unidad de la comunidad cristiana. Por eso, la regeneración del pueblo cristiano y el cuidado de la dimensión comunitaria de la experiencia cristiana son la primera tarea misionera del presbítero.
7. En conclusión, el presbítero deberá comprender mejor la naturaleza de la sed que atormenta a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, aunque a veces de modo inconsciente: sed de Dios, de experiencia y de doctrina de verdadera salvación, de anuncio de la verdad sobre el destino último personal y comunitario, de una religión cristiana que sea capaz de impregnar toda la organización de la vida y de transformarla cada día más. 34 Una sed que sólo el Señor Jesús podrá saciar definitivamente, teniendo siempre presente que « la caridad pastoral es el principio interior y dinámico capaz de unificar las múltiples y diversas actividades del presbítero ».35
En el ámbito del munus regendi
1. Es indispensable preparar y organizar la misión en las comunidades eclesiales, en las parroquias. Una buena preparación y una organización clara de la misión serán ya señal de éxito fructífero. Obviamente, no se puede olvidar el primado de la gracia, sino que debe ser evidenciado. El Espíritu Santo es el primer agente misionero. Por eso, es necesario invocarlo con insistencia y con mucha confianza. Él será quien encienda ese fuego nuevo, esa necesaria pasión misionera en los corazones de los miembros de la comunidad. Pero se requiere el concurso de la libertad humana. Los pastores de la comunidad han de pensar, también desde el punto de vista organizativo, en los modos más incisivos y oportunos de la misión.
2. Es preciso buscar la ejecución de una buena metodología misionera. La Iglesia tiene una experiencia bimilenaria en este campo. Sin embargo, cada época histórica lleva consigo nuevas circunstancias, que se han de tener en cuenta en el modo de llevar a cabo la misión. Hay muchas metodologías ya elaboradas y probadas en la praxis de las Iglesias particulares. Las Conferencias Episcopales y las diócesis podrían impartir oportunas indicaciones sobre este punto.
3. Se ha de ir en primer lugar a los pobres de las periferias urbanas y del campo. Son ellos los destinatarios predilectos del Evangelio. Esto quiere decir que el anuncio debe ir acompañado de una acción, eficaz y amorosa, de promoción humana integral. Jesucristo debe ser proclamado como una buena noticia para los pobres. Éstos deben poder sentirse alegres y rebosantes de esperanza firme por este anuncio.36
4. Sería oportuno que la misión en la parroquia y en la diócesis no se redujera a un período determinado. La Iglesia es, por su misma naturaleza, misionera. Así, la misión debe formar parte de las dimensiones permanentes del ser y del quehacer de la Iglesia. Por tanto, la misión ha de ser permanente. Obviamente, puede haber períodos más intensos, pero la misión nunca se debería concluir o detener. Más aún, la misionaridad debe estar sólida y hondamente arraigada en la estructura misma de la actividad pastoral y de la vida de la Iglesia particular y de sus comunidades.
Esto podría conducir a una auténtica renovación, y constituiría un elemento muy valioso para fortalecer y rejuvenecer la Iglesia hoy. También es permanente la misionaridad de los propios presbíteros, los cuales, independientemente del oficio que desempeñan y de su edad, están siempre llamados a la misión hasta el último día de su existencia terrena, pues la misión está indisolublemente vinculada a la misma ordenación que han recibido.
3.4. La formación misionera de los presbíteros
Todos los presbíteros deben recibir una específica y esmerada formación misionera, dado que la Iglesia quiere comprometerse, con renovado ardor y con urgencia, en la misión ad gentes y en una evangelización misionera, dirigida a sus propios bautizados, de forma particular a quienes se han alejado de la participación en la vida y actividad de la comunidad eclesial. Esta formación debería iniciarse ya en el Seminario, sobre todo a través de la dirección espiritual y también mediante un estudio esmerado y profundo del sacramento del Orden, de tal forma que se ponga de relieve que la dinámica misionera es intrínseca al mismo sacramento.
A los presbíteros ya ordenados servirá mucho, y puede ser hasta necesaria, la formación misionera incluida en el programa de formación permanente. La conciencia de la urgencia misionera, por un lado, y de la quizás no suficiente formación y espiritualidad misioneras del presbiterio por otro, deberá indicar a todos los Obispos y Superiores mayores las medidas que se han de emprender para poner en práctica una renovada preparación a la misión y una más profunda y estimulante espiritualidad misionera en los presbíteros.
Parece que se puede constatar que uno de los principales aspectos de la misión es la toma de conciencia de su urgencia, que incluye el aspecto de la formación de los candidatos al ministerio presbiteral para una atención misionera específica.
Si bien las vocaciones están en ligero aumento en términos globales, aunque en Occidente haya una cierta inquietud, lo que es sin embargo absolutamente determinante para el futuro de la Iglesia es la formación: un sacerdote con una clara identidad específica, con una sólida formación humana, intelectual, espiritual y pastoral, suscitará más fácilmente nuevas vocaciones, porque vivirá la consagración como misión y, alegre y seguro del amor del Señor por la propia existencia sacerdotal, sabrá difundir el « buen perfume de Cristo » en su entorno y vivir cada instante el propio ministerio como « una ocasión misionera » .
Por tanto, es cada vez más urgente crear un « círculo virtuoso » entre el tiempo de la formación del seminario y el del ministerio inicial y de la formación permanente.37 Dichos momentos se deben unir entre sí sólidamente y ser absolutamente armónicos, para que en esta obra también el clero pueda ser cada vez más plenamente lo que es: una perla preciosa e indispensable, ofrecida por Cristo a la Iglesia y a toda la humanidad.
Conclusión
Si la misionaridad es un elemento constitutivo de la identidad eclesial, debemos agradecer al Señor, que renueva, también a través del Magisterio pontificio reciente, dicha clara conciencia en toda la Iglesia, y particularmente en los presbíteros.
La urgencia misionera en el mundo, en realidad, es grande y exige una renovación de la pastoral, en el sentido de que la comunidad cristiana debería concebirse como en « misión permanente », tanto adgentes, como donde la Iglesia ya está establecida, es decir, yendo en busca de aquellos que nosotros hemos bautizado y que tienen el derecho de ser evangelizados por nosotros.
Las mejores energías de la Iglesia y de los presbíteros se han empleado siempre en el anuncio del kerigma, que es la esencia de la misión que el Señor nos ha confiado. Ciertamente, esta permanente « tensión misionera » ayudará también a la identidad del presbítero, el cual, precisamente en el ejercicio misionero de los tria muñera,, encuentra el principal camino de santificación personal y, por tanto, también de su plena realización humana.
Así, pues, el compromiso real y efectivo de todos los miembros del Cuerpo eclesial (Obispos, Presbíteros, Diáconos, Religiosos, Religiosas y Laicos) en la misión favorecerá la experiencia de unidad visible, tan esencial para la eficacia de cualquier testimonio cristiano.
La identidad misionera del presbítero, para ser genuina, debe mirar incesantemente a la Santísima Virgen María que, llena de gracia, fue a llevar y a presentar al Señor al mundo, y que continúa siempre visitando a los hombres de cualquier tiempo, todavía peregrinos en la tierra, para mostrarles el rostro de Jesús de Nazaret, Señor y Cristo, y para introducirlos en la comunión eterna con Dios.
Vaticano, 29 de junio de 2010,
Solemnidad de San Pedro y San Pablo
Card. CLÁUDIO HUMMES
Arzobispo Emérito de Sao Paulo
Prefecto
MAURO PIACENZA
Arzobispo tit. de Vittoriana
Secretario
NOTAS
1 CONC. ECUM. VAT. II, Decr. Adgentes, 2; cf. 5-6 y 9-10; Const. dogm. Lumen gentium, 8; 13; 17; 23; Decr. Christus Dominus, 6.
2 Cf. PABLO VI, Exhort. ap. Evangelii nuntiandi (8 de diciembre de 1975), 2; 4-5; 14; JUAN PABLO II, Carta Enc. Redemptoris missio (7 de diciembre de 1990), 1; ID., Carta ap. Novo millenio ineunte (6 de enero de 2001), 1; 40; 58.
3 BENEDICTO XVI, hablando a los obispos alemanes durante la Jornada Mundial de la Juventud (2005), afirmó: « Sabemos que siguen progresando el secularismo y la descristianización, que crece el relativismo. Cada vez es menor el influjo de la ética y la moral católica. Bastantes personas abandonan la Iglesia o, aunque se queden, aceptan sólo una parte de la enseñanza católica, eligiendo sólo algunos aspectos del cristianismo. Sigue siendo preocupante la situación religiosa en el Este, donde, como sabemos, la mayoría de la población está sin bautizar y no tiene contacto alguno con la Iglesia y, a menudo, no conoce en absoluto ni a Cristo ni a la Iglesia. Reconocemos en estas realidades otros tantos desafíos, y vosotros mismos, queridos hermanos en el episcopado, habéis afirmado [...]: «Nos hemos convertido en tierra de misión » [...]. Deberíamos reflexionar seriamente sobre el modo como podemos realizar hoy una verdadera evangelización, no sólo una nueva evangelización, sino con frecuencia una auténtica primera evangelización. Las personas no conocen a Dios, no conocen a Cristo. Existe un nuevo paganismo y no basta que tratemos de conservar a la comunidad creyente, aunque esto es muy importante; se impone la gran pregunta: ¿qué es realmente la vida? Creo que todos juntos debemos tratar de encontrar modos nuevos de llevar el Evangelio al mundo actual, anunciar de nuevo a Cristo y establecer la fe »» (A los obispos de Alemania en el Piussaal del Seminario de Colonia, 21 de agosto de 2005). Ante el Clero de Roma, Benedicto XVI, al inicio de su pontificado, subrayó la importancia de la Misión ciudadana, ya en curso (cf. Discurso al Clero de Roma, 13 de mayo de 2005). En su viaje a Brasil, en el mes de mayo de 2007, para inaugurar la V Conferencia General del Episcopado de América Latina y del Caribe, cuyo tema era « Discípulos y misioneros de Jesucristo, para que nuestros pueblos en El tengan vida »», el Papa alentó a los Obispos brasileños a una verdadera « misión »», dirigida a quienes, aunque bautizados por nosotros, no han sido suficientemente evangelizados por diversas circunstancias históricas (cf. Discurso a los Obispos de Brasil en la 'Catedral da Sé' en Sao Paulo, 11 de mayo de 2007).
4 Entre los textos sobre la misión, encontramos: Jn 3,14; 4,34; 5,23-24.30.37; 6,39.44.57; 7,16.18.28; 8,18.26.29.42; 9,4; 11,42; 14,24; 17,3.18; 1 Jn 4,9.14.
5 Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 690.
6 Cf. también JUAN PABLO II, Exhort. ap. postsinodal Pastores dabo vobis (25 de marzo de 1992), 22.
7 Cf. ibíd., 12: « La referencia a Cristo es la clave absolutamente necesaria para la comprensión de las realidades sacerdotales ».
8 CONC. ECUM. VAT. II, Const. dogm. Lumen gentium, 28.
9 Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1582.
10 Cf. BENEDICTO XVI, Homiía en la Santa Misa del Crisma (9 de abril de 2009); JUAN PABLO II, Exhort. Apost. postsinodal Pastores dabo vobis (25 de marzo de 1992), 12; 16.
11 BENEDICTO XVI, Discurso a los participantes en la Asamblea Plenaria de la Congregación para el Clero (16 de marzo de 2009). Ciertamente, el Bautismo es lo que hace a todos los fieles « hombres nuevos »». El sacramento del Orden, pues, si por una parte especifica y actualiza cuanto los presbíteros tienen en común con todos los bautizados, por otra, revela cuál es la naturaleza propia del sacerdocio ordenado, es decir, la de ser totalmente relativa a Cristo, Cabeza y Pastor de la Iglesia, la de servir a la nueva creación que emerge del baño bautismal: Vobis enim sum episcopus — afirma Agustín — vobiscum sum christianus.
12 Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Decr. Presbyterorum Ordinis, 4-6. Sobre los tria munera se detiene también ampliamente Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Pastores dabo vobis (25 de marzo de 1992), 26.
13 Ibíd, 32.
14 Cf. ibíd., 26; JUAN PABLO II, Carta. enc. Redemptoris missio (7 de diciembre de 1990), 67.
15 Cf. A. VANHOYE, Prétres anciens, prétre nouveau selon le Nouveau Testament, París 1980, 346.
16 JUAN PABLO II, Exhort. ap. postsinodal Pastores dabo vobis (25 de marzo de 1992), 12.
17 Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Decr. Ad gentes, 1
18 CONC. ECUM. VAT. II, Declar. Nostra aetate, 1; cf. Const. past. Gaudium et spes 24; 29; 22; 92.
19 Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. past. Gaudium et spes, 45.
20 JUAN PABLO II, Exhort. ap. postsinodal Pastores gregis (16 de octubre de 2003), 9: « En efecto, se trata de funciones relacionadas íntimamente entre sí, que se explican recíprocamente, se condicionan y se esclarecen. Precisamente por eso el Obispo, cuando enseña, al mismo tiempo santifica y gobierna el Pueblo de Dios; mientras santifica, también enseña y gobierna; cuando gobierna, enseña y santifica. San Agustín define la totalidad de este ministerio episcopal como amoris officium». Lo que aquí se dice de los obispos, se puede aplicar también, con las debidas distinciones, a los presbíteros.
21 Discurso a los obispos alemanes en el Piussaal del Seminario de Colonia (21 de agosto de 2005).
22 Cf. JUAN PABLO II, Exhort. ap. postsinodal Ecclesia in America (22 de enero de 1999), 12.
23 En su alocución con motivo de las felicitaciones navideñas a la Curta Romana (21 de diciembre de 2007), Benedicto XVI ha dicho: « Nunca se puede conocer a Cristo sólo teóricamente. Con una gran doctrina se puede saber todo sobre las sagradas Escrituras, sin haberse encontrado jamás con Él. Para conocerlo es necesario caminar juntamente con Él, tener sus mismos sentimientos, como dice la carta a los Filipenses (cf. Fp 2, 5). [...]. El encuentro con Jesucristo requiere escucha, requiere la respuesta en la oración y en la práctica de lo que Él nos dice. Conocer a Cristo es conocer a Dios; y sólo a partir de Dios comprendemos al hombre y el mundo, un mundo que de lo contrario queda como un interrogante sin sentido. Así pues, ser discípulos de Cristo es un camino de educación hacia nuestro verdadero ser, hacia la forma correcta de ser hombres ».
24 CONC. ECUM. VAT. II, Const. dogm. Lumen gentium, 9.
25 CONC. ECUM. VAT. II, Decr. Presbyterorum Ordinis, 10.
26 Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. dogm. Lumen gentium, 28; Decr. Ad gentes, 39; PABLO VI, Exhort. ap. Evangelii nuntiandi (8 de diciembre de 1975), 68; JUAN PABLO II, Carta enc. Redemptoris missio (7 de diciembre de 1990), 67.
27 El Papa Benedicto XVI estimulando a los obispos brasileños « a emprender la actividad apostólica como una verdadera misión en el ámbito del rebaño que constituye la Iglesia Católica », añadió: « En efecto, se trata de no escatimar esfuerzos en la búsqueda de los católicos que se han alejado y de los que conocen poco o nada a Jesucristo. [...]. En una palabra, se requiere una misión evangelizadora que movilice todas las fuerzas vivas de este inmenso rebaño. Mi pensamiento se dirige, por tanto, a los sacerdotes, a los religiosos, a las religiosas y a los laicos que se prodigan, muchas veces con inmensas dificultades, en favor de la difusión de la verdad evangélica. [.. ,].En este esfuerzo evangelizador, la comunidad eclesial se distingue por las iniciativas pastorales, al enviar, sobre todo a las casas de las periferias urbanas y del interior, a sus misioneros, laicos o religiosos. [.. ,].La gente pobre de las periferias urbanas o del campo necesita sentir la cercanía de la Iglesia, tanto en la ayuda para sus necesidades más urgentes, como en la defensa de sus derechos y en la promoción común de una sociedad fundada en la justicia y en la paz. Los pobres son los destinatarios privilegiados del Evangelio y el obispo, formado a imagen del buen Pastor, debe estar particularmente atento a ofrecer el bálsamo divino de la fe, sin descuidar el «pan material ». Como puse de relieve en la encíclica Deus caritas est, «la Iglesia no puede descuidar el servicio de la caridad, como no puede omitir los sacramentos y la Palabra » (Discurso a los Obispos de Brasil en la 'Catedral da Sé' en Sao Paulo, 11 de mayo de 2007).
28 Cf. Código de Derecho Canónico, cánones 229 § 1 y 757.
29 Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Decr. Presbyterorum Ordinis, 14.
30 Cf. JUAN PABLO II, Carta enc. Redemptoris missio (7 de diciembre de 1990), 44.
31 BENEDICTO XVI, Exhort. ap. Sacramentum caritatis, 84.
32 Cf. BENEDICTO XVI, Discurso a los Obispos de Brasil en la 'Catedral da Sé' en Sao Paulo (11 de mayo de 2007), 3.
33 Cf. CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Declaración Dominus Iesus (6 de agosto de 2000), 4.
34 Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. dogm. Lumen gentium, 35.
35 CONGREGACIÓN PARA EL CLERO, Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros Tota Ecclesia (31 de enero de 1994), 43.
36 Cf. BENEDICTO XVI, Carta enc. Deus caritas est (25 de diciembre de 2005), 22; ID., Discurso a los Obispos de Brasil en la 'Catedral da Sé' en Sao Paulo (11 de mayo de 2007), 3.
37 Cf. JUAN PABLO II, Carta enc. Redemptoris missio (7 de diciembre de 1990), 83.
jueves, 24 de febrero de 2011
Mons. Leonardo Castellanos Castellanos
Leonardo Castellanos CastellanosObispo de la Iglesia Católica
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Don Leonardo Castellanos Castellanos, (Ecuandureo, Michoacán, 5 de noviembre de 1862 - San Juan Bautista, Tabasco, 19 de mayo de 1912). Fue un obispo mexicano, hijo de Dn. Fernando Castellanos y Lugarda Castellanos. Fue nombrado IV Obispo de Tabasco, cargo que desempeñó por tres años.[1] Como obispo, se enfrentó a muchos obstáculos y penalidades que dificultaron su ministerio, como la herejía, una fuerte epidémia de peste que afectó mucho a la población del estado y hasta el inicio del movimiento revolucionario. Su ministerio se vio interrumpido por su fallecimiento, siendo un personaje muy querido por los tabasqueños. Debido a sus obras, sus feligreses han solicitado su canonización.
Contenido
1 Primeros años
2 Obispo de Tabasco
3 Proceso de canonización
4 Véase también
5 Enlaces externos
6 Referencias
Primeros años
Monseñor Leonardo Castellanos nació en Ecuandureo, pequeño y modesto pueblo de Michoacán. Su padre era un humilde sastre, de escasos recursos. A los seis años quedó huérfano de madre, y fue su papá quien cuidó de su educación y de estimular su innata devoción a la Iglesia.[2]
Desde que inició la escuela, fue un buen estudiante, aplicado, obediente, entusiasta y cariñoso con sus compañeros que lo apreciaron siempre por sus excelentes cualidades.[3]
Cuando tenía escasos trece años decidió que quería ser sacerdote y estaba plenamente convencido de ello, lográndo su anhelo en el año de 1885 en que su propio obispo lo ordenó Sacerdote.[4]
Tiempo después debido a su dedicación, afán y la bondad con que atendió la Parroquia que le correspondía y a sus feligreses, fue nombrado Rector del Seminario de Zamora. Más tarde, fue el propio Papa Pio X quien lo eligió para ser obispo de la Diócesis de Tabasco el 28 de Septiembre de 1908.[5]
Obispo de Tabasco
Dn Leonardo Castellanos, llegó a San Juan Bautista, siendo consagrado como IV Obispo de Tabasco el 5 de octubre de 1908, sustituyendo a Mons. Francisco Campos y Ángeles, quien desde octubre de 1907 había sido nombrado Obispo de Chilapa y desde aquella ciudad, atendía los asuntos de la Diócesis de Tabasco.[6]
Se enfrentó solo a la herejía, a la incredulidad, a la fuerza de los ricos acostumbrados a mandar, y a la debilidad de los pobres relegados a obedecer ciegamente sin la menor esperanza, siendo a ellos a quienes dedicó la mayor parte de su tiempo, de sus oraciones y de su esfuerzo.[7]
Cuando la epidemia de peste azotó al estado de Tabasco, eran innumerables las personas que morían y la principal preocupación de Monseñor Castellanos era ayudarles a morir en gracia, entrando por las noches a las casas "apestadas", sin temor al contagio llegando hasta al enfermo para brindarle los últimos momentos de paz y con las joyas depositadas en la Iglesia repartidas por su mano entre los pobres se enterraban a los muertos. Como lo menciona Manuel Gurria Urgell en su romance dedicado a Monseñor Castellanos:[8]
"Y sólo de vez en cuando por las calles solitarias puede verse el guarda polvo, remendado y con manchas, que el Obispo de Tabasco usa a modo de sotana, cómo venciendo el temor que la peste provocaba, se aventuraba solo por las calles desiertas y mal iluminadas de la ciudad a visitar las casas más apartadas en la que la miseria y la enfermedad concentraban sus dominios..."'
Estando como obispo de Tabasco, a Mons. Castellanos lo sorprendió el inicio de la lucha revolucionaria, teniendo que enfrentarse a la intransigencia de federalistas y revolucionarios, a quienes lo último que les importaba en esos años, era el ministerio de la fe.
Sólo tres años dirigió la Diócesis de Tabasco, hasta el día 19 de mayo de 1912 en que falleció entre el llanto de sus cientos de feligreses que aprendieron a amarlo.[9]
Proceso de canonización
Debido a sus obras, y a su ministerio, actualmente, Monseñor Leonardo Castellanos se encuentra en proceso de canonización, alcanzado ya la etapa anterior a ser beatificado.[10]
Véase también
Portal:Tabasco. Contenido relacionado con Tabasco.
Tabasco
Diócesis de Tabasco
Enlaces externos
Diócesis de Tabasco
Referencias
1.↑ Diócesis de Tabasco. «Obispos de Tabasco». Consultado el 2 de febrero de 2011.
Obtenido de http://es.wikipedia.org/wiki/Leonardo_Castellanos_Castellanos
miércoles, 23 de febrero de 2011
CARTA PASTORAL: Conmemorar nuestra historia desde la fe, para comprometernos hoy con nuestra Patria
Slide 2: Todos los Obispos del país en comunión, a través de la Carta Pastoral titulada Conmemorar nuestra historia desde la fe, para comprometernos hoy con nuestra Patria, desean compartir con el Pueblo de México un ejercicio de discernimiento histórico de nuestra Nación, así como un mensaje de compromiso, fe y esperanza frente al futuro.
Slide 3: Presentación e Introducción de la Carta Pastoral : Presentación e Introducción de la Carta Pastoral La Carta Pastoral está compuesta de 72 páginas, con 140 parágrafos, dividido en tres grandes partes. En la Presentación de este histórico documento señalan que: “Sentimos el deber de sumarnos con actitud solidaria y lucidez crítica a la conmemoración del Bicentenario de la Independencia y del Centenario de la Revolución Mexicana.
Slide 4: Como creyentes, descubrimos en los hechos de la historia el designio de Dios, aun en medio de las debilidades y pecados de los hombres. Como nos decía S.S. Juan Pablo II “hemos de ver el pasado con gratitud, vivir el presente con responsabilidad y proyectarnos al futuro con esperanza”.
Slide 5: CONTENIDO : CONTENIDO PRESENTACIÓN (P. 3) INTRODUCCIÓN GENERAL (P. 7) PARTE I: UNA MIRADA A LA PROPIA HISTORIA DESDE LA FE (P. 11) PREÁMBULO DE LA PRIMERA PARTE (P. 11) Un proceso nunca acabado (No. 8) La Iglesia en medio del mundo y de la historia (No. 9) Desarrollo de la Primera Parte (No. 10)
Slide 6: I. MIRADA PANORÁMICA DE LA HISTORIA (P. 13) Evangelización y “Acontecimiento Guadalupano” (No. 11) La fe, elemento dinamizador (No. 12) Catolicismo renovado y pensamiento ilustrado (No. 13) Tres antecedentes de la Independencia (No. 14) Reconocimiento de la libertad conquistada (No. 15-16) Celebrar el don de la libertad (No. 17) Postindependencia (No. 18) Paradoja nacional (No. 19) Presencia del “catolicismo social” (No. 20) Búsqueda de justicia y democracia (No. 21) En búsqueda de la “laicidad positiva” (No. 22) Diferencias complementarias (No. 23) La gramática de Dios (No. 24) El progreso como “vocación” (No. 25)
Slide 7: II. LA IGLESIA EN LA INDEPENDENCIA (P. 21) Iglesia implicada (No. 26) La “Ilustración católica” (No. 27) Derechos del hombre (No. 28) Sacudimiento religioso y social (No. 29) La resistencia pacífica (No. 30) Difícil realización (No. 31) Creciente opresión y reacciones diversas (No. 32) “La Patrona de nuestra Libertad” (No. 33) Reprobación del levantamiento y excomuniones (No. 34) Acusaciones contra Miguel Hidalgo (No. 35) La excomunión de Miguel Hidalgo (No. 36) Acusaciones contra José María Morelos (No. 37) La excomunión de José María Morelos (No. 38) Mezcla y confusión (No. 39) Búsqueda de un orden legal (No. 40) Represión y disolución social (No. 41) Protagonismo de los laicos (No. 42) Nación independiente e Iglesia libre (No. 43)
Slide 8: III. CATOLICISMO Y REVOLUCIÓN (1910-1917) “Campanazo político” (No. 44) Despertar social católico (No. 45) Hacia un catolicismo social (No. 46) El Partido Católico y la “leyenda negra” (No. 47) Catolicismo social y liberalismo intransigente (No. 48) El artículo 123 y la Rerum Novarum (No. 49) Somero balance (No. 50) Con gratitud, veracidad y compromiso (No. 51)
Slide 9: IV. SENTIDO CRISTIANO DE LA HISTORIA (P. 32) Nuestro horizonte (No. 52) Cristo: centro, clave y fin de la historia (No. 53) Iglesia solidaria con el género humano (No. 54) Fe probada y vencedora (No. 55) Fortaleza en la debilidad (No. 56) “Yo estoy con ustedes” (No. 57) Universo transformado en Gloria (No. 58)
Slide 10: PARTE II. SERVIR A LA NACIÓN, COLABORANDO A CONSTRUIR UN PROYECTO CULTURAL DESDE LA FE (P. 36) Comprender el pasado para actuar en el presente y preparar el futuro (No. 59) Un camino cultural desde la experiencia de la fe (No. 60-64) La Nación es anterior al Estado (No. 65-66) Un proyecto al servicio de la Nación (No. 67-68) La importancia del aporte cristiano (No. 69-71) Múltiples iniciativas a partir de la experiencia de la fe (No. 72) La fe ilumina a la razón y vivifica a la cultura (No. 73-74) Cambio de Época, pluralismo cultural y laicidad (No. 75-80) Derecho a la Libertad Religiosa (No. 81-82) Ofrecer la cultura de la vida en un México plural (No. 83-88) Contribuyendo a renovar las instituciones con la Doctrina Social de la Iglesia (No. 89-90) La Iglesia anuncia a Cristo (No. 91-96)
Slide 11: PARTE III: PROTAGONISTAS TODOS, EN LA CONSTRUCCIÓN DE UN FUTURO CON ESPERANZA (P. 49) Ofrecemos una visión integral y trascendente del hombre (No. 100-111) Frente a los grandes desafíos sociales: justicia y solidaridad (No. 112-118) Combate a la pobreza (No. 119-123) Educación integral y de calidad para todos (No. 124-128) Reconciliación nacional (No. 129-135) CONCLUSIÓN: UNA MIRADA DE ESPERANZA (P. 62)
Slide 12: Parte I: Una mirada a la propia historia desde la fe : Parte I: Una mirada a la propia historia desde la fe En esta Primera Parte de la Carta Pastoral, la más larga de las tres que la componen, señalan que: “La gestación y el crecimiento de una nación es un proceso siempre prolongado y nunca totalmente acabado, con luces y sombras que hay que acoger con espíritu generoso y también agradecido hacia quienes contribuyeron a su realización” (No. 8).
Slide 13: Nos dicen que: “En repetidas ocasiones hemos hecho hincapié en que la Iglesia «está en el mundo, sin ser del mundo», y por ello está llamada a participar, iluminando con la Palabra los diversos sucesos que configuran y dan sentido a nuestra Nación”.
Slide 14: Después, recuerdan los dos antecedentes de su magisterio dirigidos a todo el Pueblo de México, que son: la Carta Pastoral del año 2000, Del Encuentro con Jesucristo a la Solidaridad con Todos, así como la Exhortación Pastoral, presentada al inicio de este mismo año, Que en Cristo nuestra paz México tenga vida digna, que aborda la difícil situación de violencia por la que atraviesa nuestro País.
Slide 15: Parte II: Servir a la nación, colaborando a construir un proyecto cultural desde la Fe : Parte II: Servir a la nación, colaborando a construir un proyecto cultural desde la Fe En esta Segunda Parte, que comprende treinta y ocho parágrafos, los obispos manifiestan que, en continuidad a los anteriores esfuerzos, e inspirados por las recientes enseñanzas del Papa Benedicto XVI, principalmente por su reciente encíclica social Caritas in veritate, y por la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe (“Aparecida”), ahora queremos proponer y ofrecer este nuevo esfuerzo, haciendo hincapié en el tipo de cultura que los discípulos de Jesús debemos fomentar para mostrar la vitalidad de la fe y para colaborar en la construcción de un proyecto nuevo al servicio de la Nación, en el momento actual.
Slide 16: Señalan que, antes de que la fe pueda reflejarse en la vida social, su itinerario natural exige pasar por el ámbito de la conciencia personal, de las convicciones, de los estilos de vida que lleven a una conversión, es decir a un “cambio de mentalidad” que transforme e impacte la propia vida y el entorno social. La cultura, indican es, «todo aquello con lo que el hombre afina y desarrolla sus innumerables cualidades espirituales y corporales».
Slide 17: Parte III: Protagonistas todos, en la construcción de un futuro con esperanza : Parte III: Protagonistas todos, en la construcción de un futuro con esperanza En esta parte, los Obispos señalan que la Iglesia tiene el derecho de participar, a través de sus ministros y fieles laicos, según sus propias funciones y responsabilidades, en la construcción de la cultura de la vida, aportando lo que les es más propio, a partir de la cosmovisión del mundo y sobre todo de la concepción que del hombre tienen, que se caracteriza por su trascendencia, su dignidad inviolable y su realización eminentemente social:
Slide 18: “Es nuestra visión del hombre, la que queremos ofrecer, en tanto que reconocemos que él es el medio, sujeto y fin de toda cultura, de toda actividad humana y dinámica social. Posee derechos que emanan de su propia naturaleza, que siempre se le deben respetar. El cristianismo, además, adiciona aspectos que presuponen la fe. La dignidad del hombre para nosotros no sólo se deriva de su naturaleza, sino de su calidad de hijo de Dios, así como de haber sido redimido por Cristo y llamado a la felicidad eterna” (No. 100).
Slide 19: Ante esta realidad que nos apremia en el tiempo presente, los Obispos proponen a todos los sectores que conforman la sociedad, asumir tres prioridades fundamentales en el camino de nuestro desarrollo como Nación: a) Queremos un México en el que todos sus habitantes tengan acceso equitativo a los bienes de la tierra. Un México en el que se promueva la superación y crecimiento de todos en la justicia y la solidaridad; por lo que necesitamos entrar decididamente en un combate frontal a la pobreza.
Slide 20: b) Queremos un México que crezca en su cultura y preparación con una mayor conciencia de su dignidad y mejores elementos para su desarrollo, con una educación integral y de calidad para todos. c) Queremos un México que viva reconciliado, alcanzando una mayor armonía e integración en sus distintos componentes sociales y con sus diferentes orientaciones políticas, pero unificado en el bien común y en el respeto de unos y otros.
Slide 21: Conclusión: Una mirada de esperanza : Conclusión: Una mirada de esperanza Los Obispos señalan finalmente en las conclusiones que su mirada hacia el futuro está llena de esperanza porque somos un pueblo con una gran riqueza humana y cristiana. Nuestras raíces, nuestra historia y nuestra cultura nos piden estar a la altura de nuestros antepasados. A los creyentes, por otro lado, les recuerdan los Obispos que nuestra esperanza está fincada, más allá de nuestras posibilidades humanas, en sí mismas valiosas, en la firme voluntad divina, manifestada en Jesucristo, de conducir la historia de la humanidad hacia la plenitud de la vida y la salvación. Nuestra esperanza, afirman, es sobre todo, esperanza en Dios (números 136 y 137).
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Ver presentación en power point: http://www.authorstream.com/Presentation/arquidiocesis-550319-presentaci-n-de-la-carta-pastoral/
Ver documento completo: http://www.cem.org.mx/prensa/comunicados-de-prensa/3509-carta-pastoral-conmemorar-nuestra-historia-desde-la-fe-para-comprometernos-hoy-con-nuestra-patria.html
Promulgación del Plan de Pastoral orgánica 2011-2015
Decreto / 2011
Asunto: Promulgación del Plan de Pastoral orgánica 2011-2015
JOSÉ FRANCISCO CARDENAL ROBLES ORTEGA
POR LA GRACIA DE DIOS Y DE LA SEDE APOSTÓLICA
ARZOBISPO DE MONTERREY
DECRETO DE PROMULGACIÓN DEL PLAN DE PASTORAL ORGÁNICA 2011-2015.
Prot. N°. 107/2011.
A toda la Iglesia que peregrina en Monterrey: Una Nueva Escucha para una Nueva Evangelización.
I. Agradezco a Dios infinitamente la posibilidad de ofrecer este Plan de Pastoral Orgánica 2011-2015 a esta amada Iglesia que Él me ha confiado en su Providencia.
II. El presente Plan de Pastoral Orgánica ha emergido como un exquisito fruto que se enriquece y que ha encausado varios factores en la intensa vida eclesial que Dios nos ha regalado en los últimos seis años.
III. En primer lugar le agradezco a Dios la participación que han tenido todos los agentes de nuestra Iglesia en las actividades que se han llevado a cabo tanto para la evaluación como para la planeación pastoral, y para ello, aparte de mencionar las actividades efectuadas en los núcleos de nuestras comunidades, un indicador cualificado es el de la asistencia numerosa así como la calidad en la participación durante las seis Asambleas Eclesiales Diocesanas que hemos vivido. Agradezco a todos el buen ánimo con el que participan en este acontecimiento diocesano.
IV. En segundo lugar le agradezco al Señor, la intensa actividad del Espíritu Divino que ha enriquecido nuestro caminar como Iglesia desde el Magisterio Universal con el Pontificado del Papa Benedicto XVI en los diferentes Documentos de su enseñanza petrina, entre los cuales debemos darle un lugar muy especial a la Exhortación Post-Sinodal Verbum Domini que se nos entregó el pasado 30 de Septiembre del 2010.
V. En tercer lugar, es necesario que enmarquemos nuestro Plan de Pastoral Orgánica 2011-2015 en torno a la vida de nuestro Continente, Nación y Provincia. El Documento de Aparecida que emergió de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe nos ha ofrecido con toda claridad el discernimiento de la voluntad divina para que nuestra Iglesia ingrese a la dinámica de la Misión Continental. La Iglesia de nuestra Patria, por su parte, ha asumido este proyecto aunándole a nuestro momento histórico con la iluminación ofrecida por el Documento "Que en Cristo nuestra Paz México tenga vida digna". La Provincia Eclesiástica de Monterrey también ha hecho suya la Misión Continental, invitando a la Renovación Pastoral de las Iglesias en un Itinerario Misionero, al mismo tiempo que ha reflexionado y orientado acerca del clima de inseguridad y violencia en el que vivimos.
VI. Efectivamente los frutos de la consulta diocesana sobre nuestra realidad social y eclesial, acompañados de las propuestas pastorales surgidas en la Sexta Asamblea Eclesial Diocesana fueron iluminados por el Documento de Aparecida y la Verbum Domini, y han sido considerados en el trabajo realizado para el presente Documento bajo la responsabilidad de la Vicaría de Pastoral, la cual a la luz del Señor y en estrecho diálogo y supervisión de un servidor y de Monseñor Jorge Alberto, nuestro Obispo Auxiliar, ha generado un nuevo Plan que, aunque le dará continuidad al anterior, posee un perfil propio y de renovación, como todo aquello que nos ofrece el Señor de la Vida.
VII. Y así hemos llegado a la formulación que hoy, 20 de Febrero del año del Señor del 2011, celebración en nuestra Iglesia diocesana del Día del Seminario, POR EL PRESENTE DECRETO, APRUEBO Y PROMULGO, ESTE DOCUMENTO COMO PLAN DE PASTORAL ORGANICA DE LA ARQUIDIÓCESIS DE MONTERREY PARA EL PERIODO 2011-2015 Y DISPONGO QUE SE PUBLIQUE Y SEA APLICADO EN TODA LA ARQUIDIÓCESIS.
VIII. El presente documento cuenta con 5 partes sumamente importantes: En el primer capítulo, se presenta la Historia de nuestra Iglesia, incluyendo los frutos cultivados desde sus inicios hasta el momento reciente que nos toca vivir. En el segundo capítulo, se presenta el Marco de la Realidad, tanto Social como Eclesial, para lo cual fue de suma utilidad el material generado durante la consulta diocesana así como el procesamiento que los representantes de los diferentes sectores del Pueblo de Dios realizaron. En el tercer capítulo, se contiene un Marco Doctrinal que será muy útil para todos en la asimilación de un discipulado misionero que tiene su origen en Dios pero que tiene como destinatario al mundo, y en el que el ejemplo bondadoso de la Virgen María se convertirá en un aliciente en el ejercicio de nuestro ser y quehacer. En el capítulo cuarto, se encuentra la parte operativa de nuestro Plan de Pastoral Orgánica con sus líneas, metas, indicadores, estrategias, acciones y respon sables de nuestra planificación pastoral en base al material generado en la Sexta Asamblea Eclesial Diocesana. Finalmente, se incluye un quinto capítulo en el que se presenta nuestro Marco Pastoral con la finalidad de que todos en nuestra arquidiócesis podamos tener en claro los perfiles de nuestras estructuras territoriales y funcionales, y con ello que desde esta información asumamos el marco de nuestras responsabilidades pastorales.
IX. El inicio de este Plan de Pastoral Orgánica 2011-2015 estará enmarcado por excelentes momentos de gracia para nuestra Iglesia. En este año 2011, por la gracia de Dios, será beatificado el Papa Juan Pablo II y el Papa Benedicto XVI cumplirá 60 años de vida sacerdotal, eventos que nos llenan de alegría en el Señor y de los que imploramos al Señor abundantes frutos pastorales.
X. En lo personal, quiero agradecerle al Señor las abundantes bendiciones que he recibido en mi ministerio pastoral. En la comprensión de que los dones de Dios en los bautizados tienen como destinataria a la Iglesia y el buen desarrollo de su misión, en este año 2011 invito a todos ustedes que son mi familia, para que le agradezcamos a Dios por los 35 años de mi ordenación sacerdotal y los 20 años de mi ordenación episcopal, así como mi designación como miembro del Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización. El elenco de los motivos de gratitud que les comparto a ustedes lo hago en orden a que avancemos juntos en la renovación de nuestra pastoral diocesana, pues esta renovación se encuentra implícita en el origen de la gracia que todos hemos recibido, al mismo tiempo que es un acto de justicia para con el Dios que nos ama y con aquellos que son destinatarios de nuestra misión como Iglesia.
XI. En este tenor, en la Providencia de Dios, el Papa Benedicto XVI en la Verbum Domini nos marca una pauta que une desde la vida de la Iglesia Universal los procesos de nuestro Continente, de nuestra Patria, de nuestra Provincia y de nuestra Arquidiócesis, y así tendríamos que derivar hasta llegar a nuestras parroquias:
"Por eso, nuestro tiempo ha de ser cada día más el de una nueva escucha de la Palabra de Dios y de una nueva evangelización. Redescubrir el puesto central de la Palabra divina en la vida cristiana nos hace reencontrar de nuevo así el sentido más profundo de lo que el Papa Juan Pablo II ha pedido con vigor: continuar la missio ad gentes y emprender con todas las fuerzas la nueva evangelización, sobre todo en aquellas naciones donde el Evangelio se ha olvidado o padece la indiferencia de cierta mayoría a causa de una difundida secularización. Que el Espíritu Santo despierte en los hombres hambre y sed de la Palabra de Dios y suscite entusiastas anunciadores y testigos del Evangelio". (n. 122)
XII. El presente Decreto entrará en vigor, con su publicación, el día 9 de marzo del presente año de 2011, con el miércoles de ceniza en el deseo de que como Iglesia continuemos en un camino de conversión personal y pastoral que suscite una pascua de nueva evangelización y de renovación eclesial en nuestras parroquias y en toda nuestra amada Arquidiócesis.
XIII. "Una Nueva Escucha para una Nueva Evangelización". Encomiendo la difusión, el estudio, la asimilación, así como todo el proceso de implementación de nuestro Plan de Pastoral Orgánica 2011-2015 a Nuestra Señora del Roble, Patrona de nuestra Arquidiócesis y a la intercesión, ya desde ahora, de aquél que en la Pascua será honrado en la Iglesia como Beato, el muy querido Papa Juan Pablo II.
Dado en la sede del Arzobispado de Monterrey a los 20 días del mes de Febrero del año del Señor de 2011.
+ J. Francisco Card. Robles Ortega
Arzobispo de Monterrey
Pbro. Alfonso G. Miranda Guardiola
Secretario - Canciller
viernes, 31 de diciembre de 2010
Mensaje para la Jornada mundial de la paz 2011
MENSAJE DE SU SANTIDAD
BENEDICTO XVI
PARA LA CELEBRACIÓN DE LA
XLIV JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ
1 DE ENERO DE 2011
LA LIBERTAD RELIGIOSA, CAMINO PARA LA PAZ
1. Al comienzo de un nuevo año deseo hacer llegar a todos mi felicitación; es un deseo de serenidad y de prosperidad, pero sobre todo de paz. El año que termina también ha estado marcado lamentablemente por persecuciones, discriminaciones, por terribles actos de violencia y de intolerancia religiosa.
Pienso de modo particular en la querida tierra de Irak, que en su camino hacia la deseada estabilidad y reconciliación sigue siendo escenario de violencias y atentados. Vienen a la memoria los recientes sufrimientos de la comunidad cristiana, y de modo especial el vil ataque contra la catedral sirio-católica Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, de Bagdad, en la que el 31 de octubre pasado fueron asesinados dos sacerdotes y más de cincuenta fieles, mientras estaban reunidos para la celebración de la Santa Misa. En los días siguientes se han sucedido otros ataques, también a casas privadas, provocando miedo en la comunidad cristiana y el deseo en muchos de sus miembros de emigrar para encontrar mejores condiciones de vida. Deseo manifestarles mi cercanía, así como la de toda la Iglesia, y que se ha expresado de una manera concreta en la reciente Asamblea Especial para Medio Oriente del Sínodo de los Obispos. Ésta ha dirigido una palabra de aliento a las comunidades católicas en Irak y en Medio Oriente para vivir la comunión y seguir dando en aquellas tierras un testimonio valiente de fe.
Agradezco vivamente a los Gobiernos que se esfuerzan por aliviar los sufrimientos de estos hermanos en humanidad, e invito a los Católicos a rezar por sus hermanos en la fe, que sufren violencias e intolerancias, y a ser solidarios con ellos. En este contexto, siento muy viva la necesidad de compartir con vosotros algunas reflexiones sobre la libertad religiosa, camino para la paz. En efecto, se puede constatar con dolor que en algunas regiones del mundo la profesión y expresión de la propia religión comporta un riesgo para la vida y la libertad personal. En otras regiones, se dan formas más silenciosas y sofisticadas de prejuicio y de oposición hacia los creyentes y los símbolos religiosos. Los cristianos son actualmente el grupo religioso que sufre el mayor número de persecuciones a causa de su fe. Muchos sufren cada día ofensas y viven frecuentemente con miedo por su búsqueda de la verdad, su fe en Jesucristo y por su sincero llamamiento a que se reconozca la libertad religiosa. Todo esto no se puede aceptar, porque constituye una ofensa a Dios y a la dignidad humana; además es una amenaza a la seguridad y a la paz, e impide la realización de un auténtico desarrollo humano integral.[1]
En efecto, en la libertad religiosa se expresa la especificidad de la persona humana, por la que puede ordenar la propia vida personal y social a Dios, a cuya luz se comprende plenamente la identidad, el sentido y el fin de la persona. Negar o limitar de manera arbitraria esa libertad, significa cultivar una visión reductiva de la persona humana, oscurecer el papel público de la religión; significa generar una sociedad injusta, que no se ajusta a la verdadera naturaleza de la persona humana; significa hacer imposible la afirmación de una paz auténtica y estable para toda la familia humana.
Por tanto, exhorto a los hombres y mujeres de buena voluntad a renovar su compromiso por la construcción de un mundo en el que todos puedan profesar libremente su religión o su fe, y vivir su amor a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente (cf. Mt 22, 37). Éste es el sentimiento que inspira y guía el Mensaje para la XLIV Jornada Mundial de la Paz, dedicado al tema: La libertad religiosa, camino para la paz.
Derecho sagrado a la vida y a una vida espiritual
2. El derecho a la libertad religiosa se funda en la misma dignidad de la persona humana,[2] cuya naturaleza trascendente no se puede ignorar o descuidar. Dios creó al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza (cf. Gn 1, 27). Por eso, toda persona es titular del derecho sagrado a una vida íntegra, también desde el punto de vista espiritual. Si no se reconoce su propio ser espiritual, sin la apertura a la trascendencia, la persona humana se repliega sobre sí misma, no logra encontrar respuestas a los interrogantes de su corazón sobre el sentido de la vida, ni conquistar valores y principios éticos duraderos, y tampoco consigue siquiera experimentar una auténtica libertad y desarrollar una sociedad justa. [3]
La Sagrada Escritura, en sintonía con nuestra propia experiencia, revela el valor profundo de la dignidad humana: «Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que has creado, ¿qué es el hombre, para que te acuerdes de él, el ser humano, para darle poder? Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad, le diste el mando sobre las obras de tus manos, todo lo sometiste bajo sus pies» (Sal 8, 4-7).
Ante la sublime realidad de la naturaleza humana, podemos experimentar el mismo asombro del salmista. Ella se manifiesta como apertura al Misterio, como capacidad de interrogarse en profundidad sobre sí mismo y sobre el origen del universo, como íntima resonancia del Amor supremo de Dios, principio y fin de todas las cosas, de cada persona y de los pueblos. [4] La dignidad trascendente de la persona es un valor esencial de la sabiduría judeo-cristiana, pero, gracias a la razón, puede ser reconocida por todos. Esta dignidad, entendida como capacidad de trascender la propia materialidad y buscar la verdad, ha de ser reconocida como un bien universal, indispensable para la construcción de una sociedad orientada a la realización y plenitud del hombre. El respeto de los elementos esenciales de la dignidad del hombre, como el derecho a la vida y a la libertad religiosa, es una condición para la legitimidad moral de toda norma social y jurídica.
Libertad religiosa y respeto recíproco
3. La libertad religiosa está en el origen de la libertad moral. En efecto, la apertura a la verdad y al bien, la apertura a Dios, enraizada en la naturaleza humana, confiere a cada hombre plena dignidad, y es garantía del respeto pleno y recíproco entre las personas. Por tanto, la libertad religiosa se ha de entender no sólo como ausencia de coacción, sino antes aún como capacidad de ordenar las propias opciones según la verdad.
Entre libertad y respeto hay un vínculo inseparable; en efecto, «al ejercer sus derechos, los individuos y grupos sociales están obligados por la ley moral a tener en cuenta los derechos de los demás y sus deberes con relación a los otros y al bien común de todos».[5]
Una libertad enemiga o indiferente con respecto a Dios termina por negarse a sí misma y no garantiza el pleno respeto del otro. Una voluntad que se cree radicalmente incapaz de buscar la verdad y el bien no tiene razones objetivas y motivos para obrar, sino aquellos que provienen de sus intereses momentáneos y pasajeros; no tiene una “identidad” que custodiar y construir a través de las opciones verdaderamente libres y conscientes. No puede, pues, reclamar el respeto por parte de otras “voluntades”, que también están desconectadas de su ser más profundo, y que pueden hacer prevalecer otras “razones” o incluso ninguna “razón”. La ilusión de encontrar en el relativismo moral la clave para una pacífica convivencia, es en realidad el origen de la división y negación de la dignidad de los seres humanos. Se comprende entonces la necesidad de reconocer una doble dimensión en la unidad de la persona humana: la religiosa y la social. A este respecto, es inconcebible que los creyentes «tengan que suprimir una parte de sí mismos –su fe– para ser ciudadanos activos. Nunca debería ser necesario renegar de Dios para poder gozar de los propios derechos».[6]
La familia, escuela de libertad y de paz
4. Si la libertad religiosa es camino para la paz, la educación religiosa es una vía privilegiada que capacita a las nuevas generaciones para reconocer en el otro a su propio hermano o hermana, con quienes camina y colabora para que todos se sientan miembros vivos de la misma familia humana, de la que ninguno debe ser excluido.
La familia fundada sobre el matrimonio, expresión de la unión íntima y de la complementariedad entre un hombre y una mujer, se inserta en este contexto como la primera escuela de formación y crecimiento social, cultural, moral y espiritual de los hijos, que deberían ver siempre en el padre y la madre el primer testimonio de una vida orientada a la búsqueda de la verdad y al amor de Dios. Los mismos padres deberían tener la libertad de poder transmitir a los hijos, sin constricciones y con responsabilidad, su propio patrimonio de fe, valores y cultura. La familia, primera célula de la sociedad humana, sigue siendo el ámbito primordial de formación para unas relaciones armoniosas en todos los ámbitos de la convivencia humana, nacional e internacional. Éste es el camino que se ha de recorrer con sabiduría para construir un tejido social sólido y solidario, y preparar a los jóvenes para que, con un espíritu de comprensión y de paz, asuman su propia responsabilidad en la vida, en una sociedad libre.
Un patrimonio común
5. Se puede decir que, entre los derechos y libertades fundamentales enraizados en la dignidad de la persona, la libertad religiosa goza de un estatuto especial. Cuando se reconoce la libertad religiosa, la dignidad de la persona humana se respeta en su raíz, y se refuerzan el ethos y las instituciones de los pueblos. Y viceversa, cuando se niega la libertad religiosa, cuando se intenta impedir la profesión de la propia religión o fe y vivir conforme a ellas, se ofende la dignidad humana, a la vez que se amenaza la justicia y la paz, que se fundan en el recto orden social construido a la luz de la Suma Verdad y Sumo Bien.
La libertad religiosa significa también, en este sentido, una conquista de progreso político y jurídico. Es un bien esencial: toda persona ha de poder ejercer libremente el derecho a profesar y manifestar, individualmente o comunitariamente, la propia religión o fe, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, las publicaciones, el culto o la observancia de los ritos. No debería haber obstáculos si quisiera adherirse eventualmente a otra religión, o no profesar ninguna. En este ámbito, el ordenamiento internacional resulta emblemático y es una referencia esencial para los Estados, ya que no consiente ninguna derogación de la libertad religiosa, salvo la legítima exigencia del justo orden público. [7] El ordenamiento internacional, por tanto, reconoce a los derechos de naturaleza religiosa el mismo status que el derecho a la vida y a la libertad personal, como prueba de su pertenencia al núcleo esencial de los derechos del hombre, de los derechos universales y naturales que la ley humana jamás puede negar.
La libertad religiosa no es patrimonio exclusivo de los creyentes, sino de toda la familia de los pueblos de la tierra. Es un elemento imprescindible de un Estado de derecho; no se puede negar sin dañar al mismo tiempo los demás derechos y libertades fundamentales, pues es su síntesis y su cumbre. Es un «indicador para verificar el respeto de todos los demás derechos humanos».[8] Al mismo tiempo que favorece el ejercicio de las facultades humanas más específicas, crea las condiciones necesarias para la realización de un desarrollo integral, que concierne de manera unitaria a la totalidad de la persona en todas sus dimensiones.[9]
La dimensión pública de la religión
6. La libertad religiosa, como toda libertad, aunque proviene de la esfera personal, se realiza en la relación con los demás. Una libertad sin relación no es una libertad completa. La libertad religiosa no se agota en la simple dimensión individual, sino que se realiza en la propia comunidad y en la sociedad, en coherencia con el ser relacional de la persona y la naturaleza pública de la religión.
La relacionalidad es un componente decisivo de la libertad religiosa, que impulsa a las comunidades de los creyentes a practicar la solidaridad con vistas al bien común. En esta dimensión comunitaria cada persona sigue siendo única e irrepetible y, al mismo tiempo, se completa y realiza plenamente.
Es innegable la aportación que las comunidades religiosas dan a la sociedad. Son muchas las instituciones caritativas y culturales que dan testimonio del papel constructivo de los creyentes en la vida social. Más importante aún es la contribución ética de la religión en el ámbito político. No se la debería marginar o prohibir, sino considerarla como una aportación válida para la promoción del bien común. En esta perspectiva, hay que mencionar la dimensión religiosa de la cultura, que a lo largo de los siglos se ha forjado gracias a la contribución social y, sobre todo, ética de la religión. Esa dimensión no constituye de ninguna manera una discriminación para los que no participan de la creencia, sino que más bien refuerza la cohesión social, la integración y la solidaridad.
La libertad religiosa, fuerza de libertad y de civilización:
los peligros de su instrumentalización
7. La instrumentalización de la libertad religiosa para enmascarar intereses ocultos, como por ejemplo la subversión del orden constituido, la acumulación de recursos o la retención del poder por parte de un grupo, puede provocar daños enormes a la sociedad. El fanatismo, el fundamentalismo, las prácticas contrarias a la dignidad humana, nunca se pueden justificar y mucho menos si se realizan en nombre de la religión. La profesión de una religión no se puede instrumentalizar ni imponer por la fuerza. Es necesario, entonces, que los Estados y las diferentes comunidades humanas no olviden nunca que la libertad religiosa es condición para la búsqueda de la verdad y que la verdad no se impone con la violencia sino por «la fuerza de la misma verdad». [10] En este sentido, la religión es una fuerza positiva y promotora de la construcción de la sociedad civil y política.
¿Cómo negar la aportación de las grandes religiones del mundo al desarrollo de la civilización? La búsqueda sincera de Dios ha llevado a un mayor respeto de la dignidad del hombre. Las comunidades cristianas, con su patrimonio de valores y principios, han contribuido mucho a que las personas y los pueblos hayan tomado conciencia de su propia identidad y dignidad, así como a la conquista de instituciones democráticas y a la afirmación de los derechos del hombre con sus respectivas obligaciones.
También hoy, en una sociedad cada vez más globalizada, los cristianos están llamados a dar su aportación preciosa al fatigoso y apasionante compromiso por la justicia, al desarrollo humano integral y a la recta ordenación de las realidades humanas, no sólo con un compromiso civil, económico y político responsable, sino también con el testimonio de su propia fe y caridad. La exclusión de la religión de la vida pública, priva a ésta de un espacio vital que abre a la trascendencia. Sin esta experiencia primaria resulta difícil orientar la sociedad hacia principios éticos universales, así como al establecimiento de ordenamientos nacionales e internacionales en que los derechos y libertades fundamentales puedan ser reconocidos y realizados plenamente, conforme a lo propuesto en los objetivos de la Declaración Universal de los derechos del hombre de 1948, aún hoy por desgracia incumplidos o negados.
Una cuestión de justicia y de civilización:
el fundamentalismo y la hostilidad contra los creyentes comprometen la laicidad positiva de los Estados
8. La misma determinación con la que se condenan todas las formas de fanatismo y fundamentalismo religioso ha de animar la oposición a todas las formas de hostilidad contra la religión, que limitan el papel público de los creyentes en la vida civil y política.
No se ha de olvidar que el fundamentalismo religioso y el laicismo son formas especulares y extremas de rechazo del legítimo pluralismo y del principio de laicidad. En efecto, ambos absolutizan una visión reductiva y parcial de la persona humana, favoreciendo, en el primer caso, formas de integrismo religioso y, en el segundo, de racionalismo. La sociedad que quiere imponer o, al contrario, negar la religión con la violencia, es injusta con la persona y con Dios, pero también consigo misma. Dios llama a sí a la humanidad con un designio de amor que, implicando a toda la persona en su dimensión natural y espiritual, reclama una correspondencia en términos de libertad y responsabilidad, con todo el corazón y el propio ser, individual y comunitario. Por tanto, también la sociedad, en cuanto expresión de la persona y del conjunto de sus dimensiones constitutivas, debe vivir y organizarse de tal manera que favorezca la apertura a la trascendencia. Por eso, las leyes y las instituciones de una sociedad no se pueden configurar ignorando la dimensión religiosa de los ciudadanos, o de manera que prescinda totalmente de ella. A través de la acción democrática de ciudadanos conscientes de su alta vocación, se han de conmensurar con el ser de la persona, para poder secundarlo en su dimensión religiosa. Al no ser ésta una creación del Estado, no puede ser manipulada, sino que más bien debe reconocerla y respetarla.
El ordenamiento jurídico en todos los niveles, nacional e internacional, cuando consiente o tolera el fanatismo religioso o antirreligioso, no cumple con su misión, que consiste en la tutela y promoción de la justicia y el derecho de cada uno. Éstas últimas no pueden quedar al arbitrio del legislador o de la mayoría porque, como ya enseñaba Cicerón, la justicia consiste en algo más que un mero acto productor de la ley y su aplicación. Implica el reconocimiento de la dignidad de cada uno,[11] la cual, sin libertad religiosa garantizada y vivida en su esencia, resulta mutilada y vejada, expuesta al peligro de caer en el predominio de los ídolos, de bienes relativos transformados en absolutos. Todo esto expone a la sociedad al riesgo de totalitarismos políticos e ideológicos, que enfatizan el poder público, mientras se menoscaba y coarta la libertad de conciencia, de pensamiento y de religión, como si fueran rivales.
Diálogo entre instituciones civiles y religiosas
9. El patrimonio de principios y valores expresados en una religiosidad auténtica es una riqueza para los pueblos y su ethos. Se dirige directamente a la conciencia y a la razón de los hombres y mujeres, recuerda el imperativo de la conversión moral, motiva el cultivo y la práctica de las virtudes y la cercanía hacia los demás con amor, bajo el signo de la fraternidad, como miembros de la gran familia humana. [12]
La dimensión pública de la religión ha de ser siempre reconocida, respetando la laicidad positiva de las instituciones estatales. Para dicho fin, es fundamental un sano diálogo entre las instituciones civiles y las religiosas para el desarrollo integral de la persona humana y la armonía de la sociedad.
Vivir en el amor y en la verdad
10. En un mundo globalizado, caracterizado por sociedades cada vez más multiétnicas y multiconfesionales, las grandes religiones pueden constituir un importante factor de unidad y de paz para la familia humana. Sobre la base de las respectivas convicciones religiosas y de la búsqueda racional del bien común, sus seguidores están llamados a vivir con responsabilidad su propio compromiso en un contexto de libertad religiosa. En las diversas culturas religiosas, a la vez que se debe rechazar todo aquello que va contra la dignidad del hombre y la mujer, se ha de tener en cuenta lo que resulta positivo para la convivencia civil.
El espacio público, que la comunidad internacional pone a disposición de las religiones y su propuesta de “vida buena”, favorece el surgir de un criterio compartido de verdad y de bien, y de un consenso moral, fundamentales para una convivencia justa y pacífica. Los líderes de las grandes religiones, por su papel, su influencia y su autoridad en las propias comunidades, son los primeros en ser llamados a vivir en el respeto recíproco y en el diálogo.
Los cristianos, por su parte, están llamados por la misma fe en Dios, Padre del Señor Jesucristo, a vivir como hermanos que se encuentran en la Iglesia y colaboran en la edificación de un mundo en el que las personas y los pueblos «no harán daño ni estrago […], porque está lleno el país de la ciencia del Señor, como las aguas colman el mar» (Is 11, 9).
El diálogo como búsqueda en común
11. El diálogo entre los seguidores de las diferentes religiones constituye para la Iglesia un instrumento importante para colaborar con todas las comunidades religiosas al bien común. La Iglesia no rechaza nada de lo que en las diversas religiones es verdadero y santo. «Considera con sincero respeto los modos de obrar y de vivir, los preceptos y doctrinas que, aunque discrepen mucho de los que ella mantiene y propone, no pocas veces reflejan, sin embargo, un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres». [13]
Con eso no se quiere señalar el camino del relativismo o del sincretismo religioso. La Iglesia, en efecto, «anuncia y tiene la obligación de anunciar sin cesar a Cristo, que es “camino, verdad y vida” (Jn 14, 6), en quien los hombres encuentran la plenitud de la vida religiosa, en quien Dios reconcilió consigo todas las cosas». [14] Sin embargo, esto no excluye el diálogo y la búsqueda común de la verdad en los diferentes ámbitos vitales, pues, como afirma a menudo santo Tomás, «toda verdad, independientemente de quien la diga, viene del Espíritu Santo». [15]
En el año 2011 se cumplirá el 25 aniversario de la Jornada mundial de oración por la paz, que fue convocada en Asís por el Venerable Juan Pablo II, en 1986. En dicha ocasión, los líderes de las grandes religiones del mundo testimoniaron que las religiones son un factor de unión y de paz, no de división y de conflicto. El recuerdo de aquella experiencia es un motivo de esperanza en un futuro en el que todos los creyentes se sientan y sean auténticos trabajadores por la justicia y la paz.
Verdad moral en la política y en la diplomacia
12. La política y la diplomacia deberían contemplar el patrimonio moral y espiritual que ofrecen las grandes religiones del mundo, para reconocer y afirmar aquellas verdades, principios y valores universales que no pueden negarse sin negar la dignidad de la persona humana. Pero, ¿qué significa, de manera práctica, promover la verdad moral en el mundo de la política y de la diplomacia? Significa actuar de manera responsable sobre la base del conocimiento objetivo e íntegro de los hechos; quiere decir desarticular aquellas ideologías políticas que terminan por suplantar la verdad y la dignidad humana, y promueven falsos valores con el pretexto de la paz, el desarrollo y los derechos humanos; significa favorecer un compromiso constante para fundar la ley positiva sobre los principios de la ley natural. [16] Todo esto es necesario y coherente con el respeto de la dignidad y el valor de la persona humana, ratificado por los Pueblos de la tierra en la Carta de la Organización de las Naciones Unidas de 1945, que presenta valores y principios morales universales como referencia para las normas, instituciones y sistemas de convivencia en el ámbito nacional e internacional.
Más allá del odio y el prejuicio
13. A pesar de las enseñanzas de la historia y el esfuerzo de los Estados, las Organizaciones internacionales a nivel mundial y local, de las Organizaciones no gubernamentales y de todos los hombres y mujeres de buena voluntad, que cada día se esfuerzan por tutelar los derechos y libertades fundamentales, se siguen constatando en el mundo persecuciones, discriminaciones, actos de violencia y de intolerancia por motivos religiosos. Particularmente en Asia y África, las víctimas son principalmente miembros de las minorías religiosas, a los que se les impide profesar libremente o cambiar la propia religión a través de la intimidación y la violación de los derechos, de las libertades fundamentales y de los bienes esenciales, llegando incluso a la privación de la libertad personal o de la misma vida.
Como ya he afirmado, se dan también formas más sofisticadas de hostilidad contra la religión, que en los Países occidentales se expresan a veces renegando de la historia y de los símbolos religiosos, en los que se reflejan la identidad y la cultura de la mayoría de los ciudadanos. Son formas que fomentan a menudo el odio y el prejuicio, y no coinciden con una visión serena y equilibrada del pluralismo y la laicidad de las instituciones, además del riesgo para las nuevas generaciones de perder el contacto con el precioso patrimonio espiritual de sus Países.
La defensa de la religión pasa a través de la defensa de los derechos y de las libertades de las comunidades religiosas. Que los líderes de las grandes religiones del mundo y los responsables de las naciones, renueven el compromiso por la promoción y tutela de la libertad religiosa, en particular, por la defensa de las minorías religiosas, que no constituyen una amenaza contra la identidad de la mayoría, sino que, por el contrario, son una oportunidad para el diálogo y el recíproco enriquecimiento cultural. Su defensa representa la manera ideal para consolidar el espíritu de benevolencia, de apertura y de reciprocidad con el que se tutelan los derechos y libertades fundamentales en todas las áreas y regiones del mundo.
La libertad religiosa en el mundo
14. Por último, me dirijo a las comunidades cristianas que sufren persecuciones, discriminaciones, actos de violencia e intolerancia, en particular en Asia, en África, en Oriente Medio y especialmente en Tierra Santa, lugar elegido y bendecido por Dios. A la vez que les renuevo mi afecto paterno y les aseguro mi oración, pido a todos los responsables que actúen prontamente para poner fin a todo atropello contra los cristianos que viven en esas regiones. Que los discípulos de Cristo no se desanimen ante las adversidades actuales, porque el testimonio del Evangelio es y será siempre un signo de contradicción.
Meditemos en nuestro corazón las palabras del Señor Jesús: «Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados. Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados […]. Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo» (Mt 5, 5-12). Renovemos, pues, «el compromiso de indulgencia y de perdón que hemos adquirido, y que invocamos en el Pater Noster, al poner nosotros mismos la condición y la medida de la misericordia que deseamos obtener: “Y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores” (Mt 6, 12)».[17] La violencia no se vence con la violencia. Que nuestro grito de dolor vaya siempre acompañado por la fe, la esperanza y el testimonio del amor de Dios. Expreso también mi deseo de que en Occidente, especialmente en Europa, cesen la hostilidad y los prejuicios contra los cristianos, por el simple hecho de que intentan orientar su vida en coherencia con los valores y principios contenidos en el Evangelio. Que Europa sepa más bien reconciliarse con sus propias raíces cristianas, que son fundamentales para comprender el papel que ha tenido, que tiene y que quiere tener en la historia; de esta manera, sabrá experimentar la justicia, la concordia y la paz, cultivando un sincero diálogo con todos los pueblos.
La libertad religiosa, camino para la paz
15. El mundo tiene necesidad de Dios. Tiene necesidad de valores éticos y espirituales, universales y compartidos, y la religión puede contribuir de manera preciosa a su búsqueda, para la construcción de un orden social justo y pacífico, a nivel nacional e internacional.
La paz es un don de Dios y al mismo tiempo un proyecto que realizar, pero que nunca se cumplirá totalmente. Una sociedad reconciliada con Dios está más cerca de la paz, que no es la simple ausencia de la guerra, ni el mero fruto del predominio militar o económico, ni mucho menos de astucias engañosas o de hábiles manipulaciones. La paz, por el contrario, es el resultado de un proceso de purificación y elevación cultural, moral y espiritual de cada persona y cada pueblo, en el que la dignidad humana es respetada plenamente. Invito a todos los que desean ser constructores de paz, y sobre todo a los jóvenes, a escuchar la propia voz interior, para encontrar en Dios referencia segura para la conquista de una auténtica libertad, la fuerza inagotable para orientar el mundo con un espíritu nuevo, capaz de no repetir los errores del pasado. Como enseña el Siervo de Dios Pablo VI, a cuya sabiduría y clarividencia se debe la institución de la Jornada Mundial de la Paz: «Ante todo, hay que dar a la Paz otras armas que no sean las destinadas a matar y a exterminar a la humanidad. Son necesarias, sobre todo, las armas morales, que den fuerza y prestigio al derecho internacional; primeramente, la de observar los pactos». [18] La libertad religiosa es un arma auténtica de la paz, con una misión histórica y profética. En efecto, ella valoriza y hace fructificar las más profundas cualidades y potencialidades de la persona humana, capaces de cambiar y mejorar el mundo. Ella permite alimentar la esperanza en un futuro de justicia y paz, también ante las graves injusticias y miserias materiales y morales. Que todos los hombres y las sociedades, en todos los ámbitos y ángulos de la Tierra, puedan experimentar pronto la libertad religiosa, camino para la paz.
Vaticano, 8 de diciembre de 2010
BENEDICTUS PP XVI
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[1] Cf. Carta Enc. Caritas in veritate, 29.55-57.
[2] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decl. Dignitatis humanae, sobre la libertad religiosa, 2
[3] Cf. Cart. enc. Caritas in veritate, 78.
[4] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decl. Nostra aetate, sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas, 1.
[5] Ibíd., Decl. Dignitatis humanae, sobre la libertad religiosa, 7
[6] Discurso a la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (18 abril 2008); AAS 100 (2008), 337.
[7] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decl. Dignitatis humanae, sobre la libertad religiosa, 2
[8] Juan Pablo II, Discurso a la Asamblea de la Organización para la seguridad y la cooperación en Europa (OSCE), (10 octubre 2003), 1: AAS 96 (2004), 111.
[9] Cf. Carta Enc. Caritas in veritate, 11.
[10] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decl. Dignitatis humanae, sobre la libertad religiosa, 1
[11] Cf. Cicerón, De inventione, II, 160.
[12] Cf. Discurso a los Representantes de otras Religiones del Reino Unido (17 septiembre 2010): L’Osservatore Romano (18 settembre 2010), 12.
[13] Conc. Ecum. Vat. II, Decl. Nostra aetate, sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas, 2
[14] Ibíd.
[15] Super evangelium Joannis, I, 3.
[16] Cf. Discurso a las Autoridades civiles y al Cuerpo diplomático en Chipre (5 junio 2010): L’Osservatore Romano, ed. en lengua española, 13 junio 2010, 6; Comisión Teológica Internacional, En busca de una ética universal: nueva mirada sobre la ley natural, Ciudad del Vaticano 2009.
[17] Pablo VI, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 1976: AAS 67 (1975), 671.
[18] Ibíd., 668.
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sábado, 25 de diciembre de 2010
JESÚS, LUZ DE ESPERANZA PARA LAS VÍCTIMAS DE MÉXICO Y DEL MUNDO
JESÚS, LUZ DE ESPERANZA PARA LAS VÍCTIMAS DE MÉXICO Y DEL MUNDO
Mensaje de Navidad de Fray Raúl Vera López, O. P.
Librará al pobre suplicante, al desdichado y al que nadie ampara
Se apiadará del débil y del pobre; salvará la vida de los pobres. (Sal 72,12-13)
A su paso por el mundo, Jesús hizo una opción bien clara por las víctimas
La narración del nacimiento de Jesús dice que a los pastores que se encontraban esa noche en el entorno, el Ángel del Señor les trajo la noticia de la llegada del Salvador anunciado por Dios a través de Moisés y los Profetas y esperado por el pueblo de Israel; fue a ellos a quienes en primer lugar se dirigió el anuncio del nacimiento del Mesías. El ángel mensajero se expresó en estos términos: "No teman, pues les anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: les ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es el Cristo Señor" (Lc 2,10-11). Por supuesto que se trataba de una Buena Noticia para el pueblo del que formaban parte los pastores, pues César Augusto se hacía llamar salvador y por todo el Imperio había inscripciones con la leyenda que lo presentaba con esa categoría, pero la realidad que vivían los pobres y despreciados del pueblo era todo lo contrario; el sistema social que imponía el Imperio los excluía de toda posibilidad de progreso hacia una vida digna.
Durante toda su vida en la tierra, Jesús mostró en sus gestos, en sus actitudes, en sus obras y palabras, que era el Salvador verdadero; expresó abiertamente la predilección de Dios por las víctimas del egoísmo humano. En su visita a Nazaret, al inicio de su vida pública, Jesús proclamó en la sinagoga de ese lugar, donde explicó el programa que vino a realizar de parte de su Padre Celestial, la acción salvadora de Dios que tiene como punto de referencia fundamental a las víctimas de las estructuras que provocan la muerte y la miseria de los pueblos, con toda la serie de esclavitudes y sometimientos que esto lleva consigo (Cf. Lc 4,16-22; Is 61, 1-2).
En ese mismo texto de Isaías, Dios anuncia en qué consistirá la liberación de los oprimidos y segregados de la sociedad que viene a realizar el Mesías, Jesús: La vida de ellos va a cambiar totalmente. Jesús anuncia que ese oráculo del profeta Isaías llegaba a su cumplimiento ese día que Él lo leía ante los nazarenos que estaban en la sinagoga (Cf. Lc 4,21). Haciendo suya esa palabra profética, Jesús afirma cómo va a cambiar la vida de los pobres, pues Él vino a consolar a todos los que lloran, para darles diadema en vez de ceniza, la alegría de la alabanza en vez de espíritu abatido. Y anunció ese día que a los esclavizados y oprimidos llegarían a ser robles de justicia y plantación de Dios; que levantarían los lugares que desde hacía mucho estaban desolados y restaurarían ciudades en ruinas.
Esta es la obra que Jesús viene a realizar en el mundo, así lo anunciaron los ángeles a los pastores de Belén con el himno que entonaron en presencia de ellos: "Gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra a los hombres que tanto ama Él" (Lc 2, 14), es decir, los hombres y mujeres de este mundo glorificarían a su Creador con la libertad y dignidad que venía a devolverles el Mesías, y de esa manera empezaba a construirse un mundo donde la paz sería el fruto de la justicia, dentro del respeto a los derechos y deberes que brotan de la dignidad humana.
Esta decisión de Jesús de actuar en favor de las víctimas producidas por sistemas sociales fundados en el lucro desmedido, que instrumentaliza a los seres humanos en pro de ganancias incapaces de satisfacer la sed de riqueza de quienes ambicionan lujo y poder, será el distintivo de su obra salvadora, así lo manifestó claramente a los discípulos de Juan el Bautista cuando éste, desde la cárcel, los envió a preguntarle si era Él quien debía de venir o deberían esperar a otro. Jesús les respondió: "Vayan y cuenten a Juan lo que han visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la Buena Nueva" (Lucas 7:22).
Tres crisis mundiales que evidencian a los sistemas que victimizan a una gran parte de la humanidad
El derrumbe de las torres de Nueva York el 11 de septiembre de 2001, a través de un acto terrorista, puso de manifiesto cómo los sistemas socio económicos y socio políticos excluyentes, producen grados de violencia inimaginables, una lección que no acabamos de entender. Ante este evento Juan Pablo II, declaró: La colaboración internacional en la lucha contra la actividad terrorista debe comportar también un compromiso especial en el ámbito político, diplomático y económico, con el fin de solucionar con valentía y determinación las eventuales situaciones de opresión y marginación que pudieran estar en el origen de los planes terroristas. En efecto, el reclutamiento de los terroristas resulta más fácil en los contextos sociales donde los derechos son conculcados y las injusticias se toleran durante demasiado tiempo (Cf. "No hay paz sin Justicia. No hay justicia sin perdón". Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2002).
Los Obispos mexicanos, ante la violencia e inseguridad que vivimos en México, hemos afirmado: Al contemplar el panorama de millones de mexicanos que se han empobrecido, nos preguntamos: ¿Puede existir la paz cuando hay hombres, mujeres y niños que no pueden vivir según las exigencias de la plena dignidad humana? ¿Puede existir una paz duradera en un mundo donde imperan relaciones sociales, económicas y políticas inequitativas, que favorecen a un grupo a costa de otro? ¿Puede establecerse una paz genuina sin el reconocimiento efectivo de que todos somos iguales en dignidad? (Cf. "Que en Cristo Nuestra Paz México tenga vida digna", CEM, MÉXICO 2010, n. 217; Juan Pablo II Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, 1987).
La segunda crisis mundial la provocó la caída de la Bolsa de Nueva York. Ese colapso ha puesto en evidencia la opción desmedida por el lucro que caracteriza al sistema económico global, donde los artificios de la especulación ofrecen los métodos de acumulación de riqueza, dejando fuera del acceso a la vida digna a millones de personas. Se está borrando del corazón humano el concepto del trabajo, entendido como un proceso que proporciona crecimiento en su ser y en su dignidad a la persona humana; en este sistema, quienes ostentan los medios de producción, pierden la perspectiva de que deben proporcionar la calidad de vida a la que tiene derecho todo ser humano en esta tierra, y cegados por las exigencias del libre mercado, que impone como norma suprema la competencia, olvidan en primer lugar la seguridad y el bienestar de sus trabajadores y trabajadoras, bajo la excusa de la productividad y, después, olvidan también el servicio que deben prestar al progreso y desarrollo integral de la población; ponen su mirada únicamente en la utilidad económica que deben obtener a costa de los bajos salarios e inseguridad en el trabajo, la disminución de las prestaciones laborales y la liberación de los precios, que para nada están proporcionados a los bajos salarios que percibe el ciudadano. Todo esto lo hacen con la anuencia de las autoridades políticas, a quienes han puesto al servicio de sus ambiciones.
Los obispos latinoamericanos y caribeños, reunidos en su V Asamblea General en Aparecida, Brasil, en 2007, califican así el actual sistema económico mundial: Absolutiza la eficacia y la productividad como valores reguladores de todas las relaciones humanas y se convierte en un proceso promotor de inequidades e injusticias múltiples. Debilita a los Estados, que aparecen cada vez más impotentes para llevar adelante proyectos de desarrollo al servicio de sus poblaciones. La concentración de renta y riqueza se da principalmente por los mecanismos del sistema financiero. La libertad concedida a las inversiones financieras favorece al capital especulativo, que busca el lucro inmediato en los negocios con títulos públicos, monedas y derivados. Es notable la corrupción en las economías, que involucra tanto al sector público como al sector privado, a lo que se suma la falta de transparencia y rendición de cuentas a la ciudadanía y la corrupción vinculada al narcotráfico y al narconegocio. Destruye el tejido social y económico de naciones enteras. (Cf. Doc. Conclusivo de Aparecida, nn. 61, 62, 66, 69, 70).
La tercera crisis mundial la está provocando el así llamado "cablegate" o mejor conocido como el fenómeno Wikileaks, que está revelando documentos clasificados del trabajo de inteligencia del país más poderoso del mundo. Como esto todavía no termina, y probablemente apenas esté comenzando, las primeras marejadas que ha lanzado a la opinión mundial, muestran el desprecio que experimentan los poderosos del mundo hacia los países más débiles y sus gobiernos. Lo que significa que los pueblos que están buscando una salida a las graves dificultades que experimentan para crecer y desarrollarse, se encuentran con el muro de esta desvalorización de su ser como pueblos, que les otorga el derecho a su propio desarrollo y autogestión.
Ante una mentalidad como la que revelan tales documentos, la mayoría de los pueblos de la tierra siempre deben supeditarse a las decisiones de unos cuantos, que se han arrogado la autoridad para marcarles su derrotero a los demás, conservando ellos los intereses en los que se asienta el poder que tienen para seguir imponiendo sus reglas al mercado y a todo lo que les favorezca en cuanto al capital especulativo se refiere, a los tratados comerciales, a las industrias que instalan en los países más débiles y a los acuerdos internacionales en materia ecológica, como acaba de pasar en la Conferencia de Partes de Cambio Climático de Naciones Unidas (COP 16) en Cancún, donde decidieron crear un fondo para seguir enfrentando los problemas que causan las emisiones de bióxido de carbono en el cambio climático, y no han decidido crear las condiciones que impidan a los grandes países industrializados, seguir lanzando a la atmósfera grandes emisiones de bióxido de carbono.
Las Víctimas en México y en Coahuila
Hace unos días en la ciudad de Chihuahua asesinaron a una mujer llamada Marisela Escobedo; ella sólo pedía se hiciera justicia por el asesinato de su hija. Marisela, al igual y junto con miles de mujeres en nuestro país, recorren día a día e incansablemente las oficinas de las instituciones de justicia suplicando que alguien les ayude a encontrar a sus hijas e hijos, a sus esposos, padres o hermanos y solamente encuentran puertas cerradas a la justicia, oprobio, humillaciones e incluso la muerte, como es el caso de Marisela. Estas mujeres valientes y dignas nos recuerdan a María, madre de Jesús, quien tuvo que huir de su pueblo y refugiarse en un país extranjero para evitar que su hijo apenas nacido fuera asesinado, porque los pequeños y pequeñas, de corazón limpio, son una amenaza para los poderosos, porque su mensaje de esperanza significa justicia y liberación para quienes son víctimas de quienes crean y sostienen las estructuras de muerte. María, al igual que Marisela y miles de mujeres de nuestros tiempos, nos interpelan y nos muestran el camino que conduce a la libertad, a la verdad, a la justicia a la paz y al amor y respeto entre nosotros y nosotras.
Hoy nuestro Pueblo mexicano es victimado, está herido, lesionado por la guerra, por la injusticia, la corrupción, la negligencia, la violencia y la impunidad. Si en nuestro país la situación de violencia e inseguridad es cada vez mayor, el estado de Coahuila no es la excepción, se incrementa el índice de robos, secuestros, extorsiones, masacres a jóvenes, personas desaparecidas, secuestro a migrantes centroamericanos; ésta es una grave realidad que no puede esconderse en discursos evasivos. Según datos de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, Coahuila ocupa el tercer lugar a nivel nacional en desapariciones de personas en los últimos tres años.
En este tiempo una de las maneras más dolorosas y trágicas de victimar, las padecen las personas migrantes que ingresan a México en tránsito hacia los Estados Unidos. Como no tienen documentos, se ven obligadas a cruzar el país en completa clandestinidad y graves riesgos por corredores que el crimen organizado domina y administra con total impunidad, apoyado por funcionarios de estado y agentes de seguridad pública de los tres niveles de gobierno. Los riesgos contra la seguridad y la vida que corren los y las migrantes al atravesar México, quedaron patentes a nivel internacional con la masacre de los 72 migrantes en San Fernando, Tamaulipas el pasado mes de agosto. El Estado mexicano lleva más de treinta años negando a la población migrante que transita por México un documento migratorio que permita que su paso por este país sea con seguridad. Mientras no cuenten con una protección de esta índole, las personas migrantes seguirán siendo víctimas de todo tipo de personas que, sin ningún escrúpulo, tejerán redes criminales en torno a la situación vulnerable en la que caminan, para encontrar una forma de obtener recursos económicos a través del secuestro, la explotación laboral, la explotación sexual y el tráfico de órganos. No corren distinta suerte los connacionales deportados, que son repatriados en las madrugadas por diversos municipios fronterizos en donde son robados, extorsionados y secuestrados.
La Iglesia ante la opción por las víctimas que tomó Jesús
Al llegar a esta Navidad, nosotros, la Iglesia, tenemos ante nuestros ojos este panorama mundial y nacional de pobres con distintos rostros, que son los rostros del mismo Cristo, vejado, despreciado, abandonado, excluido, mutilado, segregado, golpeado, preso, enfermo, hambriento y sediento, sin techo y sin vestido, sometido a tortura, a explotaciones inhumanas, a las adicciones, a la migración forzada, a la muerte, al secuestro y la extorsión.
Es la persona del mismo Cristo quien le reclama a su Iglesia, en la persona de todas estas víctimas del vilipendio a sus más fundamentales derechos, su compromiso con Él: "Lo que hicieron por uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicieron… Cuanto dejaron de hacer con uno de estos más pequeños, conmigo dejaron de hacerlo" (Cf. Mt 25, 31-46). Es importante recordar aquí la palabra de Juan Pablo II: "Ateniéndonos a las indiscutibles palabras del Evangelio, en la persona de los pobres hay una presencia especial suya (de Cristo), que impone a la Iglesia una opción preferencial por ellos" (Novo millenio ineunte, n. 49). Y todavía más, refiriéndose al texto evangélico citado antes, ese mismo Papa comenta: "Es una página de cristología, que ilumina el misterio de Cristo. Sobre esta página, la Iglesia comprueba su fidelidad como Esposa de Cristo" (Ibid.). Y el Papa Benedicto XVI, en su discurso inaugural ante los obispos latinoamericanos y caribeños, reunidos en Aparecida, Brasil, para su V Conferencia General, dijo que la Iglesia es "abogada de justicia" y "abogada de los pobres".
En estos momentos, ante la triste situación por la que pasa la historia humana, en México y en el Mundo, nosotros la Iglesia, al contemplar esta Navidad a Jesús que nace entre los más humillados del mundo, empezando por sus padres María y José, identificándose con ellos y viviendo entre ellos y al lado de ellos toda su vida en el más impresionante abandono, dedicado únicamente a hacer la voluntad de su Padre celestial, aprendamos de Él a colocarnos en el lugar de las víctimas del poder y la soberbia del mundo. Esto implica seguirlo en la humildad, adheridos al único poder que puede rescatarnos de la triste situación en la que nos encontramos nosotros mismos como Iglesia y ayudarnos a corregir nuestros errores internos. También a no seguir dando escándalos por nuestras alianzas con el poder del mundo, actuando implícita y explícitamente como cómplices de él, o protegiendo su imagen.
Que nuestros corazones se despojen hasta alcanzar la simplicidad del pesebre que acogió a Dios, hecho hombre, para que lo podamos acoger dentro de nosotros mismos y nosotras mismas. De esa manera hoy en esta tierra, de nuestro corazón brotarán las obras de justicia que abran las puertas al triunfo de la dignidad humana. Que los despojos de seres humanos que producen estos sistemas inhumanos vuelvan a ser los hombres y las mujeres libres que creó este Dios que nace hoy nuevamente. Como lo anunció Él mismo por medio de Isaías, y lo reafirmó en la sinagoga de Nazaret, los esclavos y oprimidos, las explotadas y humilladas, volverán a ser robles de justicia, levantarán nuevamente las tierras desoladas y reconstruirán las ciudades en ruinas (Cf. Is 61, 1-9). Debemos empezar por lograr que la Iglesia sea de las víctimas y que se ponga al servicio de ellos y ellas. Defendiendo sus derechos con toda libertad ante el Estado Mexicano.
Con estos sentimientos llenos de esperanza y cariño por ustedes, a todas y todos les abrazo y les bendigo de todo corazón.
Saltillo, Coahuila, 20 de diciembre de 2010
Fray Raúl Vera López, O.P.
Obispo de Saltillo